Manuscrito

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Termino ahora de releer por enésima vez el manuscrito de Bruja antes de entregárselo definitivamente a los editores. ¿Qué es lo que he querido hacer en esta novela? Un castillo de palabras que refleje en la medida de lo posible el alma femenina. Sus contradicciones, deseos, ambiciones y debilidades. Obviamente que de forma extrema porque la protagonista es una bruja que es todas las brujas. Una mujer cuyo espíritu se disuelve y extiende por varias épocas pero vive su destino final en una sola: la Norteamérica de Nathaniel Hawthorne. La de Salem y Arkham. La imaginaria y la real. Aquella que aparecía continuamente en los sueños rotos de H.P. Lovecraft y continúa llenando de destellos negros el alma de los ciudadanos de una nación envenenada por el apego al dinero donde el demonio encuentra el hábitat ideal para desarrollarse.

Como ya ha de haber quedado claro, H.P. Lovecraft también aparece en Bruja. Pero tal vez no con la intensidad con la que lo hacía en Martillo. Lovecraft está presente y mucho. Pero ahora más como un testigo, una efigie cuya sombra vela la novela, que como un componente esencial de la misma. El Necronomicon, en concreto, es aquí apenas un eco de voces entre otras voces y el recuerdo de Abdul Alzhared aparece totalmente opacado, sumergido entre las múltiples referencias que, como hilos de araña, se ciernen sobre el espíritu siniestro de la bruja.

También el influjo árabe ha quedado muy reducido respecto a Martillo. Apenas diversos guiños por aquí y por allá y las constantes alusiones a Las 1001 noches nos lo recuerdan. Y se diría que si aparece es para establecer una línea de proyección que conecte la Norteamérica de Hawthorne con la Sodoma y Gomorra oriental: Ubar. Además de para poner de manifiesto la perversidad con la que el capitalismo lee o interpreta el mundo árabigo y acostumbra a condenarlo sin tener en cuenta sus logros culturales.

Por otra parte, diversos personajes históricos y cuentos infantiles son quemados metafóricamente en el libro. Aunque, ante todo, obviamente, los anhelos de paz de una melancólica hechicera que es tanto víctima como culpable. Azote, arma y tierra destrozada. Y es, en cierto modo, una metáfora del feminismo contemporáneo. Un movimiento que aparece entre brumas en los pliegues del vestido de bruja arrugado en el que finalmente se convierte la novela.

Quiero aclarar que en Bruja apenas hay acción. Existen sí, decenas de descripciones y rememoraciones. Recuerdos cayendo como pliegues en un texto preciosista y maldito. Porque Bruja es un libro malévolo lleno de colores difuminados y texturas oscuras.  Es  una novela para ser leída sobre un acantilado. En medio de una casa derruida, un lienzo romántico o tal vez en los jardines de un palacio.

Bruja, sí, no cuenta nada. Es un libro basado en los aspectos decorativos y poéticos de la narrativa. Si Martillo era el retrato de un alma masculina, Bruja lo es de la femenina. Y por eso es detallista. Un enorme abalorio de metáforas. Un gigantesco collar de perlas narrativo. Una mirada al pasado y, sobre todo, al futuro de los relatos infantiles. Ese mundo donde las brujas no son ni poderosas ni contrahechas ni malvadas. Son simplemente mujeres. Lienzos colocados en habitaciones abiertas como una vagina infernal. Shalam 

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

A un ser humano no se le conoce bien, hasta que no se le reviste de un gran poder

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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