Bucólico cronopio

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Tengo la impresión de que el día que muera Patricio Peñalver, va a caerse un trozo de Murcia. Y que los que lo sobrevivan seguro que no se acostumbrarán rápidamente a su pérdida porque es un pedazo inconfundible de la ciudad. Un espíritu tan típico y añejo como los pasteles de carne, la platería o las figuras de Salzillo. Puede que no hablemos con él ni nos lo crucemos durante una temporada pero sabemos internamente que siempre está ahí. Que, en cualquier momento, podemos verlo leyendo el periódico en un bar, doblando una esquina o tomando un vino en medio de una exposición. Alimentando, sí, el folklore cultural de la región.

Existe en Patricio algo crudo que ha de haber sido domado, educado por la cultura a lo largo de los años. A pesar de que tengo trato con él desde hace muchos años, nunca he sabido bien sus orígenes. No me ha parecido pertinente preguntárselo. Pero me lo imagino criándose en un hogar humilde. Creciendo y sobreviviendo con un menú disperso de carne seca, patatas cocidas, libros sucios, viajes a destiempo, agrestes conciertos, flamenco puro y pintura obscena.

Hay una característica que me llama la atención de él. Que no necesita hablar para hacerse sentir. Le basta con mirarnos para comunicarnos ciertos dolores y lamentos que le cuesta expresar. Creo que porque no ha dejado morir a su niño interior. Probablemente haya quien le tenga rencor por sus ideas políticas o quien no sepa bien cuál es la finalidad de su vida. Pero sí puedo vislumbrar que todos los que lo conocen son conscientes de que es uno de esos bohemios sin los cuales las ciudades no respirarían. Otra cosa es que no sepamos qué hacer con ellos como con la mayoría  de cronopios. Tribu a la que por derecho propio pertenece, como demuestra que guarde en su hogar como un tesoro una carta escrita a mano por Julio Cortázar. Alguien que, instintivamente, leyendo unas pocas palabras, podía intuir si el remitente de unos folios se plegaba a su mundo o era totalmente ajeno a él. Otro “fama” atraído por su éxito.

No sé, ciertamente, si Patricio ha escrito alguna novela grande pero sí sé que, uniendo varios fragmentos y capítulos de varias de ellas, sale un libro bastante interesante. Más aún, si a esos textos les unimos algunas de sus crónicas periodísticas. En cualquier caso, lo que sí tengo claro es que su gran novela es su vida. Las fotografías de su juventud son, por ejemplo, un mapa salvaje de los últimos años del franquismo y el “destape” cultural vivido durante la Transición. Un testimonio tan honesto como un disco de Triana de lo que significó ser joven y rebelde durante los años 70 y 80.

No obstante, siendo sinceros, creo que su figura da para más. Pues tiene cierto aire de personaje de Baroja. Parece una mezcla entre un torturado profesor de cualquier novela de la Generación del 98 y un bucólico protagonista de un sainete de Azcona. Y puedo imaginarle perfectamente comiendo en la misma mesa junto a Unamuno sin desentonar. De hecho, lo extraño es que ningún cineasta lo haya llamado para protagonizar una película sobre la guerra civil o centrada en los años del franquismo porque estoy seguro de que encajaría perfectamente en ella. Como de que le bastaría con sonreír o decir un “buenos días” para imbuir de carisma a un filme de José Luis Cuerda.

Creo, en cualquier caso, que su gran virtud es que nunca se ha tomado en serio a sí mismo. Hoy en día, por ejemplo, en que la palabra escritor no remite a un oficio ni a una prosa exuberante sino a una carrera por la fama y los contactos, Patricio ha conseguido algo realmente muy difícil. Que no sólo no me fatigue verlo citar sus libros en facebook una y otra vez sino que desee que lo vuelva a hacer. De hecho, siempre aguardo con alegría sus entrañables menciones a sus novelas. Porque hay algo en él, repito, puro y salvaje. Crudo. Pasajero. Es de esas escasas personas que ha logrado ser un cronopio tanto en la vida real como en la virtual. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

La tranquilidad pertenece a la misma familia que el tedio

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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