La guerra del fuego

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A lo largo de mi vida, he podido constatar que la mayoría de libros que he escrito me han conducido por caminos que ellos elegían o decidían. Uno no maneja un automóvil para conocer un territorio. Se introduce en el vehículo porque un paraje o lugar desea que lo conozcamos. Y será él quien decida tanto la forma de presentarse ante nosotros como las situaciones que atravesaremos y experiencias que tendremos que vivir para que lo describamos tal y como desea que hagamos. Durante mi tercera estancia en Buenos Aires, por ejemplo, decidí alquilar una casa en el barrio de La Boca, en concreto en la calle Aristóbulo del Valle, porque viviendo allí, me encontraría muy cerca de La Bombonera. El estadio de fútbol del equipo, Boca Juniors, sobre el que estaba escribiendo una épica y carnavalesca novela: La Bosteriada. En realidad, ese texto era únicamente un complemento al motivo principal por el que me encontraba en Argentina: la realización de una tesis sobre la obra de Ernesto Sábato. Pero la pasión por el equipo azul y oro me hizo anteponer el fútbol a la literatura. Lo que no sabía yo sin embargo es que, a su manera, una fuerza secreta estaba ejerciendo su influencia en esta decisión. Intentaré explicarme. Años después, mientras vivía en Francia, y realizaba la enésima relectura de la épica Sobre héroes y tumbas, me dí cuenta, asombrado, de un detalle que me había pasado desapercibido hasta entonces: que Martín, el personaje principal de la novela, vivía precisamente allí donde yo lo había hecho. En el barrio de la Boca. No sé si exactamente en la calle donde yo había residido (tendría que volver al libro) pero acaso a no más de 300 metros. Detalle que me hizo comprender que, más allá de mi voluntad, había sido la obra de Sábato en su conjunto sin que yo lo supiera, la que había ido guiando muchas de mis decisiones durante mi estancia en Argentina. No era la primera vez que me ocurría esto, de hecho, con Sobre héroes y tumbas. En noviembre del 2012 partí de viaje hacia la Patagonia siguiendo el rastro del fabuloso texto que Bruce Chatwin dedicara a esta exuberante región de Argentina. Allí donde iba, intentaba reconocer paisajes descritos por el escritor inglés o preguntaba a los autóctonos por el libro. Para mí, Patagonia y Chatwin eran palabras sinónimas. Pero cuál sería mi sorpresa cuando, tiempo después de haber efectuado este mágico viaje, constaté que, precisamente, la novela de Sábato finalizaba con la marcha del joven muchacho, Martín, al sur del país argentino en busca de una experiencia liberadora que, en cierto modo, yo había conseguido experimentar semanas antes en aquellos maravillosos, mágicos parajes.

Otro momento muy revelador referente a otro de los libros que realicé, ocurrió durante una fiesta organizada por la editorial Sexto Piso en Xalapa. Allí se encontraba Mario Bellatin. Escritor sobre el que me encontraba terminando de hilvanar la novela La risa oscura. La celebración transcurría con normalidad hasta que, por efecto de las drogas y el alcohol, la mayoría de asistentes comenzaron a desinhibirse y bailar. Y el consiguiente desenfreno produjo que, en un momento determinado, el escritor mexicano se comportara tal y como yo lo había descrito en una escena de mi texto meses antes. Circunstancia que me hizo cerciorarme de que tanto el retrato como el análisis psicológico que había llevado a cabo del cyborg mexicano, había sido el adecuado. También fue muy importante durante la realización del ensayo Sergio Pitol: las máscaras del viajero, un sueño que tuve con Sergio Pitol. En aquella alucinación nocturna, yo conversaba con los padres, abuelos y familiares del escritor mexicano como si fueran mis hermanos. Sentía familiaridad y agradecimiento por parte de todos ellos. Y gracias a estos sentimientos amorosos que me llegaban del más allá, me llené de la confianza que me faltaba para llamar por teléfono a Pitol y agendar una cita en su casa de Xalapa. Un encuentro lleno de momentos reveladores y mágicos durante el que Sergio me preguntó dónde me dirigiría el día después. A lo que yo respondí que estaba pensando en ir al Tajín. No pareció muy contento no obstante, el escritor de mi elección porque, rápidamente, me sugirió que fuera hacia Huatusco, el pueblo donde había pasado sus primeros años de vida y se instalaron sus ascendientes. Y hacia allí finalmente encaminé mis pasos. Decisión de la que no me arrepentiría pues al poco de llegar a esa entrañable población, mientras miraba fijamente un cartel indicando que en esa casa pasaba consulta un doctor con apellido Pitol, trabé conversación con una mujer que resultó ser la sobrina del genial escritor. Quien, tras hacer saber que yo era un estudioso de la obra de su tío, no dudó en llevarme en su camioneta a conocer los hermosos parajes en los que Sergio se crió, donde viven actualmente un gran número de sus parientes, que resultaron ser tan encantadores, amables y receptivos como él lo es.

De todas formas, a veces no tienen que ser necesariamente signos muy ostentosos o símbolos excesivamente significativos, los que me hagan comprender que camino por el sendero adecuado. Basta por ejemplo, con una mínima coincidencia para entenderlo. Sobre todo, cuando me encuentro en los albores de un nuevo proyecto. Pues, según mi experiencia, hasta que no estoy en fase de finalización del libro, no suelen aparecer las grandes revelaciones. No llego a saber las razones por las que la vida deseaba que acometiera esa empresa. Algo que, por otra parte, supongo que nunca se termina de conocer del todo.

Refiero esto porque llevo varias semanas pensando en comenzar a hilvanar un ensayo sobre ciencia ficción. Y ayer, tras muchos años, me decidí a ver la adaptación cinematográfica que Jean Jacques Arnaud realizó de  La guerra del fuego, la novela de H.J.Rosny Ainé. Una película que por el mero de hecho de atreverse a narrar una historia sucedida 800.000 años atrás merece todos mis aplausos, donde aparece una escena que encontré fascinante. Aquella en la que, justo tras haber recibido un ataque por otra tribu más fuerte, los tres miembros más aguerridos de la tribu Ulhamr parten en busca de una llama de fuego y los observamos caminando durante un tiempo considerable entre montañas y accidentes naturales hasta su fortuito encuentro con un león.

Contemplando esa escena, observando el peregrinaje de los tres Ulhamr por parajes sin edificios ni pasajes publicitarios -pues la película se desarrolla en un tiempo en el que una casa era una cueva, el agua potable procedía del río o la lluvia y el único automóvil eran nuestros pies- sentí vértigo y fascinación. Tuve la sensación de que la Tierra era un planeta desconocido y los tres hombres primitivos que caminaban por su superficie, eran astronautas o alienígenas. Lo que me hizo volver a insistir en un pensamiento que ha sido bastante recurrente en mí durante los últimos días: que el género de la ciencia ficción es el más fiel en recoger y transmitir la sensación de misterio, asombro, miedo y expectación que tuvieron que tener los primeros habitantes de nuestro planeta. Pues el origen y el fin se encuentran conectados por un tejido secreto como también lo están el pasado remoto que desconocemos y el futuro lejano. Aspecto este que entendió perfectamente Stanley Kubrick en su célebre adaptación de la novela de Arthur C. Clarke, 2001: una odisea del espacio, donde el origen y el futuro de la humanidad se unían en una epopeya que igualaba el descubrimiento de nuestro mundo al de planetas remotos. Algo que no terminó de entender ni desarrollar Brian de Palma en su meritoria Misión a Marte cuyo final (esos marcianos soltando una lágrima porque los seres humanos hemos sido capaces de reencontrarnos con ellos) invalida muchos de los presupuestos que la película indagaba con valentía. Pues, al contrario que en Solaris o en la odisea narrada por Kubrick  -obras que insinuaban todo a partir de la abstracción- se nos ofrece una respuesta concreta a la intriga sobre el origen y destino del hombre que pretende cerrar, de algún modo, un tema marcado por el misterio que, en el caso de la película de Jean Jaques Arnaud, (¿sería correcto clasificarla como un filme de ciencia ficción sobre nuestros orígenes?) permanece intacto.

¿Me estoy explicando bien? Pienso que sí pero de no hacerlo, me parece que bastaría con colocar juntas dos fotografías de un astronauta y un hombre primitivo para terminar de aclarar estas ideas. Y entender mejor la comparación puesto que, en esencia, el miedo y los sentimientos de ambos así como los desafíos que enfrentan, son muy similares.

No sabía hoy, en cualquier caso, si escribir sobre estos temas que van dando vueltas en mi cabeza de tanto en tanto pero finalmente, me he decidido a hacerlo, porque tras comprar el libro de H.J.Rosny Ainé e investigar sobre este autor, cuál no sería mi sorpresa al comprobar que, en realidad, él y su hermano (que firmaron juntos muchos libros) son dos de los autores pioneros de la ciencia-ficción junto a Julio Verne o H.G.Wells. Una de esas casualidades que sin ser todavía trascendentes me indica que tal vez deba emplearme a fondo en el futuro para realizar mi ensayo sobre este género. Pues me confirma que la mayoría de creadores obsesionados con el porvernir de la humanidad, también lo están con su origen. Y que la novela de ciencia ficción, en esencia, es metafísica. De hecho, el libro de Ainé deja muy claro que la civilización además de ser creada para sobrevivir a los peligros de este mundo también lo fue, tal y como refleja nuestra suicida actitud apocalíptica actual, para vengarse contra la naturaleza; contra todos aquellos obstáculos que en los albores de la humanidad no permitían que desarrolláramos nuestra vida con un mínimo de previsibilidad o normalidad.


Creo, en definitiva que empiezo a entender mejor los motivos por los que me gustaría realizar ese ensayo. Probablemente, porque al ser la ciencia-ficción un género donde todo es posible y se encuentra permitido (desde ratones que hablan hasta seres con la piel violeta) ocuparnos de él, nos hace ser más conscientes de los límites de la raza humana. Dónde estamos en verdad situados y quiénes somos. Creo, de hecho, que la ciencia ficción es un género, ante todo, relativizador puesto que no permite, en ningún caso, que nos creamos que hemos llegado a un máximo absoluto de conocimiento, de conciencia o que somos la raza elegida. Y es gracias a todos estos condicionantes que logra mostrarnos lo ilimitados que somos: hasta dónde podríamos llegar y cuál es nuestro horizonte sin dejar de darnos pistas e indicios sobre nuestro origen. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Si te caes siete veces, levántate ocho

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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