El sádico

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Soy de los que piensan que los escritores deben destruirse a sí mismos. Ser verdugos de su propia obra. No pueden ser compasivos. No pueden ser víctimas. Deben ser sus peores críticos. Tienen que ser sádicos. Aniquiladores. No han de tener compasión. Han de aspirar a convertirse en su más encarnizado enemigo y rival.

Pondré un ejemplo. Trabajo actualmente en un manuscrito que ha llegado a alcanzar 350 páginas. Estaba más o menos satisfecho aunque he de reconocer que últimamente sufría al intentar pulirlo y terminarlo y generalmente, me acostaba abatido. Deprimido. Con una conciencia absoluta de fracaso e inanidad por no poder transmitir aquello que deseaba. Y sobre todo, darle la forma adecuada.

Había pasajes, escenas, capítulos a los que había dedicado horas y horas varios meses atrás que no funcionaban. Había personajes que no servían cuyo aspecto había cuidadosamente pensado durante días que obstaculizaban mi prosa. Lo escrito era bueno pero no lo suficientemente bueno. Era interesante pero no fluía con la violencia e intensidad con que debía de hacerlo. Y creo que, de no tener la concepción que poseo de la escritura, hubiera dejado esas escenas allí. No hubiera querido perderlas. Y las hubiera ido corrigiendo y remozando hasta darles un aspecto más o menos logrado. Pero sinceramente, (y al decir esto no puedo evitar sentir dolor por algún personaje en concreto) estorbaban. No servían para nada. Habían cumplido su función que era tal vez llevarme a otros territorios. Ponerme en marcha. Y finalmente, acabé con más cien páginas sin piedad y cambié totalmente el inicio del libro y gran parte de su desarrollo. Y debo reconocer que el resultado es mucho mejor. Básicamente porque ahora es la novela la que me dice donde debo ir y no soy yo quien la conduzco sino quien la interpreto. Son “otros” los que han tomado las riendas.

Si hubiera sido yo más joven, creo que me hubiera empeñado en mantener ese borrador que, a pesar de haber sido corregido varias veces, no funcionaba como debía hacerlo. Hubiera luchado desesperadamente por no perder el resultado de tantas horas de trabajo. Sin entender que todas esas horas y todo lo escrito allí no son la obra (que es lo que solía creer yo a mis 20 años) sino que son el camino que irremediablemente hay que hacer para penetrar en los círculos de fuego. En los círculos de la noche. Y entonces sí poder escuchar con atención aquello que los muertos desean decirnos y transcribirlo al papel. Shalam 

لأرق يحول الجنة إلى مكان للتعذيبا

El insomnio convierte el paraíso en un lugar de tortura

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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