Martillos poblanos

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Ayer presenté Martillo en la Universidad Lasalle de Puebla (México) y, como de costumbre, realicé un texto especial para este evento, que dejo a continuación:

Hace varios años, una tarde de octubre en la ciudad de Puebla de los Ángeles, ocurrió que, enfundado en una túnica blanca y con aspecto sano y desenvuelto, el árabe Alejandro Hermosilla comenzó a hablar frente al grupo de hermanos beduinos que lo rodeaban. Por supuesto, inició su discurso confesando su odio hacia los españoles. Esos chacales y lobos que, hacía no demasiado tiempo, lo habían expulsado a él y a sus descendientes del reino de Al-Andalus. Les habían ultrajado en batallas asesinas tras cuya celebración, se levantaron hogueras donde fueron quemados cientos de libros santos, tratados sufíes y viejas recopilaciones de cuentos orientales. Místicos poemas dedicados a consagrar las virtudes del canto y la oración.

Los españoles, les dijo Alejandro el árabe a sus hermanos de fe, son aves de rapiña. Seres maleducados que desprecian el té, no entienden las sutilezas de la geometría y abusan de la espada y el alcohol. Matarían al miembro de su familia que no les permitiera festejar, perder la cabeza entre vino y toros y loas a esos santos que adoran, cuya mirada asusta. Pues sus violentos ojos se asemejan a los de un guerrero y no a los de un reposado señor. Y sus dientes se parecen a los de los murciélagos que velan las tumbas de hombres malditos. Héroes muertos a los que honran, aunque al expirar no hubieran osado reconocer la grandeza de Alá.

De todas formas, pronto, muy pronto, el árido discurso de el árabe Alejandro se tornó más triste. Probablemente, porque la hermosa sala del palacio donde lo estaba hilvanando, se hallaba decorada con finos azulejos de Talavera. Lo que le traía recuerdos de otros tiempos. Pretéritas épocas en las que había compartido agua rociada con gotas de limón en la Península Ibérica con decenas de guerreros musulmanes. Había cabalgado a lomos de un caballo negro por las praderas de la Mancha y disfrutado de bellos atardeceres bajo las faldas de la Alhambra mientras sus labios se bañaban con el perfume de jazmín que envolvía el cuerpo de muchachas morenas cubiertas con velos de gasa verde y de mujeres pelirrojas que oraban diariamente a la Santa María. Al igual que acostumbraban a hacer, dijo el árabe Alejandro a sus hermanos, aquellas señoras que, de niñas, se introdujeron en la orden agustina y vivieron durante varias décadas, ocultas de la mirada pública y el poder, en el actual Museo Santa Mónica de la ciudad de Puebla de los Ángeles.

Precisamente, con una de aquellas inmaculadas señoritas que disfrutaron del poder de la invisibilidad por años, se había cruzado el árabe Alejandro momentos antes de introducirse en aquella sala donde se escuchaba el sonido de varias gotas cayendo calmas sobre una fuente de agua dorada. Pero como les comunicó a sus hermanos, pegando un martillazo cuyos sonidos retumbaron en lo más alto de la Medina, cuando se dirigió a interrogarla, preguntarle qué es lo que deseaba y si, realmente, estaba interesada en escuchar alguna de las historias que esa tarde contaría, la monja agustina se había desvanecido como si fuera un fantasma. Casi como un colibrí que sintiera cercana la presencia del cazador. El aroma a muerto de otros animales.

Un hecho que había provocado cierto malestar en el árabe Alejandro. Quien, por un instante, no supo si acaso se encontraba muerto y estaba purgando algún inconfesable pecado en el limbo. Algo que lo incomodaba porque él había acudido a aquella sala, después de atravesar mares y praderas, caminos agrestes, para hablar de un pequeño libro llamado Martillo que había encontrado en el desierto. Un hallazgo que, tras las derrotas en las batallas con los españoles, le había ayudado a rehacer su vida, y no había sido en absoluto fácil transportar hacia allí.

Aquel mágico texto se hallaba enterrado entre varias piedras. Oculto en un cofre dorado del que, de tanto en tanto, emergía el cántico de un ave -acaso una abubilla o una golondrina, ¿quién lo sabe?- cuyas resonancias desaparecieron en cuanto fue abierto ese arcón maravilloso de cuyo fondo se escuchaban ahora continuos martillazos. Truenos que invocaban noches de tormenta y martirios de mujeres encerradas en torreones a cuyos sonidos no prestó atención el árabe Alejandro, puesto que se encontraba embelesado de poder asir en sus manos aquel tesoro. Tanto es así que, nada más percibir el anaranjado tono de la portada de aquel libro, lo agarró y llevó a su corazón como si fuera suyo. Como si hubiera recuperado una parte de su alma perdida en otros tiempos y vidas. Un jirón raído de su espíritu que no hubiera querido, en ningún caso, que cayera en las manos equivocadas.

Y por ello, se cuidó mucho de confesar a nadie su hallazgo. Mostrar ese misterioso legajo de páginas. Hasta que una noche, en un campamento situado en las afueras de Tánger, escuchó los gritos de una madre desesperada. Su hijo lloraba y lloraba sin cesar. Comportamiento al que ninguno de sus familiares ni tampoco los médicos a los que lo llevaron, encontraban respuesta ni remedio. Provocándoles gran preocupación porque podía morir ahogado en su llanto si se distraían. Pero, informado de este hecho y conmocionado por el dolor de aquella familia, al árabe Alejandro se le ocurrió leerle unas líneas de su extraño y secreto libro Martillo al oído y, a los pocos minutos, el infante dejaba de lagrimar, le sonreía y sus padres agradecidos le ofrecían suculentos manjares y besaban sus pies como si se encontraran ante un profeta. Un Mesías capaz de derribar cualquiera de las murallas tras las que los demonios pudieran protegerse. Como el minúsculo cuerpo de un niño.

Desde entonces, tras aquella sanación maldita -les comunicó a sus hermanos árabes- se fueron propagando lentamente diversas leyendas sobre su persona. Le apodaron el samaritano y se hicieron todo tipo de conjeturas sobre sus poderes. Se le atribuía la facultad de devolver la vista a los ciegos, curar la lepra con sólo pasar su mano por la piel oscurecida y traer el gozo y la alegría a hogares arrasados por el cólera o las guerras. Pero también había quienes lo consideraban un charlatán o un endemoniado. Un maldito haragán que había realizado un pacto con el diablo para conseguir ciertos logros. Se decía, por ejemplo, que al desenterrar el libro Martillo había cometido una herejía. Porque aquella novela o tratado demónico podía ser el Necronomicón. Un ensayo escrito con su sangre por el demonio antes de ser vencido por el arcángel Gabriel en una remota ciudad enterrada bajo las arenas, conocida con el nombre Ubar. Un texto que, al parecer, poseía cifrados versos donde se hallaba el poder de comunicar con los muertos. Hacerlos revivir. Y entablar una conversación con el más allá. Y los hubo también que dijeron que aquel libro contenía la única historia que Scherezade, aquella muchacha que estuvo durante 1001 noches narrando historias al sultán para evitar que su cabeza fuera cercenada, nunca contó a su posible ejecutor. Una narración que había dejado escrita en un pergamino perseguido por manos avaras y pérfidas, ansiosas por conocer esa joya que nunca salió de sus labios. Fue enterrada en su corazón como si fuera un conjuro para hacer emerger un efrit. Un poderoso genio capaz de soportar las embestidas de todos esos monstruos procedentes del Occidente que amenazaban con acabar con el Islam, entre los que se escuchaba amenazante el nombre del dios Chulthu, que aquellos que habían podido leer fragmentos de Martillo, decían que protagonizaba la novela.

Sin embargo, allí presente, entre sus hermanos de sangre, raza y religión, Alejandro el árabe negó todas esas afirmaciones. Tras dar varias caladas al cigarrillo de opio que amasaba en sus manos nervioso, golpeó con su martillo en la mesa y sentenció que aquella novela no era ningún libro santo, milagroso ni tampoco diabólico. Bien leída, se comprendía que era en el fondo una oración. Un profundo rezo de un hombre perdido en un continente extraño. Maldecido, al igual que el viejo Edipo, por los dioses y también por los demonios. Confundido acaso por un efrit o un malandrín que, como si fuera un extraño don Quijote, le hacía creer que caminaba por tierras árabes cuando, ciertamente, lo estaba haciendo en territorios enemigos. Poblanos y mexicanos. Le hacía pensar que se hallaba en un palacio árabe cuando, en realidad, estaba en una caverna, rodeado por vampiros que deseaban robarle su manuscrito que ahora, gritando ante un pasmado auditorio que pensaba que tal vez Alejandro el árabe había enloquecido totalmente, confesaba que era suyo. Que él lo había escrito, desafiando las leyes del Corán y las férreas normas implantadas por los sultanes que prohibían a todo aquel que no fuera uncido por una orden religiosa, contar fábulas. Ficciones como la de aquella novela, Martillo, que, ahora, como si fuera un sacerdote católico hallado en pecado, afirmaba ante un conjunto de novicias procedentes del Convento de Santa Mónica, él, únicamente él, había compuesto. Sólo él. Como probaban, dijo a los allí presentes, las líneas curvas del texto manuscrito que coincidían con los rayajos en que envolvía su firma y ciertas aseveraciones que el personaje principal realizaba a lo largo del libro, similares a las que él había hecho durante toda su vida. Reflexiones sobre el desierto y la cambiante naturaleza de las cosas. La vida en los claustros y la fe de los eremitas.

Sucedió entonces que, comprobando que nadie se oponía a esta afirmación ni reclamaba la autoría de aquella cruenta novela, Alejandro el árabe levantó sus brazos en cuyas manos el libro parecía un colibrí deseoso de alzar el vuelo tras años de opresión y encierro y, como si fuera una ostia divina, lo ofreció a los allí presentes: novicias, hermanos árabes y extranjeros, músicos locos y bandidos, que lo miraban extasiados como si les estuviera ofreciendo el corazón de Cristo. Embebidos, al contemplar una novela que varias voces procedentes del más allá describían como profética. Un texto en que se cifraban, recogían los destinos actuales del Oriente y el Occidente. Y se hablaba del capitalismo por venir, la globalización, como un sistema esclavista. Una nueva dictadura en la que las culturas no podrían florecer puesto que se encontrarían gobernadas por Chulthu y su caterva de demonios. Cosmogónicos monstruos que aspiran las energías de los seres humanos a los que el árabe Alejandro se había propuesto aniquilar, realizando un sacrificio personal. Esto es; ofreciendo partes de su ser a los abismos. Desprendiéndose de jirones de su alma con el fin de acabar esa futura avalancha nihilista mucho más peligrosa para el mundo que los españoles u otro ejército conocido hasta entonces.

Y fue así que el árabe Alejandro Hermosilla, como acto ritual de sanación de la voraz monstruosidad que se preludiaba en el horizonte, comenzó a romper las páginas de aquel secreto ejemplar de Martillo, (lo que en parte significaba despedazar partes de su cuerpo) lanzándolas al viento como si fuera un maná divino. Una ofrenda a los hijos del mañana. Una reverencia a un hermoso y abierto futuro para la humanidad aún posible -decía mientras quebraba páginas y páginas del libro- si todos fuéramos capaces de rasgar nuestro cuerpo. Destrozar nuestros deseos, los muros de nuestros hogares construidos con sangre, sudor y esfuerzo, como esa novela cuyas costuras rasgaba ahora Alejandro Hermosilla, hasta que fue interrumpido por un aparecido, un ser de entre el público que comenzó a decirle:

“No creo en aquello que haces. Porque eres un impostor. Sí, tú eres un impostor. Un falso Judas como tantos profetas modernos, tantos hermanos nuestros esclavos del ego. No intentes engañarnos.

Os lo digo yo, hermanos, Alejandro el árabe no es aquel que parece o dice ser. Al contrario, es otro espectro repleto de prejuicios y corazas. Un hombre que sería capaz de abrazar la fe cristiana, si un conde le ofreciera mejores condiciones que las de nuestros sultanes. En el fondo, es un señor que desea utilizar la literatura, como muchos putrefactos profesores universitarios, ácidos críticos y muchachos jóvenes, para acrecentar sus bolsillos, conseguir comodidad y respeto y alcanzar un rincón en la constelación de nombres inolvidables. Es un hombre que no vive entregado a la obra sino a la fama. Al triunfo”.

“Algo que no conseguirás, juro que no conseguirás”, le dijo aquel espectro”, “pues Martillo, en realidad, oídme bien hermanos, ha sido escrita por mí.

Un oscuro hombre llamado Abdul Alzhared.

Abdul Alzhared.

Abdul Alzhared”.

Abdul Alzhared. Sí. Abdul Alzhared. Un viejo árabe que conocía el lenguaje de los muertos y que, al ser perseguido por los monstruos y la ira de los españoles, se había visto obligado a dejar su creación, Martillo, en el desierto, para sobrevivir.

Una novela en la que si el lector era hábil para distinguir los símbolos, encontraría un mapa en su interior que precisaba los límites donde se encontraba el Necronomicón. Aquel libro que ponía en contacto a vivos y muertos, que las tribus nómadas consideraban que estaba forrado en oro. Pero en ese oro alquímico que ofrece la inmortalidad.  Esa fuente de vida eterna a la que de, tanto en tanto, se acercan ciertos seres, algunas miradas y amores, y también algunas guerras.

Un chorro de agua que une a hombres y dioses y que todos los allí presentes observando asombrados a Alejandro el árabe recitar sus oraciones aquella tarde en Puebla de los Ángeles, también deseaban saborear. Pues, al fin y al cabo, se encontraban en aquella sala del palacio porque el sultán les había advertido que un alocado y aventurado guerrero árabe les contaría aquella historia que Scherezade no se atrevió nunca a narrarle. ¿Quién sabe por qué? Había quienes decían que Martillo portaba conjuros que sanaban enfermedades. Otros que tenía la capacidad de transportar a los lectores a dimensiones distantes y evanescentes. Y los que sugerían que, en realidad, era un ataque contra todo discurso procedente del poder que no permita a los seres humanos relacionarse y desenvolverse en total libertad.

El caso es que, dijo Alejandro el árabe, él no era quien para resolver estas dudas. Pues ni tan siquiera sabía si estaba muerto o vivo, era un extranjero, un sacerdote o un sultán que movía sus brazos furioso animando a su pueblo a hacer la guerra santa. Por lo que se contentó con martillear las páginas todavía enteras que quedaban de aquel tratado filosófico llamado Martillo, las cuales volaron como pájaros heridos hacia el negro cielo. Satisfecho porque, al destrozar su libro, sus trozos se convertían progresivamente en el furioso sueño de un presente cuyo recuerdo antes o después sería barrido por el tiempo.

Nadie sabría si él era el verdadero escritor del libro o un impostor. Por lo que la historia que Scherezade calló, continuaría siendo un secreto. Quedaría sepultada bajo las fosas del futuro. Encerrada, como el cuerpo de las monjas agustinas, en las fosas de aquel palacio repleto de cerámicas de Talavera, en las que ahora se veía, al fondo, muy al fondo, la figura de la hermosa contadora de cuentos, Scherezade, pintada en un grabado situado bajo el rostro descuartizado de Alejandro el árabe. Quien, justo cuando iba a terminar su discurso, (como si romper su cabeza fuera el mejor símbolo para explicar el contenido de aquel libro) destrozó su cráneo de un martillazo ante sus compañeros musulmanes. Hermanos que, una vez muerto, rodearon su cuerpo y comenzaron a orar. Invocar infinitos cánticos, consagrados al altísimo dios negro que está en los cielos, a quien hacían reverencia, pronunciando como posesos, cada vez más y más fuerte, su indestructible nombre: “Chulthu, Chulthu, Chulthu, Chulthu”. Shalam 

 القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

 Temed a quien no tema a Dios

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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