Las combinaciones del ruido

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Aunque no parezca posible, cuando mezclo varios discos a la vez, suelo descubrir detalles de cada uno de ellos que me hubieran pasado desapercibidos de oírlos por separado. Un hecho que explico debido a que las combinaciones de sonido vuelven relevantes ciertos aspectos sonoros que no lo parecen en el transcurso de una audición “simple”. Y probablemente me invitan a poner más de mi parte para captar determinados pasajes a los que, mientras escucho la obra de manera tradicional, no presto importancia alguna puesto que acuden a mis oídos con una facilidad y sencillez que no me exige ningún esfuerzo y, por lo general, tampoco me recompensa de forma especial. En realidad, este método de escucha me parece muy útil para revivir discos que consideraba agotados. Hay algunos en mi caso como por ejemplo los de Animal Collective o Tortoise que, de tanto haberlos transitado, han perdido gran parte de la gracia e interés que poseen. Y basta combinarlos con alguna sinfonía de Stockhausen o Schoenberg, acaso alguno de los temas compuestos por Bowie y Eno en su etapa berlinesa, para que vuelvan a darme satisfacción como antaño, revelándome las posibilidades infinitas del sonido.

En fin, quisiera dejar hoy testimonio de la última de las mezclas con las que he proseguido escribiendo Ruido del arte. En esta ocasión, la mixtura es bastante diabólica y sugerente que es, en gran medida, lo que busco al escribir.

Se trata, en definitiva, de combinar la banda sonora de Popol Vuh para el Nosferatu de Herzog con la violenta y, por momentos, tierna, sentida recreación de este mito diabólico realizada por John Zorn e ir añadiéndole temas de Tilt o Drift de Scott Walker y esperar a ver lo que resulta de allí. Probablemente será por lo menos interesante y me atrevería a decir que según en qué momentos, estremecedor. Sensación que es al fin y al cabo, la que deseo que me atrape al adentrarme en una obra de arte. Pues gracias a ella, me siento capaz de penetrar en las heridas de los seres humanos, rastrear su conciencia y deslizarme por los peligros de la escritura sin miedo a caer o a los sobresaltos. Ya que a día de hoy, concibo el trabajo artístico como un acto furioso y violento. Símbolo del viento que viene y va, aturdiendo mis sentidos al igual que los acordes que fluyen sin cesar de los discos de John Zorn, Popol Vuh y Scott Walker. Shalam.

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Le pedí a dios todo para gozar la vida y él me dio la vida para gozarlo todo.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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