Metáforas del ruido

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He de reconocer que me está costando mucho entender qué es lo que quiere decir el personaje que protagoniza Ruido del arte. Pero uno siempre encuentra ayudas. Ayer, mientras me encontraba relajándome tomando baños en las aguas termales de El Carrizal, sumergido en la escucha del desnudo e incisivo disco de Josh T. Pearson Last of the country gentlemen, encontré dos textos citados por Eliot Weinberger en su seductor y estimulante Las cataratas, que se ajustan perfectamente a lo que deseo transmitir. Y probablemente aparecerán de una u otra manera en mi novela. Pues ayudan a entender lo que es el ruido y retratar sus tripas y entrañas.

moby-dick-1El primero de ellos aparece en Moby Dick. En el transcurso del capítulo considerado más extraño de la devastadora novela,“Medianoche, castillo de proa”. Allí, un marinero de Nantucket dice: “He oído al viejo Ahab decirle que siempre debe matar una tempestad del mismo modo que, con una pistola, se rompe una tromba: disparando la nave dentro de ella. Que yo sepa, no se ha demostrado que tenga provecho alguno”.

Por absurdo, incomprensible además de enigmático y rotundo, este pasaje me fascina. Y entiendo que se adentra en las profundidades del ruido. Es muy revelador a este respecto.

El segundo texto es probablemente mucho más claro. Pero su final, convendremos, es psicológicamente estruendoso. Apabullante. Me refiero a ese relato de Frank r. Stockton, ¿La dama o el tigre?, muy conocido todavía en el ambiente anglosajón y que llegó a causar furor (histórico e histérico) internacionalmente a partir de su publicación en 1882 en la revista The Century Magazine. El cual voy a citar a continuación copiando exactamente las mismas palabras utilizadas por Weinberger en el artículo, Tigres de papel, en que se refiere a él.

“Un rey inventa un peculiar sistema de administrar justicia: colocan al acusado en un amplio ruedo, ante la plebe reunida, para que abra una de dos puertas idénticas. Detrás de ellas hay un tigre que saltará y lo hará pedazo, estableciendo así su culpa. Detrás de la otra, una dama “adecuada a su edad y condición”, con la cual deberá casarse de inmediato, en premio a su inocencia. Así que el acusado debía “abrir la puerta que prefiriera, sin tener la menor idea de si un instante después sería devorado o desposado”.

Como cabría esperar, el rey tiene una hija, que se enamora de un apuesto plebeyo. Enterado de esta transgresión, el rey declara que hay que mandar al muchacho al ruedo. Para una de las puertas buscan el tigre más feroz de la comarca; para la otra, la doncella más bella, más, de hecho, que la propia hija del rey.

Antes de la prueba, la muy taimada hija averigua el secreto de las puertas y cuando el joven sale al ruedo, ella le hace una señal con la mano derecha. Él abre en el acto la puerta de la derecha…Pero ¿qué sería peor para esta “princesa semibárbara de sangre ardiente”, ver a su amado hecho jirones o felizmente casado con una mujer más encantadora que ella? ¿Qué significa su señal?, o bien, ¿cómo acaba la historia?: “¿qué salió detrás de la puerta abierta, la dama o el tigre?”.

Brutal. ¿No es así? Al menos para mí, sin dudas. Creo que la existencia de un relato como el de Stockton da sentido a toda la literatura. Sí. Tal vez esté exagerando pero es que es bestial. Porque el inglés no está jugando aquí con las expectativas de su público sino con sus entrañas. El ruido de sus cerebros intentando indagar la respuesta y todo aquello que imaginan que, finalmente, al no corporeizarse, provoca su ira. La rabia del sultán que escucha a Scherezade contando los relatos de Las 1001 noches y finalmente decide cortarle la cabeza. Contribuyendo a introducir el ruido en el arte. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Si juntas polvo, al final crearás una montaña

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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