Baal

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Hace varios años, Alejandro Hermosilla comenzó a escribir una serie de textos breves cuyo tema habitualmente desconocía. Era elegido al azar cuando se sentaba frente a la computadora. Generalmente, eran reflexiones abstractas sobre temas como la amistad, la soledad, el riesgo y la aventura, pero también podía dedicárselos a los submarinistas, las bicicletas rotas o los surfistas. Por lo general, escribía estos pequeños ensayos -de apenas dos o tres páginas- mientras escuchaba una canción y dejaba que el ritmo musical se acoplase y dictase el de la escritura. Le relajaba mucho realizar este ejercicio. Le servía además para demostrarse a sí mismo que algún día podría ser escritor. Aunque todavía ese momento estuviera muy lejos. Los utilizaba, por tanto, como pruebas, experimentos a través de los cuales ir construyendo un estilo, una vía por medio de la que aprender a fluir y soltar las manos; como si fuera un pianista, o un guitarrista. Y también para ir conociéndose a si mismo un poco más en este territorio. Comprobar cómo y de qué forma se sentía más o menos cómodo, hacia dónde podía aspirar a dirigirse, y cuáles eran los límites y fronteras que todavía no había cruzado. Por supuesto, también para saber quién era el Alejandro Hermosilla que escribía. Distinto, en cierto modo, del que no lo hacía. Qué es lo que sabía, podía y quería conseguir y qué es también lo que desconocía, no controlaba ni dominaba y todavía le superaba en el arte de escribir.

Aprendió, por ejemplo, en aquellos textos que era un escritor básicamente rítmico. Le fascinaba jugar con las pausas, con las frases e ideas, y combinarlas hasta provocar un torbellino en el papel que en ocasiones le sorprendía gratamente. Sin embargo, también comprendió muy rápidamente que no tenía talento para desarrollar historias. Al menos en ese momento. Por lo que tendría que esperar un tiempo para poder construir algunas. O hacer, precisamente, de ese defecto una virtud a partir del cual cimentar todo un estilo. Una forma de ser y actuar.

Le era de tanta utilidad el ejercicio que me obligó a redactar al menos un texto a la semana. Y durante un año cumplí la tarea rigurosamente. De aquella época guarda, por tanto, 52 escritos. Unos más malos, otros menos, algunos interesantes y unos pocos, solo unos pocos brillantes. Hace cuatro o cinco años, días antes de su primer viaje a México, los junté todos, les agregué unas oscuras, formidables fotografías borrosas de José Luis Fullea y los registré como texto creativo con el nombre de Gimnasio Telémaco. Desde entonces, apenas he consultado el libro. Hasta hace unos días. Horas después de dar por inaugurado Avería. Pues me parece que la creación de este espacio es una buena excusa para volver a recuperar los que, de algún modo, sean decentes. Trabajarlos, barnizarlos, darles lustre y mostrarlos públicamente.

Pienso además que si la tarea de corrección de los escritos cobra sentido en sí misma, el colocarlos en avería, no invalidaría aquel libro. Al contrario, podría insuflarle aire y vida nueva. Hasta el punto que si Alejandro toma conciencia al realizar esta tarea de que merece la pena, podría volver a retomarlo y dirigirlo a otros confines que ahora ni siquiera atisba. O al menos, algunas de sus partes podría utilizarlas en la novela que planea realizar cuando finalice El libro del padre. Tal vez dentro de cinco o seis años. Puede que antes.

Cierto es que no sé si este ejercicio será útil pero supongo que para empresas como esta abrió averíadepollos. Un blog que me doy cuenta que le está ayudando a quebrar otro miedo infantil muy profundamente instalado en él como es el hecho de no mostrar aquello que escribe por miedo al rechazo y a la ¿terrible? mirada ajena. Creo que esto ya debería ser una etapa pasada de su vida. Hace poco, lo confieso, solucionó problemas muy graves que no le permitían dedicarse a la literatura como deseaba, no le dejaban crecer ampliamente y mantenían partes de su psique instaladas en una especie de cuarto oscuro y cerrado. Pero esto, afortunadamente, hace ocho meses se acabó. En un libro futuro contará esos avatares. Está escrito -valga la redundancia- que así lo haga. Pero todavía no es el momento. Pues aún se está recuperando psicológicamente de todo aquello (sea lo que sea). Y no se cree que al fin se encuentre donde soñaba estar: en un país extranjero que adora, México, con un mundo interior y un pasado ya bastante clarificados y con el tiempo suficiente y la predisposición total para dedicarse a hacer aquello para lo que piensa que nació: escribir.

Intentaré al menos subir uno de esos textos corregidos a la semana. Creo que la experiencia merecerá la pena y que aprenderá mucho. Tal vez mucho más que cuando los inició -ahora que hago memoria- exactamente hace 14 años. De momento, ya ha decidido el primero que trabajará. Un ensayo muy pequeño sobre el silencio que surgió mientras escuchaba la canción “Silence is sexy” del grupo alemán  Einstürzende Neubauten. Visto el tema del que se ocupará, me parece por tanto que llegó la hora de callar. Puesto que no escribir a veces no es que sea sexy, sino que también es necesario. Shalam

إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

Si el habla es plata, el silencio es oro

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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