El jardín

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Continúo corrigiendo El jardinero que, ahora sí, sí, sí, sí -¡al fin!- ya está comenzando a quedar a mi gusto. Me resulta muy difícil expresar la sensación que tengo al ver la novela finalizándose y cómo ella misma va de manera natural, dictándome los pasos que debo seguir para conseguir terminar de esculpirla. Parece mi creación, verdaderamente, un ser vivo y yo un mero bloque de carne nacido para darle mi aliento, alimentarla como un pequeño monstruo que acaso me sobreviva. Desde luego, es seguro que entre sus páginas, mi espíritu y alma latirán siempre, eso sí, doblegados al yugo y horca con el que la novela atentamente me vigila. Me observa desde la atalaya, preparada para clavar sus dientes en mi corazón y quitarme la piel a tiras si blasfemo en contra de ella. Por lo que he decidido que hoy voy a hacerle un pequeño homenaje y dejaré a continuación en avería, tres o cuatro frases que aparecen en su interior:

 “Es un traidor. Un hereje que, a mitad de la batalla, se ha unido al bando contrario.

Me gustaría follarme a mi madre.

Puede que no haya hecho otra cosa en mi vida que rendirle pleitesía.

Volvía yo de mis largos paseos por el acantilado, con una inmensa jauría de perros siguiéndome, y observaba con desgana los árboles sin hojas, mustios, los jardines descuidados, con cientos de flores muertas o la suciedad que se agolpaba en las veredas, cuando lo vi a lo lejos.  Simulando que trabaja, paseándose entre la hierba y el pasto secos con una botella de vino entre sus manos”. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

La vida es corta como la escalera de un gallinero. Lleva cuidado, por tanto, y el tiempo que estés aquí, no te llenes de mierda

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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