Puchero

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Lentamente, El jardinero va tomando su forma definitiva. No he podido concluir la escena entre el conde y el eremita hasta hace unas horas. Pensaba rehacerla rápidamente el sábado pero me bloqueé, caí en una pequeña crisis, y esperé un mejor momento para volver a trabajarla. El cual se ha producido esta mañana. Momento en que las descripciones han fluido tal y como yo deseaba, y he vuelto a disfrutar. A interesarme por una narración que me sigue sorprendiendo hasta dónde he podido desarrollar, teniendo en cuenta su origen que todavía no creo sea el momento de contar.

Probablemente, por cierto, para poder trabajar el texto tal y como necesitaba, me haya sido de mucha ayuda el descanso forzoso que tomé el domingo en que me vi incapaz de escribir una sola letra. O tal vez haya sido más decisivo para esta alegría creativa, la relectura que realicé del maravilloso cómic de Nicholas de Crécy llamado El bibendum celeste. Una creación deliciosa, llena de dobles sentidos y sorpresas, que probablemente volveré a leer, pues es inevitable hacerlo, teniendo en cuenta las sucesivas interpretaciones y ocurrencias que van surgiendo conforme nos deslizamos por sus páginas.

No hablaría yo, en verdad, de este cómic ahora si no pensase que es magnífico. Posee El bibendum un humor fino, más allá del surrealismo y el absurdo, que resulta difícil definir por lo fresco y al mismo tiempo mágico que resulta. No había yo leído algo tan sutil desde que me introduje en las maravillosas aventuras de Puchero. El cómic del gran François Boucq que, obviamente, también recomiendo.

¿Que quién es Puchero? Ufff.  Un detective anciano con alma de niño que vaga por mundos fantásticos con suma tranquilidad, viaja a universos paralelos, se enfrenta a tiburones surgidos de la pared, y desarrolla sus capacidades humanas al límite, aventurándose en las situaciones más delirantes siempre con una sonrisa en la boca y un talante pacífico -que no esconde al león que lleva dentro-. Realmente, necesitaría mucho espacio aquí para poder hablar de este trabajo como merece, dado que pienso que es una obra maestra. Una creación que justifica gran parte de las exploraciones surrealistas producidas durante el pasado siglo así como las realizadas por Moebius y otros genios en el mundo del cómic. Básicamente, porque todo parece posible cuando leemos alguna de las historias que Puchero protagoniza. Tanto que no me extrañaría tras concluirlas, que alguien me comentara que su abuelo ha rejuvenecido, el frigorífico ha comenzado a caminar o que hay unos pantalones llamando a la puerta. Pues, al fin y al cabo, nos encontramos ante un onírico cruce de caminos artístico capaz de reinventar el humor y la ironía, conduciéndolas a un lugar todavía más inquietante e irreal de aquel donde las llevaron genios como Buster Keaton, Harold Lloyd o Jacques Tati.

Acordarme de Boucq y su Puchero -o el hombre cuya compañía nunca es molesta- me ha hecho interrogarme, por otro lado, respecto a las razones por las que la literatura no es el campo más proclive al desarrollo de los experimentos surrealistas. Mientras escribía El jardinero pensaba que determinadas escenas que en los cómics nos maravillan, sin el concurso de los dibujos serían totalmente desechadas en la literatura. En este sentido, el arte literario es mucho más rígido. Entre la ciencia ficción y el realismo mágico apenas existen matices. Obvio que si me pusiera a reflexionar, los encontraría. Pero, a primera vista, esto es lo primero que se observa con claridad: que contar literariamente una historia de Puchero sería inaceptable sin una imagen.

La escritura, de alguna forma, es un cuerpo más propenso a describir la locura que a reflejarla formalmente. Más proclive a ofrecernos sus consecuencias y origen que a plasmar formalmente esa inestabilidad a la que alude. Aunque claro que existen excepciones como Los cantos de Maldoror. Puede que gran parte de la lírica moderna cumpla esa función de catalizador de lo imposible, pero no me convence del todo esta presuposición porque, en muy escasos pasajes, una poesía desarrolla una historia de la forma en que lo hacen Boucq o Crécy. Aunque debido al inmenso, infinito caudal simbólico que es posible alcanzar en este género, muchos poemas sí que pueden lograr la síntesis entre mundos disonantes de los lienzos de  Magritte.

Quiero aclarar que no estoy sentenciando nada en absoluto. Únicamente estoy hablando en voz alta. Divagando. Cuando tenía 20 años, por ejemplo, debido a mi fascinación por el cine de David Lynch me preguntaba muchas veces cómo poder contar una historia en un libro bajo las premisas dictadas por el cineasta norteamericano. Y nunca hallaba una respuesta satisfactoria. Cierto es que posiblemente debido a mi inexperiencia y juventud. Pero incluso ahora me pregunto cómo podría escribirse una novela a partir de una película como Inland Empire y no llego a conclusiones precisas. Porque en la literatura si no se ofrece una mínima explicación sobre aquello que es inexplicable, el texto puede perder todo su sentido. Al contrario que en otros medios artísticos donde puede resultar mucho más sugestivo. Lo que en sí no es, por otro lado, un problema. Pues, como cualquier buen lector de Flaubert o Joyce sabe, la literatura también tiene sus especificidades únicas. Y, al fin y al cabo, toda persona crece a partir de sus limitaciones. Las cuales, en mi caso concreto y en lo que se refiere a los libros que escribo, son las oraciones subordinadas y las frases largas. ¿Cuánto no habré sufrido yo descomponiendo una frase recién urdida que se alargaba durante varios renglones, o se partía en diversas oraciones subordinadas hasta perder todo su sentido? Exactamente, al no poder decir lo que deseo con las palabras y la estructura previamente planteada, me las tengo que apañar para expresarlo de otro modo. Y si bien es cierto que afortunadamente, muchas veces, esa nueva manera de hacerlo, se revela no mejor sino incluso más lograda u original que la primera ensayada, a este resultado llego tras exprimirme en cada frase y palabra. Tras un denodado esfuerzo. Algo que pienso también debe haberles ocurrido a César Aira o Foster Wallace, si es que he sabido leer entre líneas su creaciones. Que admito que tal vez no.

Me gustaría, de todas maneras, saber qué pensaría un lector si, por ejemplo, yo empezara una escena diciendo que mi mujer tuvo que ponerme el vestido de tigre que se hacía transparente según me mirara con amor o no, y que ese día no hallaba yo mi mano al ponerme la camisa pero la encontré en la escalera tras salir atravesando la pared hacia la calle a resolver el caso del tiburón que estaba empapelando la ciudad.  Ok.  Ahora que escribo esto, parodiando a Puchero, me parece realmente divertido. Pero, ¿seríamos capaces de aguantar todo una novela así como lo hacemos extasiados con el cómic de Boucq? Sería cuestión de ensayarlo, y tal vez lo haga en el futuro, si es que no existe alguna expectativa de por medio. Algo contra lo que me parece que hay que luchar, porque es escribiendo por el mero hecho de escribir, gozando de esta actividad sin preguntarnos el qué, por qué o para qué de la misma, que pienso que la honramos. La hacemos nuestra. Y permitirnos que ella nos diga todo lo que desea decirnos y muchas veces no puede, debido a nuestras resistencias, teorías y creencias falsas, verdaderas, erróneas sobre ella.  Shalam.

لِكُلّ شمْس مغْرِب
Cada sol tiene su ocaso

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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