Arte marcial

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Resulta muy difícil expresar lo mal que se puede pasar componiendo un libro. Al hecho de pensar si merece la pena dedicar tus esfuerzos y tiempo a una actividad que apenas te reportará dinero y que puede generarte envidias, celos o incluso malentendidos, hay que añadir la sensación de ineptitud que uno tiene a veces cuando escribe ciertas escenas. El sentimiento de que aquello en que se trabaja se ha hecho ya y mejor, las dudas, y el temor de que nadie vaya a disfrutar con lo que creamos y le encuentren los puntos débiles sin demasiada dificultad. En  ocasiones, esta actividad que no sé bien cómo definir, es maravillosa pero, a veces, sí, no es nada agradable. Demasiado sacrificada, me atrevería a subrayar. Excesivamente individual. De tal forma que parece que se encuentra uno en una prisión incomunicado no sólo de sus familiares sino del resto de los presos -los demás escritores-que ya tienen bastante con su propios libros y vida como para establecer una conversación calma sobre la escritura.

A esto se une el que, según mi experiencia, la inmensa mayoría de los escritores posean taras mentales o arrastren serios problemas desde su infancia. Puedo asegurarlo porque yo he tenido los míos. Y los puedo percibir con más o menos rapidez al leer unas pocas páginas de un libro o mantener una conversación con uno de ellos. Es claro que muchos los esconden. Los ocultan bien. Pero si uno se encuentra despierto y lúcido, a poco que profundice, es fácil que pueda reconocer ciertas características en sus libros, comportamientos vitales y formas de hablar, que le anuncien y muestren a las claras sus acusadas neurosis.

Quiero reiterar que esto no es una crítica en ningún caso, sino una constatación de algo que para mí es evidente. Tal vez incluso consustancial a la escritura o a la vida. Lo comento únicamente para transmitir lo difícil que resulta a veces compartir ciertas angustias o problemáticas con aquellos que más podrían o deberían entendernos. Y también para indicar las razones por las que a veces, tantos escritores sienten que se encuentran en un callejón sin salida. De hecho, puede que estas circunstancias aclaren un poco, algunos de los mecanismos y procedimientos mentales por los que ciertas personas -como si fueran santos, eremitas o samurais- entienden que no les queda más remedio que escribir o morir. Lo que tal vez sea lo mejor que les puede suceder. Porque es gracias a estas dificultades, que afrontan en toda su entereza el combate con ellos mismos que debemos librar cada vez que nos sentamos a escribir.

La pasada tarde, por ejemplo, sufrí una crisis al encontrarme puliendo una escena del libro El jardinero. Si esta profesión tuviera otros códigos, tal vez hubiera yo comunicado con algún escritor para preguntarle cómo se le ocurría que podía resolverla. Algunos de los alumnos de la Escuela de Escritores, por cierto, me ofrecieron muy buenos consejos -que he seguido- a este respecto. Pero estoy convencido de que, aunque tuvieran tiempo, la mayoría -incluso las mejores personas- de los escritores que conozco, se tomarían esta pregunta mía como una debilidad. La entenderían como un error en sí mismo, la considerarían absurda y muy probablemente no responderían pues soy yo el que debo resolverla por mí mismo si es que soy realmente un artista.

Ni me parece bien ni mal esta postura. No tengo objeción alguna hacia ella porque nos hemos acostumbrado a estas reacciones desde que nos iniciamos en la literatura. Pero no me parece lógica ni sana porque, al fin y al cabo, el arte, sin dejar de ser una expresión personal, es también una disciplina con sus métodos y formas de abordarla que requieren soluciones. Vías de realización que en ocasiones, es aconsejable abordar con el mayor número de miradas -siempre y cuando sean pertinentes- posibles.

Intuyo que algún día, esto cambiará. Pero todavía no es el momento. Por lo que utilizaré ahora este espacio para transmitir mis dudas sobre la escena en la que he estado trabajando las últimas horas.

En ella, el solitario personaje que protagoniza El jardinero se dirige a un anticuario donde encuentra un sable. Y al tocarlo, se siente transportado en el tiempo. Cientos de visiones se agolpan en su mente entre las que destaca una en la que se ve entablando una batalla frente a un ejército de musulmanes comandados por un soldado cuyo deforme rostro es similar al del vil ser encargado de cuidar los jardines, podar los árboles y mantener limpias las veredas del castillo del condado.

Narrada en tercera persona, esta secuencia parece tener sentido. Pero hoy me ha parecido que lo perdía y bastante al ser utilizada la primera que es la que finalmente, he elegido para el relato. Cuando al deslizar sus manos por el sable, el protagonista rememora vidas pasadas y su antiguo encuentro siglos atrás con el jardinero, me parece a mí que se pierde algo de magia y llega a poder ser inverosímil la secuencia de hechos narrada. Suena todo demasiado forzado.

La historia se desarrolla en clave absurda. Como si fuera un sueño. No importa tanto la verosimilitud sino las sensaciones a través de las que arrastra el narrador al lector. Y para ello necesito utilizar la primera persona. Pero, al preguntarme si no sería mejor utilizar la tercera, este problema me desarboló e inquietó durante varias horas hasta que decidí continuar siendo fiel a la idea original. Ha sido cruel, de hecho, reescribir esta escena pensando que tal vez no la estaba desarrollando de la mejor de las maneras. He pensado, por supuesto, en si no sería conveniente eliminarla. Y cuando la he finalizado, en vez de encontrar satisfacción, me he encontrado vacío. Deseoso de preguntar a algún otro escritor cuál pensaba que era la mejor opción. Lo que tampoco es muy lógico -pues como ya he dicho- si utilizara la tercera persona ahora, toda la narración perdería sentido porque el libro en su conjunto se encuentra escrito, utilizando la primera.

En fin. Ya veremos qué pienso cuando vuelva a este pasaje dentro de varios días al realizar la nueva corrección. Probablemente, el paso del tiempo me ayude a comprender mucho mejor la naturaleza del problema. Y la próxima vez que me enfrente al episodio, al encontrarse mucho más compacta la novela, sepa exactamente cómo reaccionar y actuar.

Creo en cualquier caso, que lo mejor es no obsesionarse. Al fin y al cabo, la vida es un mar de incertidumbre, y marearse o sentir que uno pierde el rumbo mientras avanza a través de las olas, puede ser un signo de salud mental bastante positivo. Que se sepa, de hecho, los grandes iluminados y santones de la historia han pasado por todo tipo de dudas y situaciones dificultosas antes de llegar a conclusiones válidas no sólo para ellos mismos sino para el resto de sus congéneres. Y podría ser ciertamente monstruoso crear un texto o acometer cualquier acción sin determinadas reservas o titubeos y vacilaciones, como también dejarse vencer por ellas. Por lo que me parece que, ahora que es medianoche en México, voy a tomar otro trago de café y a trabajar duro en el libro. Confiando en que esta madrugada pueda yo sentirme feliz. Como si hubiera conseguido derrotar al jardinero al fin, o al menos haber conseguido hacerle retroceder a sus trincheras, asustado al contemplar la firmeza y severidad de mi rostro convencido de que no hay otra opción que escribir el libro sí o sí. Pues de no actuar con decisión, estaré condenado a no beber más que unas cuantas gotas de agua al día durante el resto de mi vida, como castigo por ser un charlatán, un payaso loco y no haber cumplido mi labor de escritor con hombría y sobriedad; tal y como recorren los tuaregs el amplio desierto. Shalam.

لا تكُن رطْباً فتُعْصر ولا يابِساً

 No seas tan blando que te expriman, ni tan duro que te rompan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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