El tigre anda suelto: Cristóbal Jodorowsky

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Sobrevivir a un duro enfrentamiento contra un león a pesar de haberlo hecho sin armas, derrotar al minotauro con el uso de la palabra o clavarle una espada al ego y justo allí, en el lugar en que cicatriza la herida, conseguir extraer una flor maravillosa que asombre a quienes la contemplen. Si tuviera que definir en pocas palabras, cuáles son algunas de las (múltiples) misiones de Cristóbal Jodorowsky en esta vida, utilizaría las anteriores. Aunque soy consciente de que podrían ser otras. Tantas como facetas posee este inabarcable personaje que, gracias al intenso, profundo trabajo que ha hecho por penetrar en sus raíces familiares, está construyendo un gigantesco árbol espiritual y artístico lleno de jugosos, nutritivos frutos de un sabor difícil de definir por inusual y desacostumbrado.

En verdad, Cristóbal es un ser tan caleidoscópico que resulta sumamente dificultoso escribir de él. Y por ello, creo que lo más apropiado es asistir a uno de sus espectáculos o cursos para comenzar a vislumbrar las múltiples facetas de una persona empeñada en conocerse a sí mismo hasta los últimos límites.

Obviamente, siendo hijo de quien es, Alejandro Jodorowsky, es lógico referirse a su padre para comprender mejor su personalidad y las decenas de actividades que realiza: actor, clown, psicomago, tarotista, poeta, explorador o conferencista. Pero en cualquier caso, creo que la mejor introducción a su mundo particular es, sin dudas, su libro autobiográfico El collar del tigre. Pues en sus páginas, se pueden conocer múltiples sucesos de vida: sus titánicos esfuerzos por unir la rama paterna y materna de su familia, su aprendizaje de diversas técnicas chamánicas, su amor a las enseñanzas orientales, o el intenso trabajo que tuvo que llevar a cabo para sanar la herida producida por un padre que, en principio, no lo deseaba y una madre neurótica, Valérie Trumblay, llena de culpa. Permitiéndonos alcanzar una perspectiva bastante realista y valiosa del personaje, teniendo en cuenta que su irradiante personalidad, su desbordante carácter, puede hacernos perder la perspectiva sobre su verdadero ser.

Sin dudas, el aspecto que más me interesa de su ensayo es el testimonio de su proceso de crecimiento. Cómo, sutilmente e intercalando diversos episodios, a medida que nos va mostrando sus fobias y filias, sus aprendizajes, traumas e iniciáticas experiencias, consigue que comencemos a vislumbrar cómo fue que el aprendiz de todo, el niño curioso, enamorado de la vida y ansioso por descifrar los misterios que ésta escondía, se fue convirtiendo en “maestro”. Una persona capaz, en gran medida, de crearse a sí misma y liberarse de un sin fin de traumas, a medida que se comprometía naturalmente con sus semejantes.

Creo que es precisamente gracias a la sinceridad con que ofrece testimonio del intenso, descomunal trabajo realizado para conseguir hacer de su vida un eslabón sagrado, que El collar del tigre termina convirtiéndose en uno de esos escasos libros que tienden puentes constantes entre sus páginas y la vida del lector. De tal modo que es difícil volver a ser el mismo tras leerlo. Pues no es realmente muy común confrontarse a los muchos aspectos personales y familiares que, de alguna manera, todos debemos trabajar si deseamos dotar de un sentido veraz a nuestra existencia.

Exactamente, uno de los tristes arquetipos construidos y legados por nuestra época es el del ser humano aislado y desconectado de la naturaleza y sus semejantes. Una persona recubierta de costras y pieles gastadas que encubren su esencia y le impiden tomar conciencia de sí mismo. Y en este sentido, desde luego, el trabajo de Cristóbal se me antoja sumamente importante, tanto por su empeño en dotar de fuerza espiritual y sentido a todos los objetos, situaciones y personas como por su deseo de hacer realidad el sueño surrealista: dar a luz un ser humano total. Alguien atento a los flujos del presente, capaz de moverse con soltura tanto en la vigilia como en el sueño, propenso a expandir los límites, sacralizar los rituales y su sexualidad, y leer el alma del Universo.

Soy consciente de que para la mayoría, ha de resultar difícil conectar con algunos de los enunciados que acabo de apuntar. Más aun, si el lector es europeo. Un continente en el que, a golpes de ciencia y razón, se perdió la concepción “maravillosa” de la existencia. Esa que, para bien y para mal, se encuentra presente en cada uno de los poros de la tierra mexicana, imponiéndose con tal virulencia que puede hacernos desterrar cualquier duda sobre las realidades “animistas” o “espirituales”. Pero precisamente, debido a la herrumbre que fosiliza nuestros sistemas educativos y sociales, es que pienso que ejemplos vitales como el de Cristóbal podrían ser más valorados. Pues, en gran medida, nos propone derribar muros de ofuscación y superstición fanática construidos durante siglos para respirar libertad. Una palabra usada demasiado a la ligera, teniendo en cuenta que nos exige los mayores esfuerzos para hacernos merecedores de ella, tal y como muestran innumerables pasajes del libro de Jodorowsky: su encierro en una casa situada en las afueras de Barcelona con el deseo de vencer definitivamente su neurosis, su recorrido por las tumbas, casas y lugares donde vivieron sus antepasados para sanar su árbol familiar, su voluntad por encontrar una vía a través de la que purificar la muerte de su hermano, o sus esfuerzos por canalizar su deseo de fundirse con el cosmos e inocular de fuerzas y poderes divinos la vida de los humanos.

A Cristóbal, lo conocí hace unos años en Madrid. Me encontraba yo atravesando una situación complicada -más por mi impericia al manejarla que por ella en sí misma- y durante los instantes previos a acostarme, solicité ayuda para solucionarla de alguna forma. Cuando dormía, se me apareció en sueños Alejandro Jodorowsky sugiriéndome que me conectara en Internet para encontrar una salida a mis problemas. Al despertarme, lo hice e indagué si acaso venía a dar algún curso a España. Pero tras buscar unos minutos, comprobé que no era ese el caso y cuando, desanimado, iba a abandonarme en el desasosiego, para mi sorpresa, descubrí que un hijo suyo, Cristóbal, -que no conocía hasta entonces- estaría en dos semanas en Madrid, impartiendo un taller sobre psicomagia y psicochamanismo. Obviamente, sin reparar en gastos, me inscribí al momento. Y tuve la oportunidad de trabajar con él durante tres días muy productivos que, en principio, me dejaron vacío y casi sin poder proferir palabras puesto que me costó canalizar todo lo aprendido y experimentado allí, pero con el tiempo, me legaron un poso sumamente beneficioso. Sobre todo, porque antes de emprenderlo, comencé a desarrollar una investigación sobre mis orígenes familiares, que hasta esos momentos no me había atrevido a hacer y era fundamental que, antes o después, llevara a cabo.

La siguiente vez que encontré a Cristóbal fue en México. Y, en esta ocasión, también fue satisfactorio el encuentro. Sobre todo, por la sincrónica interacción con los compañeros y por una experiencia que viví el día después en Tepoztlan mientras trabajaba con un sanador. En cualquier caso, al estar mucho más familiarizado con sus enseñanzas y postulados, afiné mucho más y golpeé con mayor puntería al centro de mi personalidad mientras se desarrollaba el Curso.

Y la última ocasión en que lo encontré, fue hace unos días. Probablemente, debido a que en esta ocasión no comuniqué con él y, cómodamente, asistí en un teatro, el Hipódromo Condesa del Distrito Federal, a una de sus conferencias piscomágicas, es que me animo ahora a escribir. Puesto que por una vez, he podido tomar distancia sobre quien hablo, sin sentirme  implicado con él. Algo que me hizo percibir ciertos detalles que hacen de sus performances un espectáculo único. Tanto los más obvios como su compleja y experimentada utilización del cuerpo y la voz como algunos más sutiles, como el manejo del tiempo y la constante renovación que realiza de diversas expresiones “gastadas”. Un sin fin de técnicas que le permiten construir espacios inéditos y sorpresivos en medio de innumerables discursos en los que chistes, koans zen, enseñanzas budistas y cultura pop se mezclan gozosamente, haciendo disfrutar al público.

Menciono todo esto porque tal vez Cristóbal aparezca en El libro del padre. Ya que, si bien fue con personas como Salvador Pablo Grande -al que irá dedicado el libro- que la figura paterna se asentó en mi vida, Cristóbal mostró la manera de expandir su semilla como nadie había hecho hasta entonces, recetando un acto psicomágico brutal del que ya hablaré cuando corresponda. Ante todo, porque todavía no estoy preparado para hacerlo como deseo. Desde luego, no es el momento. Y, en esencia, su realización salió mal. Casi, casi pierdo mi vida haciéndolo. Aunque, eso sí, quedan dos partes de este acto que sí que podría y me gustaría ejecutar y disfrutar sin tener por qué correr riesgos innecesarios.

Veremos qué acontecimientos depara el futuro. Tal vez me anime a realizar un curso más con Cristóbal o tal vez no. Tal vez vuelva a visitarlo o tal vez no. Pero lo que sí debería llevar a cabo, antes o después, es el libro sobre mi padre. Una danza ritual de palabras y sentimientos que confío me permita tocar al fin mi esencia. Romper las costras del suelo que piso para conectarme con la tierra y dar un beso a la madre naturaleza. Esa llama sagrada elevada a la que todos los animales y bestias reverencian. Sobre todo, el tigre. Shalam.

الاِنْسان عدو ما يجْهل      

    Una pérdida clara es muchas veces mejor que un problemática ganancia   
                 

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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