El oscuro

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Llegará el día en que explique cómo conocí a don Flavio en Sierra Espuña (Murcia) y aquel encuentro cambió mi destino. Hoy únicamente hablaré de una parte de lo que sucedió el pasado fin de semana en su rancho. Tras un suave y sabroso temazcali de tres horas y una muy leve ingesta de peyote, nos reunimos los participantes de la ceremonia en torno al fuego y comenzamos a trabajar distintas problemáticas. Como he dejado entrever, los asuntos íntimos, personales los relataré en otra ocasión. Por lo que ahora únicamente me interesa hacer referencia a una parte del ritual. En concreto, aquella que tuvo que ver con la literatura. La presentación al fuego de los dos libros que he estado corrigiendo en México en los últimos meses: La risa oscura y El jardinero.

Se trata, en estos casos, de mostrar los frutos de nuestro trabajo a los dioses y preguntarle a los guardianes de los cuatro rumbos si nuestras creaciones están listas para ser entregadas al mundo y habrá buena ventura. A este respecto, no puedo evitar acordarme de lo que me indicó una mujer argentina entre copas de alcohol, horas antes de emprender un inolvidable viaje a la Patagonia. Me comentó que, una vez escrito El profeta, Khalil Gibram lo guardó durante años, siguiendo el consejo de su madre, quien le había indicado que el mundo todavía no estaba preparado para leerlo. Esto, obviamente, suena muy presuntuoso. Lo reconozco. Pero la prudencia del gran poeta me parece un gesto muy sabio por su parte ya que, como muestran los casos de artistas destrozados por las drogas o el éxito prematuro, puede ocurrir que los escritores no se encuentren lo suficientemente equilibrados para dar a conocer su obra o que su libro necesite ser corregido así como un sin fin de múltiples circunstancias que sería conveniente tener en cuenta antes de presentarlo en público. En fin. Volviendo al tema central, la dinámica de este ritual fue la siguiente: en el círculo de fuego, los integrantes le pedían su consejo a los dioses y estos hablaban y dictaban sentencia mientras el chamán (en este caso, don Flavio) canalizaba la energía y hacía llegar las respuestas.

En lo que se refiere al dictamen de La risa oscura, tanto los dioses del norte como los del este y el oeste callaron. Un silencio brutal se hizo entre ellos y mis preguntas, como si distintos obstáculos se impusieran en el camino. Y los del sur se mostraban un tanto airados y no mostraban excesivo entusiasmo por el mismo. Según me dijeron a través de uno de mis compañeros, el problema radicaba en mi manera de enfocar el asunto de los ancestros del escritor Mario Bellatin. El protagonista de esta especie de novela o ensayo. Es de todos conocido que la infancia del hacedor de Jacobo el mutante fue dura. Bicho raro incomprendido, lastrado por una educación de raigambre fascista y católica, el vacío y el miedo marcaron sus relaciones familiares. Mujeres opresivas, antepasados afines al Duce, atisbos de autismo, burlas y desprecio cercaron al escritor que vivió su vocación literaria como una maldición. Una especie de acto prohibido que sus familiares veían con reparos y dolor que lo incapacitaba para la vida.

bellatin-2Basta compartir unos minutos con Mario Bellatin para constatar que tiene a fuego, marcada en la piel, la herencia de estos antepasados y las traumáticas experiencias vividas durante su niñez. Incapaz de relajarse, maquinando sin cesar sobre cualquier asunto, buscando los puntos débiles de quienes le rodean, a veces considerándose superior al resto de mortales (y no digo ya escritores), no creo que este hombre sea feliz. En absoluto. Realmente, no puedo concebir que tenga mayor paz que la de sus horas diarias dedicadas a la escritura. Razón por la que supongo que consagra el mayor tiempo posible a esta actividad. De todas formas, no quiero dar pie a confusiones. No es que Bellatin sea, exactamente, un ser torturado; más bien es  un perverso que vive y se alimenta de sus neurosis y se aprovecha de ellas para crear (lo que me parece genial) pero también para golpear a todos aquellos que se aproximen a él, con los que no tenga una relación mutua de interés (lo que, como se comprenderá, pone de manifiesto las debilidades que tanto énfasis pone en ocultar o, más bien, disimular).

La lista de las víctimas personales de este artista empieza a no caber en un cuaderno. Y no creo que sea fruto de la casualidad. He visto conversaciones en facebook suyas que muestran por sí solas aquello que indico. A la mayoría de los integrantes de un curso que hicimos con él en una visita a Murcia, es preferible no mencionarles su nombre. Lo detestan. Y algunos buenos amigos y conocidos profesores y escritores mexicanos tienen muy claro que la más inteligente actitud con él no es otra que la de la indiferencia, el trato cuanto más distante mejor. Sobre todo, porque obviarlo e ignorarlo, ayuda en cierto modo, a poner de manifiesto cuál es la mayor víctima de su temerario comportamiento: él mismo. Algo que se encargará de mostrar el paso del tiempo, más allá del auge actual de su narrativa o lo que él intente sutilmente dar a entender.

Tal vez por su carácter provocador, me comentaron los integrantes del círculo de fuego, no había sabido yo ni podido respetar, como era debido a sus ancestros en La risa oscura. O al menos, no había dado a sus apariciones, el tono y carácter adecuado. Intentaré explicar en qué sentido. Me comentaron que, en realidad, el libro también hablaba de mí (lo cual es cierto pues muchos de las novelas y series televisivas que cito como las favoritas de Bellatin, en realidad, son las mías y algunas de las experiencias que le hago pasar, me sucedieron a mí). Y en el sentido en que Mario Bellatin no era el único protagonista sino que también lo era Alejandro Hermosilla debía intentar modificar al menos este aspecto del texto, pues tal vez en el plazo de veinte o treinta años, el reclamo del mismo podía ser yo y no Mario Bellatin. ¿Quién me aseguraba por ejemplo que no seríamos los dos el motivo por el que alguien se acercara al texto como es el caso del ensayo de Canetti sobre Kafka, me sugería un muchacho bastante leído en mis oídos mientras el resto de personas entonaba un mantra? ¿Tenía alguna certeza de ello? ¿Por qué me minusvaloraba cuando nadie ahí tenía dudas de que tal vez tarde, dentro todavía de bastantes años pero mi triunfo en la literatura, aunque tuviera que superar cientos de obstáculos y mareas, estaba escrito en el viento? ¿Y aunque esto no fuera así por qué añadir más horror al caos y no una gota de armonía?

mario-bellatinUna vez entendido esto, me hicieron comprender que hablar de los ancestros de este artista, (un tema tan delicado y personal), era también hacerlo de los míos. Y si bien sería conveniente que el libro mantuviese el tono oscuro, tampoco lo desmejoraría incluir ciertas secuencias o detalles a través de las que constatar cómo el autor de ese intenso texto llamado Disecado (¿acaso el mejor de los suyos?) a pesar de caer en excesos, finalmente, había conseguido imponerse a su herencia familiar y trascenderla. Más que nada porque esto también significaría que yo podía conseguirlo. Y, en cierto sentido, me pondría en paz (íntima y silenciosa) con los abuelos, padres, tíos de un hombre que me mirarían silenciosos desde otro lugar pero complacidos porque sus vidas sirvieron para algo. Además de que mi escritura los ayudaría a redimirse, redimiéndome a la vez a mí. Algo lógico pues, en realidad, todos somos seres humanos y el amor es el tesoro oculto que se esconde en el arte. Amor cegado o errado, en algún caso, pero amor al fin y al cabo. Razón por la que no es tan bueno dejarnos llevar por la ira al crear (aunque hacerlo ayude a calmarla o atenuarla) y es conveniente revisar las obras, sí, desde la impulsividad pero también la conciencia.

En definitiva, si consigo terminar de dotar de un carácter trascendente y supramundano a la vida de Bellatin en el libro, los dioses del sur se sentirán satisfechos. Por lo que comenzaré en breve a mejorar estos detalles. Más aún, teniendo en cuenta que cuando pusimos en el fuego El jardinero, Flavio me dijo que sería conveniente ocuparme del la novela sobre Bellatin ahora y pulir definitivamente el violento relato del conde a mi vuelta a México donde me esperará otro ritual: coyotes, venados, tigres y ardillas corriendo en torno a seres humanos en constante mutación, cactus, desiertos, y visiones más allá de los cielos.

En cualquier caso, he de reconocer que me resulta dificultoso, ahora que estoy en España, realizar estos cambios. Pero cuando regrese al país azteca en unas pocas semanas, sé que encontraré con la mayor brevedad el ritmo para poder hacerlo. Siento un poco de tristeza porque estaba absolutamente obsesionado con El jardinero, y deseaba terminarlo pronto, pero entiendo que todo tiene un orden. Por lo que, sí, me inclino a seguir este consejo. Al fin y al cabo, ¿no es cierto que muchas de las razones de nuestra decadencia actual encuentran su razón de ser en nuestro alejamiento de la naturaleza y los espíritus? No seré yo, por tanto, quien desoiga sus dictados. Más aún, entendiendo que necesito, paso a paso, lentamente, a mi ritmo, continuar purificándome, caminando peldaños y descorriendo cortinas para que El libro del padre sea una bella realidad un día. Y ya no tenga que pedir más consejos al fuego y don Flavio porque, como sugirieron los hongos allí en Huautla de Jiménez, hace ya cuatro veranos, todos los libros que escriba después de ese tremendo, escalofriante diálogo con mi padre suicidado, se encontrarán bendecidos para siempre y jamás. Shalam

وهذا ضرب من الجنون

La crueldad es la fuerza de los cobardes

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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