La quema de la bruja

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Mis sensaciones sobre la presentación de ayer en Alcantarilla son agridulces. Por un lado, el presentador, Pedro Pujante, estuvo sobrio y muy acertado. Su visión del libro y su saber estar me parecieron espectaculares y los agradezco mucho. También adoré encontrarme con amigos de mi infancia y otros de mi juventud y desde luego que amé el lugar donde se celebró el acto. La organización también muy bien. Pero, sin embargo, siento que no pude conectar con unos pocos asistentes que no conocían mi escritura y que, dado mis dificultades para explicarla, probablemente no terminaron de comprender mi propuesta. Obviamente, ya cuento con esto. De la incomprensión nace la tensión, a veces la rabia, y otras la genialidad. Pero, en este caso, creo que brotó cierta impotencia que, no obstante, eso sí, no puede opacar lo alegre que me siento porque, de una manera u otra, continúo dedicándome a lo que más amo en el mundo. Aquello que da sentido a cualquier vida: el arte.

En fin, sin más, dejo aquí el texto compuesto para esta nueva presentación que, como es habitual, se entremezcla con partes de los escritos para otras. He de decir, eso sí, que es el que menos me gusta de los tres que he urdido hasta ahora para las presentaciones realizadas de Bruja. Pero dado que, de alguna forma, avería es, entre otras muchas cosas, una forma de dejar testimonio de este tipo de actos volátiles, he decidido colgarlo. Ahí va:

“El día 24 de mayo del año del 1816, el espíritu del escritor Alejandro Hermosilla realizó una de sus presentaciones de libros más extrañas. Por lo general, aquel artista con alma de hechicero solía quemar sus propios libros delante de los presentes, untarlos con su sangre o despedazarlos en ollas revueltas de agua caliente llenas de víboras y mierda. Pero aquella noche de primavera, el espíritu de Alejandro Hermosilla actuó de manera diferente. Se dirigió a un cementerio, encendió tres velas y un candelabro y comenzó a hablar al vacío. Probablemente, porque se encontraba en la villa de Alcantarilla o como la bautizaron los musulmanes durante los siglos en los que en todas las puertas y comercios del pueblo se escuchaban narraciones de Las 1001 noches, Al-quantara, -“la ciudad del puente pequeño”-.

Es bien sabido que, durante el año 1816, esta localidad se encontraba devastada por una epidemia de peste que había acabado con la mitad de su población, dejando un reguero de muertos y pestilencia abrumadores. Un ambiente de insana decadencia que había embargado a la antaño hermosa colonia árabe de mayor tristeza aún que cuando fue destrozada por los sanguinolentos cristianos en batallas impiadosas en las que los adoradores del Corán eran colgados sobre cruces donde sus huesos eran calcinados y alargados sin piedad como si Cristo fuera un dios vengativo.

La contaminación y los alaridos de dolor, por tanto, invadían las más robustas fortificaciones, provocando amplios sufrimientos en el espíritu de Alejandro Hermosilla que había pasado muchos días de su infancia y juventud entre sus muros. Y, de hecho, durante los últimos días, había contemplado las ruinas desde el torreón de un castillo demolido, mientras recordaba sus juegos, rivalidades y paseos junto a varios amigos de los que ahora apenas intuía sus huesos calcinados en medio de un paisaje totalmente devastado.

Exactamente, para el espíritu de Alejandro Hermosilla, Alcantarilla siempre había sido un pueblo especial. Una balsa de calor y arena por la que se sentía atraído morbosamente puesto que en sus calles y subterráneos había penetrado en secretos arcanos que en su ciudad  natal, Cartagena, apenas intuía a través de la lectura de libros antiguos. Es bien sabido, por ejemplo, que en las proximidades de lo que fue la Casa del Santo Oficio de la Inquisición -más conocida con el nombre de las Cayitas- quien se agache y mantenga sus oídos pegados al suelo durante varios minutos, puede escuchar gritos de hombres y mujeres acusados impunemente de traiciones, superchería y robo por los rojos sacerdotes pertenecientes a la Inquisición.

El espíritu de Alejandro Hermosilla había realizado este y otros muchos actos más. A través de la ferretería de los comerciantes Guillamón, por ejemplo, penetró una tarde en un pequeño sótano donde encontró vestidos negros de otras épocas. En lo que había sido una zapatería gigantesca en la que varios soldados sobrevivieron sin tomar agua ni alimento alguno durante guerras infames, sintió que los brazos de una mujer resbalaban por su cuello, preguntando desconsoladamente por su hija. Varitas de magos y chaquetas oscuras fueron apareciendo en las habitaciones donde dormía cuando decidía pernoctar en aquella villa. Y una mañana en la que vagabundeaba por la huerta de sus alrededores, halló un traje de bruja negro en sus pies mientras se escuchaba una melodía espectral: “La, la, la, la, la, la, la”.

Por tanto, Alcantarilla se convirtió pronto para Alejandro en un umbral que ponía en contacto muertos y vivos y otros tiempos, como si la localidad hubiera sido creada por varios conjuros contenidos en el libro Necronomicón. Y era lógico que apareciera en la novela que se decidió a presentar la tarde-noche del 24 de mayo del 1816 frente un nutrido grupo de espíritus muertos: Bruja. Una novela que había sido escrita con rabia, casi con saña y era parecida al pico de un cuervo, a un confuso sueño del Marqués de Sade o a una melodía escuchada al revés de Ludwig Van Beethoven.

Alejandro Hermosilla escribía en ella como un artista expresionista insomne. Realizaba comparaciones entre tiempos distantes y personajes aparentemente opuestos provocando una sensación de extrañeza y alejamiento que le permitía profundizar en la psicología de una hechicera que vivía en un sótano lleno de instrumentos de tortura. Una gruta velada por jardineros y poetas que se comportaban como bestias y agredían con cuchillos a quien osara decirles que sus poemas, cualquiera de sus versos, eran una auténtica basura. Y que, por tanto, merecían ser arrojados a la hoguera por haberlos escrito.

En cualquier caso, abrumado al contemplar la ciudad de Alcantarilla demolida, el espíritu de Alejandro Hermosilla, perdido y sin esperanza, comenzó a dejarse ir entre los muertos. Dialogar con ellos. Y decidió quemar su novela Bruja leyendo una a una sus páginas envuelto en un círculo de fuego mientras recitaba con voz dulce y clara las primeras palabras del libro: “Zoh-nuhf-ron-son-juhuz-go-say-loh-tan-run-kah-luhtz-kah-dos-suh-gohj-zoh-buh-ran-zon-roh-ruh-ee-toh-nahts-pub-suh-chol-guh-ran-ah-toh-mah-luh-dahs-zijomouk-sobet-noilm-za-vaxo-quehai-abamo-noqueto-nayi-cosai-luram-thepasotoi-zijaronai-flux-lurtha-mugei-yxze-ich-ysahohiroreth-bin-antqueus-damian-azatoth-onr”.

Ocurrió entonces que, conforme el espíritu de Alejandro Hermosilla leía las palabras mágicas, los conjuros extraídos viejos libros de hechicería, aquel vestido de bruja que había contemplado una mañana en el bosque, se le apareció otra vez. Pero, en esta ocasión, se movía, parecía estar vivo y lo perseguía. De hecho, pretendía pegarse a su cuerpo como si deseara poseerlo. Y tras lograrlo, el espíritu de Alejandro Hermosilla pasó a ser controlado por una mujer que gritaba como loca entre el sonido de incontrolables martillazos: “No renuncio a Satanás”.

Palabras que marcaron el final de una transmigración porque Alicia Hermosilla se había apoderado del alma de Alejandro Hermosilla  Su vestido de bruja se había unido a él, como si estuviera atravesando el otro lado del espejo, y finalmente, Alejandro Hermosilla había mutado en Alicia Hermosilla.

Una bruja que comenzó a gritar a todos los habitantes del pueblo de Alcantarilla: “Me asesinasteis pero no os bastó con esto. Al contrario, celebráis mi muerte cada año y volvéis a quemarme. Os solicité piedad pero no la tuvisteis. Pero yo os digo que nada podréis hacer contra mí. Intentad violarme y seré libre. Asesinarme y seré libre. Deseo la muerte al destierro, la violencia al reposo, el sexo al amor y el fuego del odio al de la misericordia. Soy multitud de vaginas infernales siendo incineradas. La destrucción de los niños derruidos y de la esperanza. Porque yo, únicamente y solamente yo, soy una bruja. La bruja que al mirarse en el espejo pervierte sus reflejos. La bruja que desciende sobre el cuerpo de las adolescentes obligándoles a masturbarse. Y la bruja que desearía destrozar la literatura para que el mundo de las palabras se acabara para siempre y llegara al fin el de las sensaciones. Montones de orgasmos vibrando en el fondo de cuerpos sin cerebro”.

Frases soñolientas y ensangrentadas que le permitieron comprender a los escasos restos del espíritu de Alejandro Hermosilla que aún quedaban con conciencia a qué respondía su interés oscuro por el pueblo de Alcantarilla puesto que las compuertas que separaban el mundo de los vivos del de los muertos se habían roto definitivamente. Y la muchacha quemada viva que un día fue, volvía a renacer perseguida, eso sí, por carceleros que la obligaban a caminar como un perro a través de casas derruidas y viscosas por las que resonaban martillazos que anunciaban el fin de los tiempos mezclándose con los aullidos de seres monstruosos que gritaban con ánimo sanguilonento “Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu”, como si un gigantesco vestido de bruja estuviera siendo desvelado, ocultando el cielo y la tierra. Y, en definitiva, la hechicera Alicia Hermosilla no tuviera otra posibilidad que la de volver a rememorar una y otra vez la noche en la que había sido quemada siglos atrás en Alcantarilla debido a la intolerancia de hombres que levantaban cruces donde empalarla ante sonrientes gobernadores y políticos.

Un ritual que anunciaba el futuro nihilismo. Un tiempo de destrucción, miseria y contaminación marcado por las pesadillas. El tiempo del capitalismo. La época del horror y el odio infinitos. Una futura era donde cada día habría un nuevo asesinato y robo, los jóvenes se endeudarían y arruinarían con diabólica facilidad, habría constantes separaciones entre parejas y la contaminación sustituiría a la peste. Un porvernir sugerido por los tétricos cánticos de Alicia Hermosilla que volvían a escucharse por toda la villa, como si en vez de encontrarse triste por encontrarse ardiendo en llamas de nuevo, estuviera inmensamente feliz, sabedora de que su sacrificio, en realidad, no era más que el preludio de un sinfín de innumerables sufrimientos para la humanidad en su conjunto: “La, la, la,la, la, la, la, la, la, la”. Shalam

 الاِنْسان عدو ما يجْهل

         Una mano y un pie no aplauden juntos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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