La guerra del fuego

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A lo largo de mi vida, he podido constatar que la mayoría de libros que uno escribe generalmente lo conducen por caminos que ellos eligen o deciden. Uno no maneja un automóvil para conocer un territorio. Se introduce en el vehículo porque aquel paraje desea que lo conozcamos. Y será él quien decida cómo presentarse o las situaciones que atravesaremos para que lo describamos tal y como necesita que hagamos. Por lo que si inicio una exploración sobre un tema me suele preocupar si llegará a buen puerto y me inclino a preguntarme si debo hacerla, si no surgen o aparecen cierto tipo de informaciones, casualidades o señales a través de las que se me revela que debo proseguir con la nueva aventura. Y superar las dificultades sean las que sean estas. En mi tercer viaje a Buenos Aires, por ejemplo, decidí vivir en el barrio de La Boca, en la calle Aristóbulo del Valle, porque me encontraría muy cerca de La Bombonera. El estadio de fútbol del equipo, Boca Juniors, sobre el que estaba escribiendo ese carnavalesco texto que es La Bosteriada. En realidad, esa novela era únicamente un complemento al motivo principal por el que me encontraba en Argentina: mi ensayo sobre la obra de Ernesto Sábato. Pero la pasión por el fútbol me llevó allí. Lo que no sabía yo sin embargo es que, a su manera, el destino y el libro sobre el escritor de El túnel estaban ejerciendo su influencia en esta decisión. Me explico. Años después, mientras vivía en Francia, y hacía la cuarta o quinta relectura de ese difícil y hermoso, épico texto que es Sobre héroes y tumbas, me cercioré de un detalle que me había pasado desapercibido hasta entonces: que Martín, el personaje principal de la novela, vivía allí. En el barrio de la Boca. No sé si exactamente en la calle donde yo lo había hecho (tendría que volver al libro) pero acaso a no más de 300 metros. Y fue entonces que me di cuenta de que, más allá de mi voluntad, había sido la obra de Sábato en su conjunto, sin que yo lo supiera, la que había ido guiando muchas de mis decisiones. No en vano aquel relato sobre la atormentada Alejandra y una diabólica secta de ciegos finalizaba con la marcha del joven muchacho, Martín, a la Patagonia en busca de una experiencia liberadora que yo había tenido también en aquellos maravillosos, mágicos parajes a los que me había dirigido, empero, no tanto siguiendo (creía yo) el espíritu de Sábato sino el rastro del fabuloso texto, En la patagonia, de Bruce Chatwin.

Otro momento muy revelador referente a un libro mío sucedió en una fiesta organizada por la editorial Sexto Piso en Xalapa. Allí se encontraba Mario Bellatin sobre el que me encontraba terminando de hilvanar la novela, La risa oscura. Y todo transcurría con normalidad hasta que, por efecto de las drogas y el alcohol, nos desmadramos un poco, comenzamos a bailar y, en un momento determinado, vi al escritor mexicano actuando y comportándose tal y como yo lo había descrito en una escena de mi texto unos años antes. Lo que me hizo cerciorarme de que el proyecto iba por el camino indicado y pensar si no sería acaso esa editorial que realizaba aquella celebración, la más adecuada para publicar y dar a conocer el texto. También fue muy importante, durante la realización del ensayo Sergio Pitol: las máscaras del viajero, un sueño que tuve con Sergio Pitol en el que me veía conversando junto a sus padres, abuelos y familiares como si fueran mis hermanos. Esto me hizo tomar confianza para llamarlo y pedirle una mágica cita en su casa de Xalapa, llena de momentos reveladores, donde tras preguntarme adónde iría el día después, le comuniqué que al Tajín. A lo que él respondió sugiriéndome que me dirigiera hacia Huatusco, el lugar en que pasó sus primeros años de vida y se instalaron sus ascendientes, donde finalmente decidí encaminar mis pasos. Y, desde luego, no me arrepentiría pues la gran sorpresa fue que al llegar a esa entrañable población, mientras miraba fijamente la puerta de una casa que indicaba que en ese espacio pasaba consulta un doctor con apellido Pitol, me encontré con una mujer que me preguntó qué deseaba y a quién buscaba que resultó ser la sobrina del genial escritor y me llevó en su camioneta a conocer las tierras donde Sergio se crió y viven actualmente un gran número de sus parientes; que resultaron ser tan encantadores como Pitol lo es.

De todas formas, a veces no tienen porqué ser necesariamente signos muy ostentosos o símbolos excesivamente significativos, los que me hagan saber que camino por el sendero adecuado. Basta por ejemplo, con una mínima coincidencia para entenderlo. Sobre todo, cuando se encuentra uno en los albores de un nuevo proyecto. Pues, según mi experiencia, hasta que no me encuentro en fase de finalización del libro, no suelen  aparecer las grandes revelaciones. No llego a saber por qué fue que la vida deseaba que uno acometiera esa empresa. Algo que, por otra parte, supongo que uno nunca terminará de conocer del todo.

Refiero esto porque ayer, tras muchos años, me decidí a ver la adaptación cinematográfica que Jean Jacques Arnaud realizó de  La guerra del fuego, la novela de H.J.Rosny Ainé. Y desde luego que la disfruté mucho. Aunque debo confesar que su impacto en mí no fue inmediato. De hecho, tal vez por mi excesivo espíritu crítico, cuando la veía, le ponía algún reparo. Pero horas después, al acordarme de ella, me llegó un sabor sumamente agradable y me descubrí rememorando imágenes memorables y determinadas escenas que me parecían ahora deliciosas. Algo lógico porque el mero de hecho de atreverse a acometer esta empresa, narrar una historia sucedida 800.000 años atrás, ya merece todos mis aplausos y además, es justo reconocer que la realización es muy notable y tiene determinados momentos que rayan la genialidad. En cualquier caso, tal vez porque lentamente estoy comenzando a escribir mi ensayo de ciencia-ficción, me llamó mucho la atención ante todo, una escena que me pareció fascinante. Aquella en la que, justo tras haber recibido un ataque por otra tribu más fuerte, los tres miembros más aguerridos de la tribu Ulhamr parten en busca de una llama de fuego y se les observa caminar durante un tiempo entre montañas y accidentes naturales hasta su fortuito encuentro con un león que depara momentos entrañables.

Contemplando esa escena. Observando a los tres Ulhamr caminar por una tierra sin edificios, pasajes publicitarios ni nada parecido. Un tiempo en el que una casa era una cueva, el agua se bebía del río o la lluvia, no se sabía hacer fuego y el único automóvil eran nuestros pies, sentí vértigo. Y fascinación. La sensación de encontrarme frente a un mundo que no era nuestro planeta. Como si la tierra fuera un lugar desconocido. Y los tres hombres primitivos que caminasen a través de ella fueran astronautas o alienígenas. Lo que me hizo interiorizar algo que, en cierto modo, durante estas semanas he ido calibrando como es que el género de la ciencia ficción es el que más próximo está al origen de la humanidad. El más fiel en recoger y transmitir la sensación de misterio, asombro, miedo y expectación que tuvieron que tener los primeros habitantes de nuestro planeta. Pues el origen y el fin se encuentran conectados por un tejido secreto así como el pasado remoto (que desconocemos) y el futuro lejano (que también desconocemos). Aspecto este que entendió perfectamente Stanley  Kubrick en su célebre adaptación de la novela de Arthur C. Clarke, 2001: una odisea del espacio, donde, más allá del monolito, el origen y el futuro más distantes se unían en una epopeya que igualaba el descubrimiento de nuestro mundo al de planetas remotos. Mostrándonos que el desafío y la aventura continúan allí y, como el misterio de la vida, nunca terminaremos por agotarlas.
Algo que no terminó de entender ni desarrollar Brian de Palma en su meritoria Misión a Marte cuyo final (esos marcianos creadores del ser humano soltando una lágrima porque hemos sido capaces de reencontrarnos con ellos) invalida  muchos de los presupuestos que la película había sostenido e indagado con valentía e interés. Pues al contrario que en Solaris o en la odisea narrada por Kubrick (que insinuaba todo a partir de la abstracción) se nos ofrece una respuesta concreta a la intriga sobre el futuro del hombre que cierra, de algún modo, un tema cuyo único componente, en realidad,  es el enigma y el misterio que, en el caso de la película de Jean Jaques Arnaud, (¿sería correcto denominarla ciencia ficción sobre nuestros orígenes?) queda intacto.

¿Me estoy explicando bien? Pienso que sí pero de no hacerlo, me parece que bastaría con colocar juntas dos fotografías, las de un astronauta y un hombre primitivo para terminar de aclarar muchos conceptos. Y entender mejor esta comparación puesto que, en esencia, el miedo y los sentimientos que arrastran ambos tras de sí es muy similar. Al igual que los desafíos que enfrentan. La vida en su más amplio concepto.

No sabía si escribir hoy en referencia a estos temas  que van dando vueltas en mi cabeza últimamente porque los visualizaba más como paranoias mías que como verdades pero lo he hecho porque, tras recordar ayer una de las imágenes de la película de Arnaud, quise saber más sobre la historia. Comenzar a hacerla mía. Y, tras comprar el libro de  H.J.Rosny Ainé e investigar sobre este autor, cuál no sería mi sorpresa al comprobar que, en realidad, él y su hermano (que firmaron juntos muchos libros) son unos de los pioneros de la ciencia-ficción junto a Julio  Verne o H.G.Wells. Una de esas casualidades que sin ser todavía trascendentes o definitorias me indica que debo seguir adelante con mi ensayo sobre este género; me confirma que quien se refiere al futuro, también lo está haciendo al origen. Y que la novela de ciencia ficción, en esencia, es metafísica. Como la película y probablemente el libro de Ainé -que acabo de comenzar- donde, por otra parte, queda bien reflejado que la civilización además de ser creada para sobrevivir a los peligros de este mundo también lo fue, tal y como refleja nuestra suicida actitud apocalíptica actual,  para vengarse contra la naturaleza; contra todos aquellos obstáculos que en los albores de la humanidad, nos encontramos en el planeta para desarrollar nuestra vida con un mínimo de previsibilidad o normalidad (que los tres miembros de la tribu Ulhamr se verán obligados a superar).

Creo, en definitiva, que empiezo ahora a entender los motivos por los que me gustaría realizar este ensayo. Probablemente porque al ser la ciencia-ficción un género donde todo es posible y se encuentra permitido (desde ratones que hablan hasta seres con la piel violeta) transitarlo nos hace ser más conscientes de los límites de la raza humana. Dónde estamos en verdad situados y quiénes somos. Porque es un género tan estimulante como relativizador dado que no permite que nos estanquemos en un estado y, desde luego, en ningún caso, que nos creamos que hemos llegado a un máximo absoluto de conocimiento, de conciencia o que somos la raza elegida. Y todos estos condicionantes y (supuestas) limitaciones terminan por mostrarnos lo ilimitados  que somos: hasta dónde podríamos llegar y cuál es nuestro horizonte sin dejar de darnos pistas e indicios sobre nuestro origen. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Si te caes siete veces, levántate ocho

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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