El cerco

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¿Qué es el dolor? Yo creo que el dolor es amor. Una prueba y manifestación de amor. De que el ser humano es un ser moral. Se juzga y es juzgado por su comportamiento. Por su autenticidad y verdad y no por sus palabras e imagen. La soberbia, la ironía y el victimismo son al menos para mí, manifestaciones contrarias a ese amor. Yo creo que las personas que realmente sufren, no desean ser víctimas. No quieren ser víctimas. Huyen de ser víctimas. No tientan al diablo. Sufren en soledad y lo reconocen. Guardan silencio sobre sus penurias y sólo muy de tanto en tanto las comparten. Y lo hacen más como una petición de perdón que de ayuda. Más como una nube incontenible de la que comienza a emerger agua que como una llamada de atención, soborno o espectáculo.

Las falsas víctimas suelen ser grandes manipuladores. Suelen poseer ciertos rasgos psicopáticos. Juegan con las emociones y la empatía de los demás para lograr ventaja.  Algo sumamente negativo porque hace dudar de quienes verdaderamente atraviesan una tragedia. Antes, la palabra víctima tenía un cierto sabor a derrota y heroísmo. Yo al menos la identificaba con miles de muchachos muertos y mujeres violadas y vejadas durante una guerra. Pero ahora la suelo desgraciadamente relacionar con personas bien situadas en la escala social. Allá donde miro acostumbro a ver víctimas. Ese muchacho que engañó a su novia no duda en declararse víctima. Esa mujer que dejó en la calle a su marido afirma ser una víctima. Esos hombres de negocios que cerraron un pacto sin tener en cuenta a sus socios tienen muy claro que son víctimas. Pero las verdaderas víctimas suelen guardar silencio. Suelen ser más humildes. Saben mucho mejor que los triunfadores circunstanciales lo azaroso y contradictorio de la vida. La naturaleza despiadada de algunos ángeles y los milagros que arrastra consigo la existencia.

Lo que yo busco en las personas así como en el arte no es la perfección sino la autenticidad. Buñuel no era perfecto pero sí auténtico. Brutal. Real. Características que supo ver muy bien Tarkovsky. Alguien que hizo arte de la búsqueda de la verdad. De la soledad y la melancolía. Nadie puede decir ante una obra de Buñuel o Tarkovsky que no son verdad. Nos gustarán más o menos pero todas ellas son verdad. En todas ellas se encuentra totalmente reflejado su “ser”. Ambos dos sufrieron y lo expusieron, pasaron crisis de todo tipo pero las resolvieron internamente y creando. Afrontando con valentía sus errores. Encomendándose a dios o escupiendo en la cruz. Pero sin medias tintas. Sin dolo ni juegos defensivos.

Lo que yo aprendí de Tarkovsky y Buñuel es que, ante todo, hay que ser honesto con uno mismo. Lo más probable es que mintamos a nuestros congéneres de tanto en tanto. Eso sería lo habitual. Al fin y al cabo, no se puede vivir diciendo siempre la verdad. Eso sí sería un caos. Pero a quien no podemos ni debemos mentirnos es a nosotros mismos porque cuando eso ocurre, lo lógico es que terminemos por disculpar y negar nuestras faltas y que lógicamente no encontremos ningún fallo en nuestra conducta. Algo irracional porque la perfección no existe al contrario que -pese lo que le pese a la socialdemocracia- la verdad y la autenticidad. La carne, la ira, el sexo y el amor. Que sólo es posible experimentar si asumimos el dolor y lo expiamos. Si tomamos conciencia de nuestra ausencia de generosidad real. De que el alma no es un arma política sino espiritual y siempre trasciende a cualquier ideología. Ya sea el nihilismo, el capitalismo, el budismo o el cristianismo. Shalam

مَنِ اسْتَرْعَى الذِّئْبَ ظَلَمَ

El que convierte al chacal en pastor es injusto

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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