Comiéndose los papeles de Saturno

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Debo reconocer que me fascinan las correcciones de libros. No sabría decir exactamente desde cuándo, pero pienso que comenzó a ocurrirme mientras realizaba la primera revisión de La risa oscura hace dos años aproximadamente. Supongo que tiene que ver con un proceso de crecimiento personal. La aceptación de que la mayor parte del tiempo que me queda por vivir, lo pasaré tecleando frente a una computadora. Algo que en mi juventud me costaba mucho admitir dado que lo que ansiaba eran vivir experiencias, romances, visitar países, internarme en selvas, experimentar con drogas, conocer diferentes técnicas de meditación, las más diversas filosofías, bañarme en océanos y descubrir cuantas más obras artísticas fuera posible.

Recuerdo, por ejemplo, la depresión que me embargó cuando, en octubre del año 2004, tras tres años investigando y recorriendo la mayoría de países de la América hispana, entendí que había llegado el momento de escribir el ensayo/tesis Los hijos sin nombre: el silencio del olvido. Día y noche me angustiaba yo pensando que de encontrarme en playas brasileñas, surcando en barco el Amazonas, recorriendo Colombia y montando en bicicleta por Venezuela mientras leía a mis maestros Héctor Murena, Maurice Blanchot o Georges Bataille, iba a pasar a estar en Cartagena, enclaustrado en una habitación, durante al menos un año, dando forma a un libro académico. No fue fácil. Pero desde luego, no podía eludir la responsabilidad. Para mí era vital construir aquella tesis no sólo porque significaba un paso adelante en mi profesión sino por ética. Verdaderamente, después de todo lo aprendido, vivido y gozado en Argentina, necesitaba ofrecer una visión aguda sobre ese país y sus habitantes a partir de la trilogía novelística de Ernesto Sábato. Obra enigmática que analicé desde un punto de vista mítico-simbólico; buscando todo tipo de referencias bíblicas y gnósticas en su interior para conectarlas con la historia del -tal y como fue denominado por Carlos III desde finales del siglo XVIII- antiguo Virreinato del río de la plata.

Finalmente, sí, logré concluí la tesis en Poitiers (Francia). Ciudad a la que me dirigí con el objetivo de aprender francés y terminar de familiarizarme con una corriente filosófica, el racionalismo, que había sido esencial para que Sábato construyese sus tres novelas. No puedo evitar emocionarme a día de hoy todavía, rememorando la tarde en que escribí el epílogo. Las palabras parecían colocarse solas sobre el papel mientras mi cuerpo se inflamaba y desinflamaba conforme sentía que esa experiencia extrema, monumental concluía. Comprendía que había cumplido al fin el objetivo y emergían lágrimas de mis ojos porque los dioses me habían arropado y permitido cumplir este gran deseo.

En fin. Se puede deducir que, tras los inmensos esfuerzos que me supuso el redactarlo, tan sólo plantearme corregir este libro, me producía urticaria. Tremendos dolores estomacales. Hubiera preferido suicidarme antes que someterme a semejante tortura. Aunque he de reconocer que antes o después, si quiero darlo a conocer como es debido, tendré que acometer esta empresa dado que le sobran como poco, 200 páginas. En cualquier caso, no me planteo llevar a cabo este trabajo hasta cumplir 60 años. Porque únicamente con la tranquilidad y serenidad, y tal vez con la seguridad de que va a ser publicado como corresponde, me siento capaz de disfrutar al pulirlo y mejorarlo. Algo que seguro que, en su momento, probablemente consiga hacerme gozar. Pues como ya he dicho, desde hace un tiempo, me complace bastante podar mis textos -no importa que sean mediocres y no tengan valor alguno- dado que al fin y al cabo, son mi testamento. En ellos se encuentra mi alma y trabajarlos a ellos, por tanto, significa también trabajarme a mí personalmente con todo lo que esto implica. De hecho, incluso los textos de este blog, averiadepollos, los reviso una y otra vez. Y no es anormal que los lea y corrija más de cinco o seis veces tras haberlos publicado, como si existe alguien que los relea habitualmente, se habrá dado cuenta.

He de reconocer, en cualquier caso, que no me preocupa en exceso publicar los averías con ciertos errores. Básicamente, porque en el momento en que pienso (y siento) que he sido capaz de expresar lo que deseaba decir, suelto el texto. Entiendo que se encuentra de más entre mis manos y quiero que sea leído cuanto antes por un “otro”. Y poco a poco, a medida que otra persona va leyéndolo, suelo sentir la necesidad de ir corrigiendo los detalles. Es este realmente, un proceso que me resulta extraño de explicar pero lo cierto es que hasta que no aparece una segunda persona entre yo y aquello que escribo, no detecto ciertas fallas e incluso faltas ortográficas. Necesito, por tanto, que los “otros” aun sin decirme o mencionarme nada expresamente, me hagan ser conscientes de mis errores por el mero hecho de consultar lo escrito, para dedicarme a pulir los averías.

Obviamente, esto cambia con las novelas. Más que nada porque al imprimirse en papel, costaría demasiado rehacer cualquier pequeño error. Circunstancia que provoca, por otra parte, que su trabajo de corrección pueda llegar a ser extenuante pero también -me parece a mí a día de hoy- fascinante. A este respecto, me parece que sería muy interesante realizar ciertos proyectos en el futuro relacionados con las correcciones de los textos. Creo, de hecho, que es un tema a explotar y debería ser más recurrido y transitado. No comparto por ejemplo ese recato que sienten muchos escritores a mostrar cómo era su libro previo a su publicación. De buena parte de músicos, conocemos las maquetas de sus discos y, en ocasiones, los entendemos mejor gracias a su escucha. Por lo que no descarto en absoluto que fuera interesante leer ciertas partes de una obra cuando todavía era trabajada por su autor y muchos de sus núcleos y esquemas argumentales no estaban cerrados. En parte, esto es lo que ha estado explotando el cine y la televisión desde el surgimiento del Dvd con los making off, tomas falsas, escenas no incluidas en el film, etc, y si no lo hace la literatura creo que se debe más a otro de esos estúpidos prejuicios “románticos” que aún siguen imperando, que a una auténtica reflexión objetiva y juiciosa sobre esta cuestión; que, en parte, no creo que se haya planteado con la seriedad necesaria más allá de las típicas exposiciones que, aprovechando cualquier aniversario conmemorativo de un gran escritor, nos muestran algunos de los folios sin corregir de su obra llenos de ideas, anotaciones y acotaciones en los márgenes.

En fin, realmente estoy convencido de que nos llevaríamos muchas sorpresas si pudiéramos conocer versiones previas de novelas que leemos ahora con estupor y agradecimiento. Y con sorpresas me refiero tanto a asuntos estilísticos como argumentales. A veces -y tal vez lo haga en el futuro- me he planteado colocar en avería, algunos de mis borradores. Creo que sería un acto eficaz para comprobar cómo funciona la literatura y una prueba más para verificar el hecho de que es trabajando y trabajando, y puede que con cierta inventiva imprescindible, como se forjan los libros. Además de, claro, con pasión, locura e inconformismo.

En cualquier caso, me expreso hoy de esta manera porque ayer, tras muchos esfuerzos, conseguí llevar a cabo la corrección del capítulo 7 de El jardinero. Y tuve que realizar un cambio muy importante que, obviamente, los lectores futuros nunca conocerán pero yo tendré siempre presente. En un momento dado, el conde que protagoniza la novela confiesa sus pesares y temores a su amigo Guillermo, y sintiéndose al fin comprendido y escuchado, lo besa. Estableciéndose a partir de entonces una relación homosexual entre ambos que enrarece aún más el clima ya de por sí pérfido de la narración. Sin embargo, tras meditar durante varios días en esta escena y romance, entendí que no terminaba de encajar y horas después, en vez de a Guillermo, el conde besaba a una mujer, Margarita. Una modificación que, según mi punto de vista, permite que el rumbo de los acontecimientos sea mucho más pautado y lógico, pero no por ello previsible. Pues me parece que el episodio continúa siendo sorpresivo e inquietante.

No sé si he conseguido explicarme bien. Vuelvo a aclarar como ya hice en un avería anterior, que muchas veces, creo no poder hacerme entender de la manera que deseo. Pero vamos, básicamente, quería subrayar que me resulta sumamente interesante imaginar a un lector leyendo uno de los muchos borradores de El jardinero años después de haber leído la novela. Y sobre todo, intentar visualizar su rostro de asombro al descubrir que en sus páginas se desarrollaba una relación homosexual entre el conde y un pastelero del condado, así como todo un cúmulo de detalles diferentes que si bien no aportarían nada nuevo a la obra, tampoco le restarían. De hecho, seguramente amplificarían algunos de sus presupuestos. Motivo por el que abogo porque el género de las correcciones tenga su lugar en el futuro o al menos, se le de una mínima atención. Más aún, teniendo en cuenta que, al fin y al cabo, como sugería Cortázar -haciendo alusión a las improvisaciones que inundaban los discos de los grandes artistas del bebop- toda la literatura es un “take”, un “intento” de construir un “texto” que nunca podrá ser perfecto. Pues de serlo, estaría muerto para siempre y jamás. Shalam

 فإما تعرضوا عنا اعتمرنا،

 La conjetura del sabio es mas sólida que la certeza del ignorante

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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