Bautizo

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Ahora que lo pienso, estoy convencido de que si no hubiera abierto averíadepollos no hablaría de ciertos temas con nadie. Tal vez porque soy demasiado neurasténico. Incapaz de escribir sobre mí mismo sin hacerlo a través de la literatura. De hecho, desde hace un tiempo, me he creado un personaje público que posee un nombre idéntico al mío pero entiendo que es diferente a mí en ciertos aspectos. Se llama, sí, igual que yo, Alejandro Hermosilla, pero probablemente es más puro, sincero y real que mi yo auténtico. Que, por otra parte, ignoro cuál y quién sea. Y no lo digo de broma o por pose, sino porque lo considero así con sinceridad. De verdad.

Hace tiempo, por ejemplo, le daba vueltas a esta cuestión. Resulta que quisiera publicar durante el 2013 los libros El jardinero y Mario Bellatin: la risa oscura. En ambos, he trabajado con fuerza los últimos días para limar sus asperezas. Y como, en parte, son textos ficticios y no ensayos y los considero un poco como mi presentación tardía pero al fin real en el mundo literario, me he preguntado si no sería conveniente firmarlos bajo seudónimo. Elegir un nombre con fuerza que me permita hacer diabluras, desdoblarme como lo considere, aporte ciertas dosis de  misterio a mi personalidad y consiga hacerme olvidar de Alejandro Hermosilla de una vez. Pero reflexionando, he llegado a la conclusión de que no hace falta. Porque, en el fondo, todo nombre, -y Alejandro Hermosilla me parece un ejemplo estupendo- ya es en sí mismo un seudónimo formidable, enigmático y por momentos, maravilloso. Y, desde luego, Alejandro Hermosilla me parece un sobrenombre tan o igual de bueno que si hubiera decidido denominarme -por decir algo- Antonin Artaud, Niño Santo o Fausto Arfnosky. Además, en las últimas presentaciones realizadas por mi otro yo, ha habido momentos en que he conseguido distanciarme de mí mismo. He de reconocer que no del todo. Pero sí algo. He sentido, por tanto, que Alejandro Hermosilla se apoderaba de mí y que no era necesario cambiar de nombre porque, en esencia, ya estaba conquistado por uno. En este caso, por mí o yo mismo.  Un ser que me obliga a adaptarme a sus dudas, gestos y personalidad y por momentos me desestabiliza pero también es verdad que me libera cuando se trata de realizar esa fatigosa tarea que consiste en explicar un libro mío (que, en realidad, es suyo) a otras personas o leer unos versos que no me terminan nunca de convencer. Ni tampoco a él. Como suele decir Alejandro Hermosilla en cada uno de sus recitales cuando se levanta y, entre lágrimas, comienza a leer un poema dedicado a su primera novia. Aquella muchacha rubia, inglesa, de ojos azules que le robó el corazón un verano en una playa del sureste de España cuando le dio su primer beso en una cueva escondida.

Lo curioso de todo este embrollo es que la primera vez que empecé a utilizar a Alejandro Hermosilla como personaje -en este caso, no literario sino real- lo hice para desnudarme, sincerarme delante de unas pocas personas en el primer recital literario que ofrecí llamado ¿De qué hablo cuando hablo de literatura?. Aparecí allí vestido con una máscara mientras sonaba la canción Alejandro de Lady Gaga y pronto confesé al público mi timidez para hacer frente, como un hombre, los retos literarios. Exactamente, deseaba que  esta actitud acabara de una vez. Por lo que había decidido quitarme para siempre la máscara de luchador mexicano de mi rostro.  La cual arrojé a los presentes con desprecio para que hicieran una pequeña hoguera con ella mientras el ritual continuaba y una muchacha de la que me hice acompañar durante la lectura de los poemas, recitaba un texto en sánscrito en voz alta que se confundía con los versos fragmentarios que Alejandro Hermosilla, con el torso al desnudo, leía como si estuviera en trance, fuera perseguido por oscuros demonios, quisiera expurgar algún espíritu de su cuerpo, tuviera una barra de hierro encendida en sus manos, o no existiera. Que es como se sintió al comprobar que Alejandro Hermosilla ocupaba mi lugar. Y que lo que había sido en principio planeado como una ceremonia de desenmascaramiento, se acabó por convertir en una celebración del ocultamiento. Lo que en absoluto contemplo como algo negativo, sino más bien como un proceso normal para conocer los poderes de su nombre o seudónimo, que entonces comprendió que ya nunca debía cambiarme. Tal y como supo su progenitora hace ya tiempo. Cuando Alejandro era un niño que lo único que hacía era leer cómics de superhéroes y le decía a sus compañeros de clase que mi nombre real era Bruce Banner o Peter Parker.

alejandro_hermosilla_venquetecuente2011Durante un tiempo, mi madre también pensó cambiarme el nombre. En concreto, el apellido. Para que, debido al suicidio de mi padre, no participara de ninguna maldición, ni me perdiera en actitudes delirantes condenadas al fracaso. Su decisión, de hecho, era firme pero se vio obligada a modificarla tras consultar una adivina. Cuando la mujer le dijo, con voz dulce y entrecortada, que no era necesario proceder a un cambio que incluso podía ser contraproducente, porque aquel muchacho estaba destinado a triunfar. Tarde, bien pasada la juventud, pero con seguridad, si era capaz de revertir la trágica herencia legada por su padre en amor a través del arte. Actividad a la que probablemente se dedicaría en el futuro, y con la que conseguiría grandes logros. A partir de los 40 años. Dos o tres años después de abrir un blog llamado Avería de pollos. Pero sobre todo, al llegar a los 60. Porque sería entonces que gracias a la actividad artística a la que se dedicaría, conseguiría purificar la maldición familiar, hacerla florecer, y se sentiría orgulloso de su nombre y apellido; como demuestra el que cuando los lectores me solicitan que redacte una dedicatoria en la primera página de libros como El jardinero, Las máscaras del viajero o Tormenta, suela escribir debajo de la firma, según como me sienta, indistintamente los nombres de Antonin Artaud, Niño Santo o Fausto Arfnosky. Dando gracias constantes a las divinidades por haberme permitido adoptar estos seudónimos. Pues es gracias a este acto que me siento como si fuera un eunuco que de repente conociera el orgasmo. Su ritmo sagrado. Y puedo aspirar a ser al fin la persona que deseo ser. Lo cual, en verdad, ignoro. Y no lo digo de broma, o por pose, sino porque lo considero así. De verdad. Tan de verdad como que me es insoportable llevar a cuestas, como la cruz cristiana, ese nombre, Alejandro Hermosilla, que desearía ya no volver a escuchar más. De verdad. JAMÁS. Shalam

إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

             Tu alegría es tu tristeza con máscara

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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