Castillo de cerdos

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No sabría bien cómo definir un libro como Los puercos. Creo que es lo más arisco y nihilista que he escrito hasta el momento. Un texto repleto de sexo decadente y perversiones sin cesar en torno a un castillo surreal custodiado por jardineros y criados vestidos de etiqueta, que se alza imaginario sobre un poblado desolado al que de tanto en tanto acceden juglares, princesas negras, comediantes y muchachos desnudos que sufren todo tipo de vejaciones y torturas. Obviamente, supongo que inmediatamente se pensará en Saló, aunque el influjo de la película de Pasolini no se encuentra más que al fondo de la novela. Por más que, bien mirado, Los puercos pudiera considerarse en determinados pasajes como una mirada desde el otro lado del espejo a la cruenta obra del artista italiano.

De todas maneras, si de lo que se trata es de citar referentes, sería necesario aludir a las performances sangrientas de Hermann Nitsch, intentar imaginar un Bernhard orgiástico y sexual o un Kafka juguetón que se encuentra a mitad de su paseo por un gigantesco corredor repleto de espejos con Sacher Masoch y Bram Stoker. En definitiva, una sucia odisea por el lado más guarro y sangriento del ser humano.

Lo que deseo conseguir, sí, es realizar un negro retrato de nuestro sombrío Occidente. Es decir; hacer más oscuras las sombras y más cruento si cabe el horror porque entiendo que únicamente llegando al extremo, podré aproximarme a la verdad.  En realidad, la novela no tiene todavía una forma definitiva. Una estructura según la cual vaya a ser leída. A veces creo que debería calcar la de Ruido que simplemente llevaba un poco más lejos los hallazgos contenidos en El jardinero. Pero aún no lo tengo claro. Siempre es mejor que el libro se imponga a uno. De hecho, me fascinaría realizar un enorme caleidoscopio de la porquería que girase sobre sí mismo continuamente cuyo principio y final fueran idénticos y en cuyas rendijas se fuesen mezclando sucesos ocurridos en el castillo y en el poblado medieval con diversos acontecimientos históricos relacionados con la mierda. La podredumbre ética. Hacer de todo el libro una diabólica espiral en la que ninguna historia dure más de dos páginas.

¿Qué puedo decir? Cuando pienso en Los puercos, sí, imagino las calles y esquinas y ciudades del Medievo pero al revés. Visualizo los rostros de los hombres y mujeres como si fueran demonios o monstruos con rabos colgando y apareciendo por sorpresa entre sus pantalones y faldas. Puedo vislumbrar caballeros medievales empeñados más que en salvaguardar el cáliz y orden sagrado en follar cada cuerpo que tienen delante. Un mundo, sí, capaz de avergonzar al propio Bosco y conseguir extraer una risillas de Salvador Dalí. Realizado con pedazos sangrientos del hígado de Nietzsche y los labios de una mujer embarazada deseosa de tener sexo.

¡Oh Dios! ¿Quién sabe si lo conseguiré? De momento, por si a alguien le interesa, dejo a continuación la lista de los discos más escuchados mientras lo escribo: 1. Andrezj Korzynski, Possesion. 2. Andrezj Korzynski, Chamanka. 3. Andrezj Korzynski, Music to the films of Andrzej Wajda. 4. Tangerine Dream. The sorcerer. 5. Opeth. Heritage. 6. The definitive horror music collection. 7. Swans. To be kind.

Discos todos ellos neuróticos y fantasmagóricos. Sexuales y góticos. Oscuros y repletos de angustia ideales para que los habitantes de los castillos revivan de su tumba dispuestos a penetrar cualquier cadáver que se ponga delante. Definitivamente, sí, el jardinero está vivo otra vez y se diría que la azada que tiene en sus manos no la va a utilizar para labrar el campo sino para hacer aquello que más disfruta: masturbarse viendo cómo el sol se va escondiendo en el horizonte. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

              No se te ocurra matar una mosca sobre la cabeza de un tigre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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