Baricentro

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Dejo a continuación un avería sobre Hernán Migoya. El cual había pensado recomendar leer escuchando un tema, «Living on my own», de uno de sus referentes: Freddie Mercury. Pero, en este caso, dejaré un tema de Golpes Bajos: «Cena recalentada». Ahí va. 

Baricentro

Hay un pasaje («Primer escándalo público») en Baricentro, la biografía de Hernán Migoya, que me parece muy significativo para entender cuál ha sido su relación con el mundo de la cultura y la sociedad española en general.

Hernán cuenta allí que durante un breve viaje de estudios con su clase a Salou, harto como estaba de que nadie se atreviera a ligar y confesar sus deseos sexuales a sus compañeros, no se le ocurrió otra cosa en una discoteca que ponerse a bailar frenéticamente moviendo de arriba abajo la mano derecha simulando una masturbación. 

Cualquiera entiende que un adolescente cansado de la hipocresía habitual y con las hormonas al máximo, realizara este acto. Más aún encontrándose en uno de los más famosos centros de turismo sexual europeo. Pero no fue así en aquella ocasión. Al contrario, las miradas de incomprensión y verguenza ajena se sucedieron en la pista y, más tarde, en el viaje de vuelta nadie se dirigió a él (y mucho menos sus compañeras). Una advertencia de lo que probablemente le ocurriría unas cuantas veces más en la vida. 

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He contado esa anécdota porque, repito, me parece la más significativa para comprender el sino de Hernán. Alguien iconoclasta de manera natural, en absoluto estudiada, que ha sufrido más de un golpe por hacer lo que le sale de los cojones que es, al fin y al cabo, lo que se le presupone a un artista.

El más fuerte sopapo es de sobras conocido. Tuvo que ver con la publicación de Todas putas y le obligó a exiliarse a Perú para encontrar paz. Desde luego, aquí en España no la iba a encontrar.

Una lástima por cierto que el libro sea conocido por la tormenta que desató  porque es muy disfrutable. Tiene seis o siete cuentos que son bombas. Mi favorito es, sin dudas, «Inseparables». La mezcla perfecta entre un filme de Cronenberg y un cómic de Miguel Ángel Martín. Duele de lo preciso y coherente que es. Pero también me gustan mucho «El trabajo», «A por el mirón» o «Yo no tengo amigas gordas». Este último en concreto podría haber aparecido perfectamente (aunque creo que es un autor que no le gusta) en Sonámbulo y otras historias de Adrian Tomine. De hecho, ese era uno de los puntos fuertes del libro de Migoya. El que en muchos casos las referencias de sus narraciones tuvieran más que ver con el cómic y el pop que con la literatura. Lo que las hacía más ágiles, imprevisibles y caóticas. Les aportaba un aire y una magia especial. Franqueza punk a destajo.

Por cierto que pondría también el famoso El violador entre mis relatos favoritos de Todas putas. No sé cómo lo interpretará cada uno pero a mí me recordó a Las memorias del subsuelo. Así al menos lo leo yo. Como un fragmento del libro de Dostoievsky adaptado a nuestra época. A finales del siglo XIX el discurso del personaje ruso hacía arder las convenciones por su lógica interna nihilista y eso mismo intentaba el egoísta protagonista del cuento de Migoya justificándose inanemente. 

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Disfruté mucho de Baricentro. Salvando las distancias, la biografía de Migoya me recuerda a la de Terenci Moix. Es difícil encontrar alguien que exponga con tanta claridad sus defectos, las historias que le hicieron daño; alguien, sí, que se fustigue tanto y, al mismo tiempo, lo haga con gracia. La mayoría de escritores no pasan esta prueba. Les vence el pudor. Pero quienes cruzan la frontera y se sinceran casi en su totalidad, suelen triunfar de una manera u otra. Alcanzar un pico.

Lo que yo quiero es que si alguien creció escuchando Spandau Ballet (como es el caso de Hernán) me lo cuente. No lo oculte. Y que si fue rechazado unas cuantas veces antes de dar el primer beso, lo exponga claramente. No me gustan las biografías épicas (de éstas sólo soporto las rockeras) ni las mentirosas. Lo que quiero es captar la personalidad real de quien se haya tras el teclado. Los mitos pueden ser falsos pero nacen de la honestidad. Y si a Hernán le marcó tanto contemplar los andamios del primer centro comercial construido en Barberà del Vallés como a Elliot su encuentro con E,T., deseo que me lo cuente. 

Hay algo por cierto en lo que también se parecen mucho Moix y Migoya. Y es en su capacidad de hacer arte y disfrutar con la frivolidad. Transformar la cultura basura, el folletín, los retratos de variedades o las novelas adolescentes en algo más que puro entretenimiento. Algo casi peligroso y molesto.  Llenando de metralla, los platos repletos de salpicones y mariscos que se suelen degustar en los restaurantes de lujo y de dibujitos las reproducciones de lienzos clásicos que acostumbran a decorar las paredes de los palacios burgueses

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La mayoría de cómics de Migoya que he leído creo que son puro Ramones. Cuando los leo, acostumbro a escuchar las melodías del grupo neoyorquino de fondo. Algo lógico teniendo en cuenta que Hernán fue el traductor de Odio al español. Un cómic que era una mezcla entre el punk norteamericano de los 70 y el grunge.  

En realidad, diría que Migoya es una combinación como guionista entre Ramones y Golpes Bajos. Cuando le da por escribir guiones de terror o ciberpunk lo hace como quien toca la guitarra espamódicamente. Metiendo el piloto automático a fondo sin cesar de disfrutar de la velocidad y el ruido. Y cuando se pone un poco más nostálgico, me hace pensar en el grupo de Germán Coppini. Baricentro, por ejemplo, podría pasar perfectamente por una estampa musical del grupo  gallego. De entre sus páginas podrian salir ideas para varias de sus canciones. Y las magníficas adaptaciones que está realizando junto a Bartolomé Seguí de las novelas de Montalbán protagonizadas por Carvalho tienen también un toque Golpes Bajos irresistible. Un lirismo incontenible que, mas allá de las irreverencias adolescentes, se deja escuchar, por ejemplo, en Baricentro durante todo el arco relacionado con sus parientes emigrantes a la Argentina. El cual se disolvía (pero seguía estando presente) incluso en un relato tan crudo, Plagio, como el del secuestro en Lima de la que posteriormente sería su mujer. Un cómic éste tan emocionante como maduro en el que Migoya deja claro que se desenvuelve muy bien en diversos ámbitos. También en el del drama realista. 

De hecho, lo cierto es que Hernán tiene también un toque muy urbano y cainita. Muy tremendista, zafio y sucio. Como deja muy claro un cómic como Olimpita que no puedo evitar comparar con los álbumes de Albert Pla y en concreto canciones como «Joaquín el necio».  Lírica de mercado y de cuchillo de cortar pescado rellena de olor a sexo frustrado. Y, por supuesto, posee una muy torrencial vena sarcástica que aparece de tanto en tanto en diversas colaboraciones (Hazañas eróticas del cuarentón hijoputa, por ejemplo) en las que deja claro que no pasó por el Víbora por azar. Que el sello de la revista se lleva dentro y aparece en cualquier momento. Como quien ha sido heavy puede canturrear un tema de Barón Rojo en cualquier instante sin aparentemente venir a cuento. 

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Podría terminar este avería asegurando que Migoya es un outsider dentro de nuestra cultura.  Pero creo que eso sería faltar a la verdad. En realidad, es alguien que disfruta mucho con lo que hace. En todos sus guiones hay un entusiasmo desbordante. Esa pasión adolescente que algunas personas nunca pierden.

A veces tengo la sensación de que Migoya se encuentra en el mundo del cómic como un niño que tuviera la suerte de vivir en la fábrica de Poskitos y tener un tío que trabajara  en la factoría Geyperman. Cuando abro uno de sus cómics, lo suelo hacer con la misma ilusión y seguriad con que enchufaba la televisión cuando proyectaban El equipo A o Los ángeles de Charlie. La seguridad de que voy a pasar un buen momento. Un rato divertido. Y de que nadie me va a engañar. Me van a dar exactamente lo que quiero y probablemente un poco más.

Algo que entiendo que por lo general logra porque es un lector muy profundo. Sus breves análisis sobre grandes obras de la cultura popular son, además de intensos, muy lúcidos. Migoya siempre descubre algo que no hemos detectado la mayoría en cualquier película que ve. Va más allá del rostro distante y curtido de Eatswood y de su amenazante pistola. 

Tengo la sensación de que para muchos de nosotros leer libros o contemplar filmes es un acto compulsivo, casi instintivo, pero que para Migoya es un acto relajante. Son sus horas de calma y reflexión para estar consigo mismo. Su particular meditación. Algo que entiendo que tiene que proceder del tiempo que pasaba junto a su padre observando películas en un viejo televisor sin a veces cruzar una sola palabra. Con la conciencia de que ese pequeño acto tenía una soberana importancia. Un ritual familiar que, a fuerza de repetirlo, ha terminado por convertir el arte popular en su hijo. Otra parte de su cuerpo. Shalam

كان لدي الكثير من الصبر لدرجة أنني نسيت كل شيء

Tanta paciencia tuve que todo lo he olvidado

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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