El ataúd

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Desde hace casi un año suelo meditar al menos 20 minutos al comenzar al día. Cada semana escucho un nuevo audio guiado hasta interiorizar sus enseñanzas. Soy sincero al reconocer que esta costumbre me ha ayudado a controlar mi ansiedad y a mitigar mis temores y que, a su vez, me ha hecho más empático con mis semejantes. Conozco pocas medicinas mejores para la salud mental y la espiritual. Meditar habitualmente me ayuda a soportar mejor los reveses de la vida. A ser más paciente y a enojarme menos. A mitigar el hostigante empuje del deseo. No me extraña. La mayoría de consignas de la sociedad de consumo nos empujan al hedonismo y al goce del momento. Se encuentran llenas de estímulos que intentan engrandecer nuestro yo. Y por el contrario, las meditaciones que suelo realizar son un acicate contra todas esas tendencias. Creo que porque rescatan la esencia de cada ser humano. Y, en vez de negar u obviar la muerte, la colocan en el centro de nuestra vida.

En la meditación que estoy realizando esta semana, por ejemplo, existen varias fases. En una de ellas, el practicante debe visualizar cómo su cuerpo envejece, se llena de arrugas y pierde su antiguo vigor. A su vez, tiene que interiorizar y aceptar la incertidumbre. No saber en qué forma y cómo va a morir. Y, finalmente, debe contemplarse en el ataúd. Con su cuerpo inmóvil en una funda de plástico. Habiendo dejado de lado las vanas ilusiones del Samsara, de la vida cotidiana.

Uno de los objetivos, entre otros muchos, de este ejercicio mental y corporal consiste en que el practicante intente vislumbrar qué es lo esencial y lo circunstancial en su vida. Cuáles serían los hechos y valores que, en caso de haber muerto, entendería como verdaderamente importantes de su existencia. Generalmente, bastante diferentes a los que solemos dar trascendencia en nuestro día a día, tal y como explicaba Kodo Sawaki en su célebre El zen es la mayor patraña de todos los tiempos: «No es de extrañar que los hombres se extravíen y se hundan cada vez más en el pozo de su ignorancia. Informaciones procedentes de todo el mundo llegan a nuestra pantalla el mismo día en que se producen. Y de igual modo se acelera también la rueda de nuestras ilusiones. Llamamos a esta aceleración “progreso” o “civilización”; la pregunta es ¿en qué dirección progresamos? Desde el punto de vista del Budismo, este progreso es en realidad decadencia. Aceleramos nuestro declive y el mundo entero se sume en el sufrimiento».

Supongo que lo que acabo de afirmar se encuentra a contracorriente, pero si he de ser sincero no encuentro actualmente un ejercicio que me imprima más optimismo y energía que éste. Tampoco, es cierto, uno más difícil. ¡Lógico! La batalla por la paz tiene que ser necesariamente dura. Shalam

ابريق مملوء قطرة قطرة

Una jarra se llena gota a gota

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen…..estos estan muy enfadados!…………
    2ºimagen…y estos han decidido descansar como hacia el pintor antonio lopez tumbandose en su cama mientras su mujer lo dibujaba….(el sol del membrillo-documental-victor erice-1992)….
    PD…..https://www.youtube.com/watch?v=8upfi4vk6U0….la tarara…f.g.lorca….observar los reflejos en el agua de los pretendientes, de las manos del pianista en el piano yamaha y de las manos de la cantante en el lado del mismo piano….

    • Alejandro Hermosilla on

      1) El señor que está contra la ventana es Leonard Cohen. Meditando en su futura vida. 2) Personajes en los que se inspiraría el perverso escritor Mario Bellatin para realizar una de sus performances. PD: Hermosa y clásica canción. Sin dudas, lo mejor es la escena de los pretendientes. Bella. Solana. Goya. Lorca. «Iberia».

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