Dizzy Gillespie

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Tengo ganas de leer el recientemente aparecido libro de Santiago Auserón, El ritmo perdido. Su estudio acerca de la influencia de la música negra en la española. De seguro, ha de ser fascinante, o al menos interesante. Me intriga comprobar cómo ha disertado sobre un tema tan complejo y extenso haciéndolo digerible. Pero, sobre todo, si dedica algún capítulo a las confluencias entre la música árabe y la negra. Presupongo que sí. Tuvieron que existir amplios contactos entre las culturas del África negra y los árabes siendo lógico, por tanto, que existiera una filtración de esa raíz musical negra -vía Al-Andalus- en nuestra península. De tal forma que ha de encontrarse presente en géneros tan “patrios” como la copla, la jota, la muñeira o el fandango. Seguramente también en la sardana o el pasodoble. De hecho, lo contrario me sorprendería. Creo que los  ritmos africanos son la raíz de la mayoría de estilos musicales que continúan vivos hoy en día. No de todos, claro, pero sí de una gran cantidad. Probablemente también de estilos milenarios como el flamenco.

Obviamente, lo que digo puede sonar a disparate o no. Todo depende de cómo se mire. No creo que nadie se encuentre capacitado para responder con claridad y precisión absolutas una cuestión tan vasta como la de las raíces de la música. Pero lo que sí tengo claro es que no me atrevería a mantener esta tesis delante de un público amplio, una charla o tan siquiera en un artículo, a no ser que me documentase. Aunque esta es una de las características de los blogs. Espacios que nos permiten hablar sobre todo aquello que nos pasa por el cerebro al segundo, como si lo hiciéramos con nosotros mismos, sin temor a ser juzgados o criticados.

En realidad, no entiendo la razón por la que hasta ahora no le había apenas dado importancia a los blogs. Es fascinante esa comunicación instantánea, directa y sin intermediarios, que se produce entre el escritor y sus lectores. El escritor que lo desee puede dar a conocer sus pensamientos sobre los más diversos temas al momento, sin por ello tener por qué descubrirse, o desnudarse del todo. Al contrario, incluso puede fomentar aún más, si lo desea, la confusión sobre su personalidad, pero también contentar a los fetichistas de su obra. No sé bien. Existen tantas posibilidades. De estar vivo, hoy en día, podríamos saber inmediatamente, sin tener que esperar a la publicación de sus diarios, las fobias o gustos de Daniel Defoe. Pero también contemplar el escritorio de Balzac, conocer las opiniones de Miguel de Unamuno sobre los más variados temas o seguir a lo lejos ciertos detalles de la vida de Rimbaud o Baudelaire. Yo qué sé. Incluso encerrarnos con Joseph Beuys en la sala de un museo, como si fuéramos una liebre muerta más; un colibrí herido o un barco a la deriva condenado a ser devorado por las fauces de Poseidón. Y quién sabe si existiera incluso la posibilidad de observar a través de una cámara al marqués de Sade en prisión, o de asistir, desde nuestras computadoras, a la presentación del libro Dr. Jeckyll y Mr. Hyde y al proceso de corrección de Cien años de soledad. Probablemente hasta tendríamos como amigo en el facebook a Mario Levrero. Al que, eso sí, seguramente no haríamos mucho caso; como si fuera un conejo con el que nos cruzamos un día que no es de caza.

En fin. Ya habrá tiempo de reflexionar sobre esto. Hasta ahora no he hecho más que referirme a lugares comunes, pero tampoco me había planteado realizar una disertación. Tan sólo hablaba de pasada, como solemos muchas veces afrontar la vida. Sin prestar atención a los detalles o a las sombras del camino. Me contento, por tanto, ahora con bosquejar minúsculamente un tema que, como la gran mayoría de los relacionados con la “realidad” (virtual), me induce a preguntarme si no será que me encuentro en el interior de un sueño. Y en realidad, no soy yo más que un pobre mercader que, debido a su avaricia, ha sido castigado por un effrit. Y se encuentra ahora mismo durmiendo desnudo a las puertas de una ciudad de la que saldrán dos fornidos, gigantescos guardianes que lo encerrarán en una prisión de la que no saldrá nunca. Siéndome, por tanto, imposible volver a contemplar los bellos ojos negros de mi amada Zobeida. Besar sus labios, comer avellanas y dátiles junto a ella, mientras contemplamos la luna y escuchamos una suave, triste melodía interpretada por uno de nuestros esclavos. Ese pérfido El-Aschar que probablemente fuera el que nos traicionara, dando nuestros nombres a ese monstruoso effrit que, echándome a cuestas, tras despojarme de todos mis vestidos, me transportó volando a las puertas de esta ciudad, donde me encuentro dormido ahora, soñando con el blog Avería de pollos. Razón por la que tal vez siento que es una liberación escribir aquí sin tener por qué rendir cuentas a nadie, ni demostrar de lo que puedo llegar a ser capaz como escritor o ensayista. Al contrario, viviendo esta experiencia con alegría y felicidad. Juguetón y satisfecho, como aquel joven, Andreuccio de Perusa, cuya historia se nos cuenta en Decamerón.

En fin. No sé bien. Puede que el motivo por el me sienta tan libre en avería se deba a otros motivos. Tal vez porque estoy acostumbrado a divagar libremente y el blog me proporciona la posibilidad de mostrar públicamente estas divagaciones. Por ejemplo, cómo es que comencé a pensar en el libro de Santiago Auserón. Algo que intentaré hacer ahora.

Me encuentro terminando de leer En el camino. Libro en el que me he vuelto a sumergir pues apenas guardaba un recuerdo muy vago de sus peripecias y argumento. Lo leí a los 18 años entre algún que otro whisky y cigarrillo de hachís. Como quien se aproxima a un cofre de bronce que le ha regalado un brujo amigo del esclavo negro llamado El-Aschar y al abrirlo, encuentra un amplio pergamino en su interior donde aparece el rollo (el manuscrito original del libro redactado por Kerouac en tres semanas en un rollo de papel), que le cuesta comprender bien debido a la rapidez con la que fue escrito. Siéndole imposible, por tanto, penetrar en  sus misterios, alcanzar su destino, y volver a contemplar los bellos ojos negros de su amada Zobeida. Algo así. En fin. Confieso que en su momento me atrapo más Los subterráneos. Esta última novela y Yonki de William Burroughs eran mis textos favoritos de la beat generation. Tampoco es que hubiera leído muchos más libros de aquellos salvajes norteamericanos en aquella época. Sí que he de confesar que En el camino nunca fue mi libro de cabecera. Muchos detalles del texto se me escapaban, y he querido, por tanto, volver a releerlo.

Hace unas horas revisaba un pasaje en que Dean Moriarty y Kerouac se encuentran en San Francisco, como siempre, al borde del caos, y se dirigen al pequeño Harlem de la calle Folsom. En aquella mítica calle acceden a un salón en el que un saxo tenor sopla un riff infernal, alocado que baja y sube sin cesar a los cielos mientras el público grita enfervorecido y la batería intenta seguir el ritmo repiqueteando sin cesar: crash, cata-plash, rataplán, crash, crash. En un momento dado, comienzan a agolparse grupos de negros en la puerta y Dean entra en trance, clava sus ojos en los del saxofonista y comienza a levitar, a proferir gritos y alaridos.

Este pasaje me recordó a un documental sobre el vudú que contemplé este verano pasado en Boston. Ciudad en la que pasé una semana en una agradable mansión familiar en la que me permitían comer y dormir a cambio de regar el jardín o dar de comer a los pollos. De alguna forma, la reacción de Moriarty ante el jazz es similar a la de los participantes en los rituales de vudú. Entran en trance, mueren y se transforman en otro ser. Son poseídos por un “otro” espíritu. Como Laura Palmer en Twin Peaks, o tantos escritores que se comen su alma a través de las palabras. Crash, cata-plash, rataplán, crash, crash. Y dado que en otro pasaje cercano del libro de Kerouac se menciona a Dizzy Gillespie, comencé a escuchar uno de los temas que más me emociona de la historia del jazz: A nigt in Tunizia. Un sinfonía sonora dedicada a un país donde también estuve en una ocasión visitando el desierto, al igual que en Marruecos, y que también ejerce su fascinación sobre mí. Crash, cata-plash, rataplán, crash, crash.

Y fue entonces, mientras escuchaba a Gillespie, que entendí, sentí que el jazz tiene más puntos en común de los que hasta ahora había creído con la música hindú y árabe. Sí, es cierto, de alguna forma, ya me había dado cuenta antes. Todas son derivaciones del mismo tronco, de la misma alma. Pero nunca hasta ese instante, hasta ese “ahora” había divagado sobre esto. Pensando en las amplias conexiones entre el be-bop, el jazz libre e incluso el orquestal con los cantos y la música sagrada, religiosa árabe, las melodías sufíes, las canciones mozárabes o esas melodías infinitas que se escuchan en los zócalos y recitan los cantantes de música popular como si fueran oraciones.

En un momento dado, además, llegaron a mi mente -que ya por entonces viajaba libremente- visiones de antiguas ciudades africanas, algunas imaginarias y otras reales, unas pegadas a la península ibérica y otras en la frontera con Asia, donde bereberes, árabes, fenicios, sefardíes, judíos o africanos subsaharianos se reunían a comerciar y tras realizar sus negocios, visitaban secretamente lugares plagados de prostitutas, buscando divertirse bebiendo un poco de alcohol y escuchando música tocada por esclavos negros. Y tras estas visualizaciones, me perdí, caí en éxtasis como Dean Moriarty en el antro de jazz de San Francisco o la primera vez que besé los labios de la bella Zobeida en un parque y, mientras escuchaba un tema del músico etíope Getatchew Kass, que no sabía si era Miles Davis, Frank Zappa, o mi esclavo negro El-Aschar quien lo interpretaba, me vi en aquella ciudad ante cuyas puertas caí desnudo una vez. Sorprendido por los sonidos que sus dos gigantescos guardianes extrajeron de sus gargantas al introducirme en la celda. Pues eran muy parecidos a los de un saxofón tocado por un negro rabioso en un bar de San Francisco. Lo que me hizo sentir que el mundo no se había creado sino para bailar, danzar entre gritos y alaridos en Arabia, Persia o Egipto. Incluso en Uzbekistán, o en la orilla del río Níger. Allí donde los únicos tambores de guerra que suenan, son los de las tribus de querubines y ángeles negros cuando realizan sus rituales, y podemos olvidarnos al fin de todo. No, eso sí, de Santiago Auserón, quien probablemente fuera durante sus incursiones por los bares, discotecas, salones de Cuba que llegara a conclusiones similares a estas. Adentrándose en antros donde mulatos, mestizos, negros y blancos hacían sonar sus palmas al ritmo de un son, una timba, una trova o una guajira. Y el público gritaba enfervorecido, mientras los baterías intentaban seguir el ritmo de las palabras de este blog, repiqueteando sin cesar: crash, cata-plash, rataplán, crash, crash. Shalam 

 الماضي هرب والقادم مجهول لكن الحاضر ملكك

Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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