Corregir

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Corregir. Eso es últimamente lo único que hago. Corregir y corregir. Leía ayer un estado en facebook en el que un escritor que va a publicar próximamente un libro, afirmaba que la corrección era, en cierto sentido, un acto neurótico. Puedo comprenderlo perfectamente porque eso es lo que yo pienso muchas veces pero creo que, en este caso, la neurosis se encuentra justificada. O más bien, es inevitable. Escribir es una declaración de guerra. Una batalla contra la muerte que sabemos que vamos a perder. Por eso no es el vivo quien escribe los libros sino el muerto. El futuro muerto. El “yo” que sabe que, antes o después, lo introducirán en un ataúd. Y es inevitable que deseemos ofrecer una imagen lo más centrada posible de quién fuimos.

Yo, muchas veces, escribo pensando que estos averías van a ser leídos dentro de unas décadas. Estoy convencido de que mis hijos los leerán. Y me martirizo al pensar que no los estoy urdiendo de la forma correcta, que hay párrafos demasiado amplios, palabras que se repiten insistentemente e ideas inconexas que impiden la buena comprensión del texto. ¿Es esa la herencia que quiero dar a mis hijos? ¿Así es como quiero que me recuerden los futuros lectores o ese lector ideal y utópico que todo escritor tiene en mente? La corrección es inevitable y afortunadamente neurótica porque, en gran medida, es una conversación con el futuro. Un diálogo con alguien que aún no conocemos. Es el único y a veces también el último momento que tenemos de peinarnos, ponernos un traje adecuado y recibir a los invitados del porvenir. Y es lógico por eso que la mayoría de escritores corrijan una y otra vez sus textos.

La corrección es una conversación con unos huéspedes que nos juzgarán seguramente con mayor objetividad que nuestros contemporáneos. Y resulta natural, por tanto, que nunca terminemos de quedar totalmente satisfechos con nuestros textos. Yo llevo dos años corrigiendo averías en los que he revisado hasta ahora casi 600 y estoy seguro de que cuando termine de corregirlos todos, el día después comenzaré a empezar de nuevo. Releeré los primeros y detectaré nuevos errores. Ahora, por ejemplo, cuando ojeo los averías de años pasados (ya corregidos) encuentro párrafos demasiado amplios que, en la próxima revisión, dividiré en varios. Pero estoy seguro de que, dentro de 5 o 6 años, otro detalle captará mi atención. Tal vez que la palabra dios aparece a veces en minúsculas y otra en mayúsculas o quién sabe qué.

En cualquier caso, debo reconocer que me gusta corregir. Yo soy un escritor instintivo. Escribo para no volverme loco. Con el tiempo he aprendido a contenerme, pero antes escribía para no matarme. Soltaba todo lo que llevaba dentro y experimentaba un placer y un alivio instantáneos. Luego, una vez publicado el texto en avería, revisaba los errores ortográficos y gazapos que pudiera detectar y me dedicaba a otra cosa. Un método de trabajo que provoca que, meses después, suela encontrarme con una serie de errores que acostumbran a avergonzarme. Por lo que, al menos en mi caso, la corrección es una bendición. Sí, a veces también es una tortura, pero en la mayoría de ocasiones es un placer puesto que siempre pienso que es la oportunidad que me da dios de dejar un bonito cadáver a las futuras generaciones. Legar un autorretato mío y de la época tan bello, eficaz y contundente como me sea posible.  Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

Una retirada no es una derrota

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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