Jardinero

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Es llamativa y sintomática la ligereza con la que solemos opinar sobre los asuntos de los demás y aconsejarles aunque tengamos un conocimiento muy superficial del tema tratado.

Pondré como muestra un ejemplo. Volvía yo este junio de Madrid en un BlaBlaCar, mis compañeros de viaje se interesaron por El jardinero y, aunque no me apetecía hablar demasiado, les comenté por educación tanto el argumento de la novela como los episodios reales que la habían generado además de llevar a cabo una somera descripción de la personalidad del rufián en el que me había inspirado para crearla. Tras esta explicación, respiré varias veces y me dispuse a disfrutar de mi viaje en silencio y en paz. Pero sorprendentemente, tanto el conductor como los pasajeros comenzaron a indicarme que no les parecía bien cómo había yo resuelto vitalmente esta historia. Aseguraban que debía yo realizar otro libro en el que me reconciliara con aquel gañán. Que faltaba una nueva parte de la novela en la que conde y jardinero se abrazaran y olvidaran sus rencores.

Obviamente, maldije la hora en que había hablado y guardé silencio no sin antes darles muchas gracias por sus amables consejos. Pero no se detuvieron aquí sino que siguieron exprimiendo la anécdota y asegurando que tenía yo un problema interno no resuelto. Que la novela no me había ayudado personalmente y nada sería más junto que reconciliarse con el vil gusano. Tanto insistieron que finalmente, les di la razón, a pesar de que les repetí una y otra vez que era un estafador. Un hecho al que ellos no le daban importancia pues pensaban que cualquiera de mis consideraciones hacia este señor era producto y resultado de mi odio interior. Por lo que finalmente, opté por inmolarme allí mismo reconociendo mis culpas y creo que hasta hubiera besado al jardinero de tenerlo delante. Todo para que esos maravillosos seres me dejaran en paz. Algo realmente difícil pues incluso cuando me despedía de ellos me recordaron mis deberes existenciales hacia el vil traidor. ¿Es necesario añadir algo al respecto?

Lo cierto es que, pocos días después de este viaje, volví a tener problemas con el jardinero. Debido al fallecimiento de mi madre y a que mi tía deseaba vender su casa y garaje de La Manga, tuve que ocuparme de las propiedades que ambas tenían delegadas en él. Y no tardé demasiado en descubrir que estaba alquilando la plaza de mi tía al doble de la cantidad de dinero acordado. Más allá de esto, cuando le comuniqué que tenía un comprador para ese espacio, se puso a gritarme exclamando que no se debía vender hasta que llegara septiembre para no perder su negocio. Algo parecido a lo que ocurrió con la cochera de mi madre. Durante años, estuvo engañándola, aprovechándose de que era una persona mayor, no vivía allí y que lo menos que deseaba eran problemas. Y cuando lo descubrí, se negó a darme el teléfono de las personas que introducían sus coches en el estacionamiento y a gritar furioso mientras profería todo tipo de insultos como si yo fuera el delincuente y no él. Afortunadamente, actué con inteligencia. No fue fácil porque incluso tuve que hacer el amago de llamar a la Guardia Cívil pero todas esas propiedades o bien han quedado vendidas (siempre tras batallar con él) o soy yo al fin el que las controla entendiéndome directamente con los inquilinos.

Obviamente, el jardinero no ha quedado satisfecho. Hace unos días, le comunicó a un vecino que era yo un sinvergüenza. Un hombre sin escrúpulos y sin palabra que era fácil de tumbar de un puñetazo. Una mala persona que no podía traer más que miseria y odio allí donde aparecía. Como se comprenderá, estoy pensando seriamente en buscarle y darle un abrazo. En reconciliarme con él. Y más tarde, llamar a mis compañeros de Blablacar y contarles emocionado la anécdota. Agradeciéndoles sus consejos y de paso, felicitarles por lo agudos que fueron. Lo bien que analizaron la situación y al personaje. Si hago una segunda parte del libro, desde luego, irá dedicada a todos ellos. Shalam 

الشيخوخة ليست سيئة للغاية عندما تفكر في البديل

Envejecer no es tan malo cuando se piensa en la alternativa

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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