Góngora y Quevedo

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No suelo entrar en discusiones desde hace años porque creo que se han convertido en un arte cuyas reglas de cortesía prácticamente ya nadie respeta. Los debates enriquecedores son un fantasma del pasado. Pura nostalgia. Una práctica decorativa o arcaica como la esgrima o la artesanía. Una remembranza culta a Grecia y Roma pronunciada con prisas en el metro o por un profesor en una cátedra universitaria. De hecho, se han transformado en confrontaciones. Guerras. Un motivo como otro para hacer imperar la regla y ley del más fuerte. Por lo general, durante su transcurso, nadie escucha. Lo que se busca es aplastar al rival. Machacarlo. En gran medida, se han convertido en un intercambio continuo de “zascas”. Lo contrario a un diálogo enriquecedor.  Porque las palabras se utilizan como puñales, la inteligencia como veneno y los pensamientos como balas.

Por eso hace ya un tiempo que me juré no participar en ninguno. Intento escuchar al “otro” y si no me convence o lo percibo muy tenso, inmediatamente le doy la razón y punto a no ser que, directamente, el tema sea muy personal o me toque muy profundamente. Algo que también he intentado llevar a rajatabla en facebook. Mi muro lo utilizo para colgar mis averías y ahora para promocionar El jardinero y ya.

 

Ayer, por ejemplo, estuve tentado a participar en una conversación que se abrió en el muro de Javier Moreno. Es obvio que la mayoría de amigos del escritor murciano son razonables y contenidos y lo más lógico es que no hubieran reaccionado salvajemente a mis comentarios pero preferí no hacerlo. Como he dicho, intento en lo posible intervenir mínimamente en muros ajenos. Prefiero pronunciarme en avería.

Javier hacía alusión a un reciente artículo de Alberto Olmos en el que ridiculizaba un libro de Agustín Fernández de Mallo, Teoría de la basura, citando una de sus complejas frases y contraponiéndolo a otro texto mucho más comprensible y claro, El rastro, de Andrés Trapiello. Como en esos momentos, se encontraba leyendo el delicioso (e inclasificable) ensayo de Marcus y Giraldez recién publicado por la editorial Jekyll & Jill en el que se establece (a grandes rasgos) una confrontación entre la literatura de vanguardia y “difícil” y la clásica y sencilla, Javier se preguntaba extrañado si, en este caso, Olmos no estaría jugando el papel que Jonathan Franzen lleva a cabo en este texto. Es decir; el de apostol de la literatura convencional y el clasicismo. De sacerdote de una literatura clara y tersa en la que no hay nombre sin su adjetivo ni párrafo que no puedan comprender niños y ancianos frente a esa otra literatura que muchas veces es exclusivamente refugio de especialistas o letraheridos. De viciosos de la palabra escrita capaces de salivar tanto con un caligrama de Apollinaire como con un trueno de Lautreamont que además, están convencidos de que el arte del futuro será experimental o no será.

En fin, yo creo que a Olmos hay que leerlo (prácticamente siempre) entre líneas. Creo que básicamente lo que deseaba decir es que, en ocasiones, la vanguardia tiende a caer en excesos caricaturescos. Simplemente. Y que no estaría de más que sus acérrimos defensores pensaran de tanto en tanto en el lector sin que esto implique rendición o una menor fuerza expresiva o de contenido. El mismo Hans Magnus Enzensberger publicó un enjundioso texto hace años advirtiendo de los peligros de la vanguardia. De cómo suele -haciendo honor a su nombre- acabar transformada en una organización militar y aburrido pasatiempo por la obsesión y ceguera de sus prosélitos con las leyes de la experimentación.

Creo, sí, que simplemente Olmos estaba avisando de los peligros (y ridículos) de ciertos refritos e ideales artísticos. A estas alturas, además, no creo que Mallo venda un libro menos o pierda lectores por cualquier diatriba o capricho de Olmos. Mallo ya tiene un nombre. Ya es un sello. Un pasaporte. Uno de nuestros escasos clásicos modernos. De esos que forjan puentes entre Cela y Greenaway. Entre Delibes y DeLillo. Por lo que Malherido sabía que se podía perfectamente permitir esta licencia y como, al fin y al cabo, se labró su reputación y fama a través de la polémica y la heterodoxia, no dudó en realizar uno de sus revoltosas carantoñas. Una de esas lúcidas travesuras que tienden a descolocar tanto a sus seguidores como a sus críticos puesto que no se sabe si son advertencias, puñetazos o consejos de colega. Si están dichas con total seriedad o con la risa entre los dientes. Como desplantes o como serias reflexiones.

En cualquier caso, yo no le daría más importancia. Olmos conquistó la atención de su público quemándose a lo bonzo. Destrozando ciertas novelas que para la crítica convencional eran intocables. Iglesias. Riéndose con ingenio de señores que aparecían en pose seria en periódicos y revistas y en lo más alto de las listas literarias de fin de año. Y, realmente, no es un articulista. Es un escritor. No emite opiniones sino visiones y problemas. Hay que interpretarlo, por tanto, y no citarlo.

Él mismo es el claro ejemplo de un autor que empezó siendo incendiario y buscaba transformar los órdenes tradicionales artísticos en cada frase y cuando pasó a ser conocido y a escribir en un periódico de ámbito nacional, tuvo que aprender a refrenar su prosa corrosiva, atenuar su tendencia al exabrupto y matizar ciertas ideas. Se vio obligado, sí, a pensar no tanto en hacer estallar el arte literario sino en ser comprendido por los lectores. Esa palabra tan recurrente y maldita, temor y bendición de cualquier escritor que, en gran medida, es la responsable de la división entre apocalípticos e integrados en el mundo de la literatura. Los que venden libros y los que los regalan. Los que destruyen el lenguaje y los que lo cepillan. Los suicidas y los que desean dejar herencia a sus hijos. Los que dan la mano a todos sus colegas y los que desearían asesinarlos. Los que son admirados y los que viven envidiando. Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

Ningún hombre sabio quiso nunca ser joven

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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