Bares

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Si quisiera ganarme una ovación barata, hoy escribiría un avería elogioso y épico sobre los bares, citando la famosa canción de Gabinete Caligari, y me quedaría tan ancho. Así que no lo haré. Lo que no es obstáculo para que confiese lo mucho que se les echa de menos. Yo al menos encuentro que la diferencia entre vislumbrar y experimentar lo que sería vivir en un mundo distópico o en uno tradicional, (entre ser protagonista de un capítulo de Black Mirror o de cualquiera de las películas clásicas de Carlos Saura, Mario Camus o Fernando Fernán Gómez) radica en la presencia o no de bares abiertos. Poder tomar algo, lo que sea, en la barra o mesa de un bar solo o en compañía de alguien.

Yo no soy muy asiduo a ellos, (de hecho, no voy más de dos o tres veces a la semana al único cercano que, durante los meses de invierno y primavera, se encuentra abierto allí donde resido), pero debido a la actividad solitaria que realizo habitualmente, lo considero, en cierto sentido, un artículo de primera necesidad.

En realidad, no hago nada especial allí. Más bien, lo especial es lo que no hago. Ese bar es como un rellano en un carretera. Cuando me encuentro en su interior, no es mi vida la que avanza en una u otra dirección sino que quien lo hace es la vida en general.  Durante varios minutos, ni leo ni realizo ninguna búsqueda en internet. Intento si es posible desconectar del mundo. Tan sólo me tomo un vino o un café y o bien, si no está ocupado jugando al ajedrez, charlo brevemente con el jefe y el único camarero (en la hora de la comida le acompaña su esposa) o bien miro el horizonte o la televisión sin fijarme casi en los detalles. Resulta difícil explicarlo, pero esos breves descansos son más importantes de lo que parecen. Creo que me aportan salud mental. Distancia ante todo ese cúmulo de acontecimientos y opiniones que debo digerir diariamente. Durante varios minutos, no existe más que una taza de café y una charla sobre un tema sin demasiada trascendencia con una persona de carne y hueso que no es ni amigo ni familia. O ni tan siquiera eso. Tal vez tan sólo el ruido de la cuchara en el café o el de la cuchara al impactar sobre el plato. No parece mucho, pero por algún motivo creo que es, gracias a esos momentos, que hallo cordura. O más bien, que experimento lo que es, en verdad, la vida. Sobre la vida leo constantemente en los libros. Pero sólo en los bares, la palpo. Únicamente entre servilletas, colillas y bidones de cerveza, estoy en contacto con la realidad.

Probablemente, este sería el momento en que debería ir subiendo el tono, hasta convertir este escrito en épico. Ir amplificando los adjetivos hasta proclamar la importancia de estos espacios cuyos dueños viven actualmente en el filo de la navaja puesto que no han recibido -al contrario de lo que debería ser forzoso y en la mayoría de países se ha hecho- alivio en su carga impositiva y ayudas efectivas del Estado. Y por si fuera poco, se les ha culpabilizado directa o indirectamente (con mano izquierda o derecha; a gritos o por alusiones) del incontrolable avance de la pandemia. Pero no lo haré. Básicamente porque no es necesario.

Cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que los bares son para una ciudad lo que los riñones al cuerpo. Muchos hemos superado crisis en sus entrañas. Hemos vivido anécdotas inconfesables. Hemos aprendido a soportar la tiranía cotidiana entre tragos a una copa de alcohol. Hemos mantenido charlas inolvidables con desconocidos. La sal de la vida. Los bares son un lugar tan cotidiano y frecuente que no creo que sea aconsejable referirse a ellos superlativamente. En su mera existencia radica precisamente su excelencia. Así que me parece mucho más digno cerrar este avería con la seca y directa opinión de Luis Buñuel sobre ellos: «Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. Costumbre antigua, robustecida con los años. Al igual que san Simeón el Estilita que, desde lo alto de su columna, hablaba con su Dios invisible, yo, en los bares, he pasado largos ratos de ensueño, hablando rara vez con el camarero y casi siempre conmigo mismo, invadido por cortejos de imágenes a cual más sorprendente».  Shalam

الترفيه هو أبو الفلسفة

El ocio es el padre de la filosofía

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:…..»un bar del folies bergere» de manet…….
    2ºimagen:..olor a bodega..olor a vinagre….aqui no hay ningun borracho pero en las bodegas siempre los habia.
    3ºimagen:…..»casa de comidas»….vaya par de dos….cachondo1 y cachondo2……sonrisa…..

    • 1) bar madrileño lleno de chatos de vino en el que se sirve solo tapas de patatas fritas. Pagues lo que pagues. 2) bar donde los Danza Invisible se veían de jóvenes en su juventud. 3) Pulso onírico

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