El origen del mal

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Quisiera haber terminado ya El jardinero. Incluso que estuviera en vías de ser publicado. Pero diversas circunstancias me han hecho alargar su finalización que, de todas formas, no ha de retardarse demasiado. Pues dentro de unas horas, me introduciré de pleno entre sus páginas y, si no sucede nada anómalo, dedicaré muchos de los días de las semanas que vienen a terminar de pulirlo. Como suelo ser muy disciplinado, estoy tranquilo a este respecto. Entiendo que si la vida transcurre con normalidad, cumpliré mi plan de trabajo. Y probablemente esté brindando esta navidad con la novela finalizada. Por lo que siento que es un buen momento para hablar de cómo surgió el texto. Cuáles fueron los motivos externos que me influyeron para crearlo aunque acaso estuvieran internamente en mí desde muchos años antes de los mismos.

 En realidad, cuando pienso en las razones que me llevaron a escribir la novela, no puedo dejar de sorprenderme. Venía yo de un viaje muy intenso a través de Chile, Bolivia y Perú tras dos meses de excesos y locura continua en Argentina.

El cambio de horario, el viaje de avión, el frenesí con el que había vivido los últimos días más la asfixiante ola de calor que envolvía a España en el verano del 2003, desde luego, no permitieron que mi llegada fuera lo tranquila que hubiera deseado. Apenas podía dejar de moverme y rememorar con fuerza todo lo experimentado. Ni tampoco conciliar el sueño. Afortunadamente, me dirigía al lugar que más amaba en el mundo: Bellavista. Una alocada, extrema urbanización situada en La Manga del Mar Menor donde había pasado gran parte de mis veranos y tenía algunos de mis mejores recuerdos.

La noche de mi llegada apenas pude conciliar el sueño. La temperatura era agobiante y ni siquiera la brisa marina podía atenuarla un poco. Y yo seguía muy inquieto por todo lo experimentado en América del Sur. Mi alma estaba removida y revuelta. Pero confiaba restablecerme en unos pocos días. En cualquier caso, tras vivir ciertas situaciones extremas, atravesar desiertos y dejarme caer como un salvaje inquieto por cientos de ciudades, se entenderá que no esperara lo que sucedió la mañana siguiente al bajar a la piscina donde había nadado desde mi infancia: que el socorrista (una figura nueva implantada por aquella época en España que ha desaparecido de muchos lugares  debido a la crisis económica) se me acercara y con brusquedad y muy mala educación casi que me gritara que apagara el cigarrillo que con tanto gusto estaba saboreando después de tantas aventuras.

Soy una persona bastante pacífica. Si puedo evitar una pelea, lo hago. Me gusta la armonía. Las masoterapistas que me tratan en México dicen que padezco de ciertas molestias en el hígado porque me suelo guardar mis enojos, rabia y enfados para mí. No los suelo exteriorizar. Pero en ese momento, acaso por el calor, estar adaptándome todavía a mi país o la agresividad del socorrista, me sentí herido en mi libertad e intimidad (de hecho, la norma de no fumar en las piscinas se acababa de implantar y yo la desconocía) y solté mi puño derecho en dirección a la cabeza de ese cerril ser humano. Con tan mala suerte que al golpearlo ligeramente -pues no tengo excesiva fuerza- mi codo contactó en una de sus cejas de la que comenzó a brotar sangre. Tal vez si no hubiera aparecido el líquido rojo, no hubiera sucedido gran cosa pues mi puñetazo fue muy leve. Todo hubiera quedado en una pequeña trifulca sin mucha importancia. Pero el ver la sangre resbalando por su rostro, le dio a aquel muchacho la excusa perfecta para, corriendo, dirigirse al presidente de la Urbanización. Pidiendo que lo defendiera. Y solicitando justicia. Otra casualidad en mi contra porque resulta que el comandante de mi paraíso playero, Paco o el Führer como muchos lo llamaban, era una de las escasas personas de aquel lugar con las que nunca me había llevado bien. De hecho, había llegado a su cargo por su extrema rigurosidad; debido a su fuerte carácter (que muchas veces desembocaba en violencia) que aseguraba que los limpiadores y empleados de la Urbanización cumplieran rigurosamente sus órdenes y lo que demandáramos de ellos. Respetado y temido y muy poco querido, regentaba con mano firme, como si se tratara de un cuartel y los camareros fueran soldados, un restaurante, la pizzeria Bei Paco, que había sido de los primeros en instalarse en La Manga.

Mis desencuentros con este señor de mirada reconcentrada y fuerte cuerpo se remontaban a mis primeros años de vida. Para los niños de allí, era un ogro. Lo más parecido al hombre del saco. Muchas veces corrimos despavoridos porque le molestaba que jugáramos en las inmediaciones de su local; y no he olvidado y a estas alturas, ya nunca lo haré aquella tarde en que se me ocurrió pedirle un vaso de agua y me miró fija y profundamente como si hubiera cometido un crimen o le estuviera pidiendo dinero y que me dejara acostarme con su mujer. Tanto es así que me fui de su local sin probar el agua que, tras largos minutos de espera, me ofreció por temor a que estuviera envenenada. O quién sabe qué. Pues cualquier cosa menos una sonrisa o alegría podían esperarse de ese ser atormentado, sin paz consigo mismo, que catartizaba sus penas internas con los demás. Como mostraban algunas magulladuras en el cuerpo de sus hijos o la cara de susto de quienes transgredían una norma (escrita o no) en su local. Cuentan, por ejemplo, que en una ocasión unos muchachos le echaron ketchup a una de sus paellas e, indignado, los echó de su local por haberse atrevido a cometer tamaña afrenta culinaria. Y que una noche que unos visitantes saltaron la verja de la piscina y se bañaron borrachos en ella, delicadamente agarró por el cuello a uno de ellos y estrelló su cabeza contra la pared. Algo que acaso hubiera hecho sin dudar conmigo en determinadas ocasiones como aquella en la que, situado en la puerta de su local, empecé a corear los regates de Diego Armando Maradona a los alemanes en la final del Mundial 86 (aprovechando de paso para indirectamente sugerirle que era un nazi) de no ser yo lo suficientemente hábil como para despistar a sus hijos.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, se comprenderá que yo estaba perdido. Y que si algo podía salir mal, lo haría. Pues el Führer Paco no perdería el tiempo en escucharme y se pondría de parte del socorrista. Como así sucedió. De hecho, en vez de contribuir a  calmar los ánimos, decidió llamar a la policía para que se personasen en la Urbanización y tomasen nota de la denuncia que el muchacho herido exigía levantar. Y en ese momento, todo estalló y el sainete comenzó. Porque en el restaurante se encontraban Antonia y Antonio, los padres de mi querido amigo Tinin, con quienes me unía una gran amistad y afecto. Hasta el punto de que en determinados momentos de mi vida habían jugado el papel de padres o familiares míos. Por lo que cuando constataron que a quien se referían era a mí y que a los sheriffs del lugar no se les ocurría otra forma de solventar esta cuestión que recurrir a la autoridad, comenzaron a gritar y a expresar su descontento, salir en mi defensa. Llegando a crearse un jaleo de proporciones indeterminadas protagonizado por muchas más personas que expresaban a voz en grito su opinión sobre el asunto que no terminó hasta que llegaron tres agentes de la guardia civil que me indicaron que se me había puesto una denuncia y tendría que declarar en juicio.

Obviamente, quedé muy agradecido a Antonio y Antonia que se portaron maravillosamente conmigo. Pero también muy dolido. Y sorprendido. No por el hecho de la denuncia en sí o el comportamiento del Füher sino el de otra persona, el conserje de la Urbanización, (también de nombre Paco), que actúo, en mi opinión, como una comadreja. Una repugnante rata. Algo que no me esperaba porque siempre me había llevado bien con él, aunque mundos de distancia nos separaban. Pues era un hombre simple, sin apenas estudios, apegado a su trabajo como jardinero, su familia, el fútbol y los vinos. Lo que no era obstáculo para que, en determinados momentos, hubiéramos reído juntos, me comunicara con él jocosamente cuando pudiera y le tuviera cierto aprecio y afecto. Por lo que en absoluto pensaba que, como un perro con el rabo entre las piernas, en vez de intentar comprender qué había sucedido (que no era tan grave), siguiera al pie de la letra los dictados de su amo el Füher como si no tuviera voluntad propia e incluso para congraciarse con él, tal y como me comunicaron Antonio y Antonia, gastara bromas a mi costa entre alcohol y sarpullidos de ignorancia.

No sé realmente bien qué pasó aquel día pero ya nada fue lo mismo para mí en aquella Urbanización. Hasta entonces era una especie de refugio y centro de alegría. Ese lugar era, sí, mi condado, y yo su conde. Mi centro de recreo. El lugar más amado por mí. El paraíso hecho realidad por unos meses. Pero aquel verano, (con la gente alborotada, encandilada por la especulación económica y las temperaturas insoportables), me sentí ajeno a su influjo como nunca antes lo había hecho. Tampoco terminé de conectar con mis amigos como normalmente lo hacía. Y consideré seriamente volver a América -donde, al fin y al cabo, he acabado viviendo- pues ya no sentía mi corazón latir al ritmo de aquellos parajes a los que veía disolverse en un absurdo fatal. Pues aunque para mí a los pocos días, el tema estaba cerrado, el escándalo provocado por mi altercado con el socorrista había removido las entrañas de muchas personas que se habían enfrentado en discusiones que llegarían a extremos intolerables durante el transcurso del mes de agosto y había sacado a la luz además de determinados trapos sucios, todo tipo de rivalidades, envidias y confrontaciones  entre ciertos miembros de la Urbanización que se encontraban hasta entonces en penumbra. Las consecuencias no se hicieron esperar. El Füher, por ejemplo, sería destituido de su cargo en una Asamblea porque se pensaba que deseaba enriquecerse con cierto negocio inmobiliario del que se beneficiaría por ser presidente de nuestro espacio. Y varias personas dejaron de ir a su restaurante. El socorrista fue despedido y sustituido por otro. Antonia y Antonio comenzaron a pensar seriamente en comprar un apartamento en otro lugar. Muchos vecinos dejaron de hablarse. Y yo, dentro de lo que cabe, sobreviví a mi manera en parte porque el destino quiso que conociera a una amable y risueña argentina con la que pasé gran parte de mi tiempo, intentando relativizar los estúpidos hechos acontecidos y mi sentimiento de extranjería entre los muros de mi patria. Eso sí, del juicio no me libré.

El socorrista se presentó en el juzgado con vendas en la cara exagerando la herida producida. Y mintió vilmente. Dijo que el conflicto conmigo había comenzado a principios del verano (cuando yo me encontraba en América del sur) y que, por tanto, mi puñetazo era consecuencia del odio que sentía hacia él. Por lo que solicitaba indemnización. En fin. No pude reprimir una sonrisa cuando escuché esto. ¿Cómo no si me encontraba frente a la mediocridad y estupidez supinas en carne viva? Y opté por disfrutar del carnaval sin darle más importancia. Cuando me tomaron declaración dije algo así como que me daba vergüenza en lo que se estaba transformando España y que la vida de verdad estaba en otros lugares y tras callar por orden de la jueza que me preguntó si yo había golpeado a aquel muchacho, respondí afirmativamente y me fui de allí orgulloso de mi mismo por no tener que recurrir a mentiras ni argucias de este tipo. Aunque esto no evitara que, meses más tarde, tuviera que pagar los 400 euros que me hicieron desembolsar por haber perdido el control de mi mismo.

En fin. Días después del juicio y contemplando desde mi piso en el edificio de Bellavista a Paco el jardinero, sentí asco y angustia. Como si él fuera el responsable del exilio interior que sentía en ese recinto tan amado por mí; él me hubiera hecho pasar de conde a lacayo por sus malas artes y perfidia, su brutal ignorancia y temperamento de muerto. Y decidí que de esta absurda experiencia

crearía un libro que me daría en el futuro mucho de lo que había perdido e inmortalizaría para siempre la traición del asqueroso conserje en sus páginas. Una novela que iría dedicada también a esos seres que mienten en juicios y se desenvuelven por la vida como si fueran ratas o comadrejas que comencé a las pocas semanas. Cuando tuve un sueño en el que me encontraba en un inmenso parque a Paco el jardinero (cuyo rostro era ahora monstruoso) sacándonos la lengua a mi madre y a mí. Moviéndola como si fuera una serpiente. Antes de arrojarme una piedra que conforme se acercaba a mi cabeza se iba tornando de color árido y olía a estiercol como todo aquello de lo que se ocupaba este hombre.

Al despertarme, escribí en mi ordenador estas imágenes y me sumergí en un texto en el que desahogué toda la rabia contenida describiendo a este ser con palabras e insultos que jamás hasta entonces había usado y urdí, planteé una situación concreta que con los meses desarrollaría: la lucha entre un conde y un jardinero por hacerse con el poder de una localidad (que en la realidad era Bellavista) pero en la ficción pasó a desdoblarse en una especie de castillo medieval. Un texto que, ahora sí, entra en su recta final y del que poco a poco -tras muchas modificaciones y correcciones- me he comenzado a sentir orgulloso. Sobre todo, porque llegó un momento en que se me fue de las manos, tomó vida propia y ya apenas hace mención a la situación real de la que surgió. A la que por motivos que se me escapan quería hacer referencia hoy. Tal vez porque antes de poner el fin a un libro es bueno volver al principio, el origen. Y porque  expresar aquí la rocambolesca historia que la originó, probablemente actúe como un boomerang. Me permita agarrar el impulso definitivo para cerrarla definitivamente y que cuando la vuelva a abrir, en el plazo de unos meses, se encuentre encuadernada con las pastas de la editorial mexicana a la que la enviaré. En donde confío que quede inmortalizada para siempre y jamás. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 Un viaje de mil leguas comienza con un paso

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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