El futuro

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Me resulta dificultoso escribir hoy sobre un tema en concreto. Probablemente debería hacerlo sobre mis sentimientos ya que, desde hace unas horas, sé que continuaré viviendo allí donde quería, México, y comenzaré a trabajar en la Universidad que publicó el primer libro de García Márquez, las traducciones de Sergio Pitol o las novelas de Juan Vicente Melo y Sergio Galindo entre tantas otras obras. La Veracruzana. Un espacio de saber en cuya formación y origen colaboraron algunos de los integrantes de la primera vanguardia poética, el estridentismo, nacida en el país azteca. Pero, por alguna razón, me cuesta transmitir aquello que siento, y prefiero reservármelo.

El camino para llegar aquí no ha sido fácil. En ocasiones, ha sido muy tortuoso. Y desde luego, he  tenido que batallar en contra de situaciones complicadas. Muchas veces pensé en tirar la toalla. Me desanimé  y desesperé. Y otras tantas, encontré la clave para retomar el sendero con ánimos renovados. Durante todo este tiempo, experimenté lo mejor y lo peor de la condición humana. Algo que creo justo. Recuerdo un viaje que realicé en Portugal a finales del pasado siglo. En concreto, a la región de Tras os Montes: una tierra arcaica, rural sólo comparable en Europa a ciertas zonas de Sicilia. Allí me aventuré una noche junto a mi querida compañera de aquel entonces, yendo a parar a un poblado donde, sorprendidos, comprobamos que la carretera se cortaba abruptamente, casi haciéndonos caer por un desfiladero. Cuando salimos del automóvil, teníamos ante nosotros a un lugareño, Manuel, con aspecto de viejo marinero, el pelo largo, alto, fuerte y varias arrugas y cicatrices en su piel. Tras asegurarse de que éramos inofensivos, y comprobar quiénes eran esos locos que se atrevían a internarse de noche, en esos parajes agrestes, alejados de la civilización, donde gallinas, polluelos y ovejas se desplazaban entre las casas con toda naturalidad, nos invitó a tomar un vino junto a su mujer, Linda. Una bella joven morena cuyo cabello casi llegaba a sus rodillas, y sus dos hijas. El lugar donde vivían se encontraba lleno de moscas, apenas tenían comida y, por supuesto, su dominio del español era tan escaso como el nuestro del portugués, pero pasamos allí unas horas inolvidables. Tanto que al día siguiente, volvimos con alimentos y bebida para corresponder a su invitación. Y, en un momento dado, mientras conversábamos, Manuel dijo una frase que hasta ahora no he olvidado. -“Alejandro, en la vida hay que estar dispuesto a vivirlo todo. Lo bueno y lo malo. No sería sano y quién sabe si justo, una vida con un solo perfil o matiz”.

A grandes rasgos, estoy de acuerdo con esta sentencia. De hecho, creo que es una de las más sabias que jamás he escuchado. Pronunciada curiosamente por un campesino pobre de un lugar perdido donde, aunque hubiera escasez absoluta de bienes, sin embargo existía abundancia -eso sí lo puedo asegurar- de amor, lucidez y sabiduría. De esa que conservan quienes no han perdido el contacto con la madre naturaleza. Algo que me parece lógico, pues la vida me ha enseñado que las grandes lecciones que recibimos, suelen proceder de los lugares más simples o los angostos. Emergen entre los retruécanos y meandros por los que se bifurca el camino. Esas vías que muchas veces, creemos que nos conducen a la perdición cuando, en realidad, nos están dirigiendo hacia nuestro verdadero destino.

Podría extenderme un poco más sobre el tema pero prefiero no hacerlo. En realidad, llevo unos meses perpetrando un libro que sólo terminaré cuando me encuentre preparado para ello, en que explico, de una forma más o menos literaria o poética, ciertas circunstancias de mi vida y cómo las afronté. Se llama El libro del padre y en él hablaré de secretos que apenas una o o dos personas conocen, los grandes traumas, los llantos y las alegrías, a través del prisma paterno. Obviamente, el protagonista será el padre que nunca estuvo y se fue antes de tiempo pero tal vez también a su tiempo. Es el libro más difícil que he realizado nunca. No por su aspecto formal sino porque supone una sangría emocional considerable. Rastrear en lo hondo de la herida más profunda y dolorosa. Volver a cinco recuerdos e imágenes del hombre que me engendró multiplicándolos al infinito. Narrando sin miedo ciertos momentos duros. Y, de alguna forma, comenzando a exponer a los demás con claridad cómo fue mi camino en este mundo.

Tal vez en las páginas de ese libro sí que exprese con claridad cómo me siento ahora mismo. Probablemente, porque entonces lo comprenda mucho mejor. Y tenga la perspectiva adecuada para hacerlo entender de manera precisa. No sé si lo he dicho ya, pero me guste más o menos -pues escribir El libro del padre no es en absoluto fácil- he de hacerlo. Es un requisito sin el que, en un momento dado, no podré continuar escribiendo.

Intentaré explicarme mejor. Hace varios años, estuve en Huautla de Jiménez realizando la tradicional ceremonia de ingesta de hongos. Y además de la clásica pregunta sobre cuál debería ser el título del ensayo que estaba escribiendo en aquel momento –Las máscaras del viajero– interrogué a los abuelitos santos por cuándo y de qué manera alcanzaría a crear mi mejor texto; ese por el que uno vive y muere, y que da sentido a todos sus desvelos, búsquedas e investigaciones. Y la respuesta fue clara: cuando escribas uno sobre tu padre. Únicamente entonces, estarás preparado para realizar aquello por lo que preguntas. Tras enfrentarte a lo que más temes, odias, deseas y amas -el padre, suicidio, la neurosis, la muerte, la raíz, el germen vital- abrirás las puertas de tu inconsciente, las disolverás en un flujo literario absorbente y envolvente en el que podrás mezclar todas tus influencias, experimentos, miedos y deseos como aspiras a hacerlo.  Y El libro que vendrá será una realidad.

Por entonces, estoy hablando de agosto del 2008, no tenía yo en absoluto pensado escribir sobre mi progenitor. Y, en realidad, no imaginaba que lo hiciera en el futuro. Pero determinados acontecimientos, precipitaron que comenzara a escribir un libro, el del padre, que considero sanador. Pues cada palabra, cada una de esas frases es, en el fondo, un bálsamo, una medicina rejuvenecedora que me conecta con un tiempo eterno, un lugar donde sólo nos encontramos mi padre y yo y nadie más. Pero al mismo tiempo, un sin fin de personas y entes, lo de más afuera y más adentro, el círculo, el limbo y los pasadizos hacia el paraíso.

Eso sí. Antes de llegar a esos momentos, el final del Libro del padre y posteriormente, el comienzo de El libro que vendrá, tengo claro que debo sacar todos los textos en reserva. Para ello, me he dado un plazo de diez años. Porque quiero tener ordenada mi biblioteca personal antes de ese momento crucial, y no me parece bien ir dejando novelas a medio pulir por aquí y por allá que además, en algún caso, merecen la pena.

Pienso, por lo tanto, que si consigo publicar La risa oscura y El jardinero en los próximos años, más tarde tendrían que aparecer El arte del ruido, El libro perdido, La BosteriadaEl escritor imposible. Novelas, colecciones de reflexiones que terminé hace años y que ahora sí estoy en condiciones de corregir y darlas a conocer. Para lo que era esencial aquello que he conseguido hace unas horas: tener un lugar de residencia fijo donde desarrollar mi trabajo de profesor de literatura. Sobre todo, por la tranquilidad, estabilidad y seguridad que esta profesión proporciona que, al fin y al cabo, es el propulsor de todo lo que uno hace. Y en este caso concreto, del futuro que ya, al fin, ha llegado. Porque dentro de una semana, entregaré La risa oscura a un editor y mañana mismo, ahora sí, sin demora ni pausa, comienzo la segunda corrección de El jardinero. Un libro del que no pienso hablar más en averíadepollos. Lo haré, prometo, únicamente, dentro de unos días, para explicar su origen y también, lógicamente, comunicaré mis impresiones cuando lo finalice. Aunque, como se suele decir, los libros no se terminan sino que se abandonan.Lección que seguramente deberé aprender, lo quiera o no, para realizar El libro del padre. Ya que, escribirlo y ponerle un punto y final, en cierto modo, significará decir adiós a una parte enferma de mí que se resiste a morir pero que habrá que soltar, para crecer con salud y fortaleza. Manera en la quisiera que se adhirieran las palabras del Libro que vendrá a la realidad. Esto es; como el aliento y la respiración se pegan al herido segundos antes de su muerte, o la risa lo hace sobre la cabeza de los condenados a la horca. Con regocijo, satisfacción, y algo de amor. Shalam.

               لِكُلّ شمْس مغْرِب

   Al perro que tiene dinero, se le llama señor perro

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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