El origen del mal

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Quisiera haber terminado ya El jardinero pero diversas circunstancias me han hecho alargar su finalización que, de todas formas, no ha de retardarse demasiado, ya que dentro de unas horas, me introduciré de nuevo entre sus páginas para terminar de pulirlo. Como suelo ser muy disciplinado, estoy tranquilo a este respecto. Entiendo que si la vida transcurre con normalidad, cumpliré mi plan de trabajo. Y probablemente tenga finalizada la novela esta Navidad. Por lo que siento que es un buen momento para hablar de cómo surgió el texto.

Venía yo de un viaje muy intenso a través de Chile, Bolivia y Perú tras dos meses de excesos en Argentina. Deseaba descansar junto a mi familia pero el cambio de horario, el viaje de avión, la intensidad con la que había vivido los últimos días más la asfixiante ola de calor que envolvía a España durante el estío del 2003, no me dejaron hacerlo como hubiera querido. Al llegar a Bellavista, una alocada, extrema urbanización situada en La Manga del Mar Menor donde había pasado la mayor parte de mis veranos, no podía dejar de moverme en la cama e incapaz de conciliar el sueño, rememorar todo lo experimentado en el extranjero. La temperatura era agobiante y ni siquiera la brisa marina podía atenuarla un poco. Mi alma, sí, estaba removida y revuelta aunque, no obstante, confiaba restablecerme en unos pocos días.

En cualquier caso, desde luego, que no esperaba lo que sucedió la mañana siguiente. Pues al bajar a la piscina, el socorrista se me acercó y con brusquedad y muy mala educación me gritó que apagara el cigarrillo que con tanto gusto estaba saboreando después de tantas aventuras. Soy una persona bastante pacífica. Si puedo evitar una pelea, lo hago. Me gusta la armonía. Las masoterapistas que me tratan en México dicen que padezco de ciertas molestias en el hígado porque no suelo exteriorizar mis enfados. Pero en aquellos momentos, acaso por el calor, estar adaptándome todavía a mi país o la agresividad del socorrista, me sentí aturdido (además, la norma que prohibía fumar en las piscinas se acababa de implantar y yo la desconocía) y solté mi puño derecho en dirección a la cabeza de aquel funcionario con tan mala suerte que, al golpearlo ligeramente, mi codo contactó en una de sus cejas de la que comenzó a brotar sangre.

Probablemente, de no haber aparecido aquel líquido espeso y rojizo, todo este asunto hubiera quedado en una pequeña trifulca sin mucha importancia pero esa fue la excusa perfecta para que aquel muchacho actuara. De hecho, no tardó más de unos minutos en dirigirse indignado hacia el presidente de la Urbanización. Otra casualidad en mi contra porque resulta que el comandante de aquel paraíso playero, Paco o el Führer (así lo llamaban muchos) era una persona con un carácter muy fuerte (que muchas veces, desembocaba en violencia). Respetado y temido, regentaba con mano firme, como si se tratara de un cuartel y los camareros fueran soldados, un restaurante, la pizzeria Bei Paco, que había sido de los primeros en instalarse en La Manga.

Lo cierto es que yo nunca me había llevado bien con él. Mis desencuentros con ese señor se remontaban a mis primeros años de vida. Para los niños de allí, era un ogro. Lo más parecido al hombre del saco. Muchas veces corrimos despavoridos porque le molestaba que jugáramos en las inmediaciones de su pizzería y nunca podré olvidar aquella tarde en que, tras un partido de fútbol, me acerqué sudoroso a su local, le pedí un vaso de agua y me miró fija y profundamente como si hubiera cometido un crimen o le estuviera solicitando que me dejara acostarme con su mujer. Tanto es así que me fui de aquel restaurante sin probar el agua que, tras largos minutos de espera, me ofreció por temor a que estuviera envenenada. Pues, ¿qué podía esperarse de aquel ser atormentado, sin paz consigo mismo?  Cuentan, por ejemplo, que en una ocasión, unos muchachos le echaron ketchup a una de sus paellas e, indignado, los echó de su local por haberse atrevido a cometer tamaña afrenta culinaria. Y que una noche en la que unos visitantes saltaron la verja de la piscina y se bañaron borrachos en ella, delicadamente agarró por el cuello a uno de ellos y estrelló su cabeza contra la pared. Algo que acaso hubiera hecho sin dudar conmigo en determinadas ocasiones como aquella en la que, situado en la puerta de su local, empecé a corear los regates de Diego Armando Maradona a los alemanes en la final del Mundial 86 (aprovechando de paso para indirectamente sugerirle que era un nazi) de no ser yo lo suficientemente hábil como para, tras una larga carrera por la playa, ser capaz de despistar a sus hijos

No hay que ser muy inteligente para entender que, teniendo en cuenta estos antecedentes, yo estaba perdido y si algo podía salir mal, lo haría. El Führer Paco, desde luego, no perdió el tiempo en escucharme y se puso de parte del socorrista. De hecho, en vez de contribuir a calmar los ánimos, decidió llamar a la Guardia Civil para que se personasen en la Urbanización y tomasen nota de la denuncia que el muchacho herido exigía levantar. Algo que precipitó todo el sainete que ocurrió a continuación. Porque en el restaurante se encontraban Antonia y Antonio, los padres de mi amigo Tinin, con quienes me unía una gran amistad y afecto.  Por lo que cuando constataron que a los sheriffs del lugar no se les ocurría otra forma de solventar esta cuestión que recurrir a la autoridad, comenzaron a gritar y a expresar su descontento. Lo que provocó un jaleo enorme que no terminó hasta que llegaron tres agentes de la guardia civil para comunicarme que se me iba a denunciar.

Obviamente, quedé muy agradecido con Antonio y Antonia pero también muy dolido por el suceso. Y sobre todo, sorprendido por el comportamiento de otra persona, el conserje de la Urbanización que actúo, en mi opinión, como una comadreja. Una repugnante rata. Algo que no me esperaba porque siempre me había llevado bien con él aunque mundos de distancia nos separaban. Pues era un hombre simple, sin apenas estudios, apegado a su trabajo de jardinero, su familia, el fútbol y los vinos. Lo que no era obstáculo para que, en determinados momentos, hubiéramos reído juntos, me comunicara con él jocosamente cuando pudiera y le tuviera cierto aprecio y afecto. Por lo que en absoluto pensaba que, como un perro con el rabo entre las piernas, en vez de intentar comprender qué había sucedido (que no era tan grave), siguiera al pie de la letra los dictados de su amo el Füher como si no tuviera voluntad propia e incluso para congraciarse con él, tal y como me comunicaron Antonio y Antonia, gastara bromas a mi costa entre trago y trago a distintos vasos de cerveza.

Seré sincero. No sé realmente bien qué ocurrió aquel día pero ya nada fue lo mismo para mí en aquella Urbanización. Hasta entonces era una especie de refugio y centro de alegría. Ese lugar era, sí, mi condado, y yo su conde. Mi centro de recreo. El paraíso hecho realidad por unos meses. Pero aquel verano, (con la gente además alborotada por la especulación económica y las temperaturas insoportables), me sentí ajeno allí como nunca antes lo había hecho. Tampoco terminé de conectar con mis amigos como normalmente lo hacía. Y consideré seriamente volver a América -donde, al fin y al cabo, he acabado viviendo- pues ya no sentía mi corazón latir al ritmo de aquellos parajes. Además, aunque para mí a los pocos días, el tema quedó cerrado, el escándalo provocado por mi altercado con el socorrista sacó a la luz determinados trapos sucios y produjo todo tipo de discusiones y confrontaciones entre muchos de los miembros de la Urbanización. Las consecuencias no se hicieron esperar. El Füher sería destituido de su cargo en una Asamblea porque se le acusó de desear enriquecerse con cierto negocio inmobiliario del que se beneficiaría debido a su cargo y varias personas dejaron de ir para siempre a su restaurante. El socorrista fue despedido y sustituido por otro. Antonia y Antonio comenzaron a pensar seriamente en comprar un apartamento en otro lugar. Muchos vecinos dejaron de hablarse. Y yo, dentro de lo que cabe, sobreviví gracias a que el destino quiso que conociera a una amable y risueña argentina con la que pasé mi tiempo, intentando relativizar mi sentimiento de extranjería entre los muros de mi patria. Eso sí, del juicio no me libré.

El socorrista se presentó en el juzgado con vendas en la cara y el brazo, exagerando la herida producida, y mintió vilmente. Dijo que nuestro conflicto había comenzado a principios del verano (cuando yo me encontraba por aquel entonces en América del sur) y que, por tanto, mi puñetazo era consecuencia del odio que sentía hacia él. Por lo que solicitaba indemnización. Sinceramente, no pude reprimir una sonrisa al escucharlo. ¿Cómo hacerlo si me encontraba frente a la mediocridad y estupidez supinas en carne viva? Y opté por disfrutar del carnaval sin darle más importancia. Cuando me tomaron declaración dije algo así como que me daba vergüenza en lo que se estaba transformando España, que la vida verdadera se encontraba en otros lugares, ratifiqué que había golpeado al socorrista y me fui de allí orgulloso de mi mismo por no tener que recurrir a mentiras ni argucias de ningún tipo. Aunque esto no evitara que, meses más tarde, tuviera que pagar los 400 euros que me habían condenado a pagar.

En fin, días después del juicio y contemplando desde mi piso al vil jardinero de nuestra Urbanización, sentí asco y angustia. Como si él fuera el responsable de mi exilio interior y me hubiera hecho pasar de conde a lacayo debido a sus malas artes y su brutal ignorancia. Y decidí que de esta absurda experiencia crearía un libro que inmortalizaría para siempre la traición de aquel canalla en sus páginas. Una novela que iría dedicada también a esos seres que mienten en juicios y se desenvuelven por la vida como si fueran ratas o comadrejas, que comencé a escribir, a las pocas semanas, tras despertarme de un sueño con la frente sudorosa. En aquella pesadilla me encontraba yo en un inmenso parque a el jardinero (cuyo rostro era ahora monstruoso) sacándonos la lengua a mi madre y a mí. Moviéndola como si fuera una serpiente. Y cuando menos lo esperaba, me arrojaba una piedra que conforme se acercaba a mi cabeza se iba tornando de color árido.

Días después, escribí estas imágenes y me sumergí en una novela en la que desahogué toda la rabia contenida, describiendo a este señor con palabras e insultos que jamás hasta entonces había usado y planteé una situación concreta que con los meses desarrollaría: la lucha entre un conde y un jardinero por hacerse con el poder de una localidad que en la realidad era Bellavista pero en la ficción pasó a desdoblarse en una especie de castillo medieval. Un texto que, ahora sí, entra en su recta final y del que poco a poco -tras muchas modificaciones y correcciones- me he comenzado a sentir contento. Sobre todo, porque llegó un momento en que se me fue de las manos, tomó vida propia y ya apenas recuerda a la situación real de la que surgió. A la que deseaba hacer referencia hoy, tal vez porque antes de poner el fin a un libro es bueno volver al principio, el origen. Y porque  dejar por escrito la rocambolesca historia que precipitó su nacimiento, probablemente actúe como un boomerang. Me permita agarrar el impulso definitivo para cerrarlo definitivamente y que quede definitivamente inmortalizado para siempre y jamás. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 Un viaje de mil leguas comienza con un paso

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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