El jardinero

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Desde mediados de la próxima semana, voy a dedicar gran parte de mi tiempo a corregir el libro El jardinero. Lo escribí en el año del 2004 en dos meses, de carrerilla, y casi sin aliento. Mi prioridad era entonces la redacción del ensayo Los hijos sin nombre: el silencio del olvido. Y dejar hilado el poema épico sobre Boca Juniors llamado La Bosteriada. Tenía, por tanto, que encontrar un método de escritura rápido y efectivo para que la historia viese a la luz. Y esto fue lo que hice. Cada día, le dedicaba a la historia una hora sin preocuparme por el estilo ni la verosimilitud argumental. Todo lo que pensaba y me venía a la mente, lo filtraba al papel, como si estuviera vomitando. Arrojando alcohol sobre unos papeles que parecían estar destinados a arder al igual que los ojos del protagonista al contemplar, desde su castillo, al repugnante jardinero. No me importaba en absoluto que hubiera frases incoherentes o que costara entender el argumento. En absoluto. Más aún, teniendo en cuenta que Los cantos de Maldoror eran mi libro de cabecera cuando trabajaba este texto. Leía unos versos del lunático e  intenso poema del conde de Lautréamont y comenzaba a escribir. Línea a línea, palabra a palabra, como si estuviera yo endemoniado, fuera víctima de algún conjuro de brujería o corriera riesgo de morir de no llevar a cabo este trabajo. ¿Quién sabe? Tal vez fuera así.

Por algún motivo, no podía yo dejar de plasmar una historia que me aturdía, obsesionaba y debía conseguir extraer de mi corazón para  que no quedara sepultada en el olvido; se perdiera por uno de esos agujeros negros de la conciencia de los que no podemos recuperar más que sombras, murmullos que no significan ya nada. Y cuando terminé la novela, me quedó la satisfacción de saber que al fin se encontraba fuera de mi. Efectivamente, no era el momento ese de trabajarla, corregirla, mejorarla y que sin perder sus misteriosos flecos, se volviera comprensible. Pero estando ya impresa, me sentía tranquilo y en paz pues podría volver a ella en el futuro cuando lo considerase conveniente.

Ese momento, por cierto, ha llegado. Durante esta navidad, trabajé duramente en el prólogo de la historia y en su primer capítulo. Resta ahora revisar los siete capítulos restantes y el epílogo. Afortunadamente, tengo tiempo y la voluntad de hacerlo. Y sé que esta empresa quedará terminada en unos meses y que me sentiré satisfecho de haberla realizado. Lo que me produce placer y una extraña sensación de orgullo y trascendencia a la vez. Supongo que similar a la que posee un hombre que es padre por primera vez. ¡Ojo! No digo yo esto porque El jardinero sea una de las primeras narraciones -ya no ensayos- que vaya a publicar, sino por el hecho de asumir mi destino, no tener miedo ya de mostrar mis creaciones, y enfrentarme al fin a mis pesadillas  por muy cruentas y deformes que estas puedan ser. Aunque muchos de los engendros que aparecen en ellas, se empeñen todavía en sacarme la lengua cuando me asaltan las dudas al escribir o en sonreírme viscosamente cuando me pregunto si aquello en que me ocupo día o noche, merece la pena o posee algún sentido. Burlándose de mí con su fiero y deforme rostro semejante al del putrefacto jardinero que protagoniza mi libro. Ese ruin personaje para el que no puedo concebir una tortura justa, adecuada pues su maldad es impenetrable. Tanta como sus vicios, lascivia e insoportable hedor que hace morir de pavor a quienes se aproximan a él. A todos aquellos que tienen la triste fortuna de encontrarse en contacto con su mal aliento, sus fétidas vibraciones o su temperamento de rata.

En fin. Cuando tenía yo 30 años, muchas personas me preguntaban cuándo podrían comprar un texto mío. A lo que yo siempre contestaba inequívocamente, una y otra vez, que ese momento llegaría, aunque no sabía cuándo. Tras resolver unos serios problemas personales en abril, que me perseguían como buitres, clavos ardientes o vampiros casi desde que nací e instalarme en México, ahora puedo decir que ese período ha llegado. Voy a tomar temazcalis de tanto en tanto, suelo recibir masoterapia, también medito y paseo por el mar, me relajo en aguas termales cuando me es posible pero la mayor parte del tiempo lo dedico a leer y escribir. Existe algo, una voz, una vibración sutil, unos ojos oscuros que me auscultan durante las noches y me persiguen mientras el sol alumbra, que me indica que esta es la etapa, la época que estaba esperando desde que tenía veinte años y comencé a escribir, y que debo aprovecharla. De hecho, hasta ahora nunca había sentido estos golpes fuertes en el estómago. Esa sensación de urgencia, de que la vida es solo una y debo empezar a dar y ofrecer lo mejor de mí como escritor, si no quiero morirme fracasado. Pensando en que no hice aquello para lo que estaba destinado.Condenado a contemplar hasta la eternidad mi rostro desangelado, sufrir las torturas sin fin con las que el jardinero castiga a sus víctimas, y gritar aterrado cuando ese ser sin alma se me aproxima sonriendo, comenzando a calentar las tenazas de hierro que desplazará por cada uno de los pliegues de mi cuerpo. Desde la cabeza a los pies.

Sé, por otra parte, que todavía me falta bastante para dominar el arte de la escritura como deseo hacerlo. Pero me encuentro más cerca. Mucho más cerca. Probablemente en cinco o seis años, cuando finalice El libro del padre, me encuentre al fin capacitado para intentar dejar algo perdurable. Esto no significa que los textos que quiero publicar próximamente como La risa oscura, El jardinero, El arte del ruido, El escritor imposible o El libro perdido no sean valiosos. Simplemente que son el camino y las vías que me están lentamente conduciendo a la escritura de El libro que vendrá. Título a lo Blanchot, que, de momento, es el único que se me ocurre para una novela que, tal y como se me reveló una noche en Oaxaca, durante una ingestión de hongos, será la que de sentido a todos mis desvelos, esfuerzos e intentos de ser escritor. A esa lucha intensa que estoy librando contra el jardinero desde aquel día, -puede que tuviera cinco años- en que conseguí salir de mi cuna y, cuando me desplazaba por la habitación de mis padres a gatas, se me apareció. Y, mirándome con sus viscosos ojos de águila, agarró uno de mis juguetes y lo descuartizó ante mi, sin mostrar ni piedad ni compasión de ningún tipo ante mi congoja y angustia eternas por haber tenido que contemplar un rostro tan infecto y pútrido como el suyo.

No se me ocurre por otra parte ahora cómo será ese libro que los abuelitos santos, como se les denomina a los hongos de Oaxaca, predijeron que escribiría. Aunque mentiría si no confesase que, de vez en cuando, voy imaginando secuencias, reflexiones, desarrollos argumentales que allí aparecerán. De hecho, este blog es otro canal que busca explorar determinados detalles y aspectos con el fin de poder desembocar, llegar algún día a ese inmenso, gigantesco océano del que surgirá, como si fuera un barco sobreviviente de un naufragio, El libro que vendrá. En cualquier caso, es una manifestación concreta y cabal de que ya no tengo vergüenza ni reparos en mostrar aquello que escribo por más defectuoso que sea. Y puedo al fin ser libre desarrollando la actividad que más me atrae, que da sentido pleno a mi vida sin importarme lo que piensen los demás. Y, por supuesto, tampoco el jardinero. Ese ominoso recolectador de miedos que lleva décadas paralizándome tal vez para mi bien. Pues gracias a él, he podido  madurar lentamente tal y como lo necesitaba, sin prisas,ni riesgos innecesarios hasta llegar a este cónclave exacto, esta isla sin árboles ni mar que la rodee, desde la que alcanzo a vislumbrar que la posible realización de El libro que vendrá no es ninguna quimera. Al contrario, es una más que probable realidad futura que demostrará que los caminos para que se haga la voluntad de dios han de ser siempre velados a los hombres. Pues es así, a través de la inconsciencia, las nebulosas de la vida, caminando entre túneles, que el ser humano se pone a prueba a sí mismo. E incluso puede hallar un sentido a la existencia más allá de los libros. Objetos que no son, en definitiva, más que canales para que ese milagro cotidiano diario que es nuestra existencia se manifieste, se haga realidad y, sin importar razas ni origen, los niños de todos los tiempos y mundos sonrían a la vez, porque el jardinero ha dejado al fin de podar árboles, y ha llegado la primavera al corazón de la humanidad. Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

           La paciencia es la llave de la solución.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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