El hospital

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Varios días de la última semana los he pasado en el hospital donde se encuentra actualmente mi madre internada. Algo que no me ha dejado publicar averías al ritmo que suelo hacerlo y que espero volver a recuperar en cuanto me acostumbre a esta situación. De hecho, su dolencia no parece excesivamente seria aunque cierto es que, a determinadas edades, cualquier problema de salud puede agravarse de manera insospechada.

Todos sabemos de la importancia de las madres. Una figura con un peso simbólico y real tan importante y trascendente que prácticamente hace imposible escribir algo objetivo sobre ellas. La madre es el absoluto. El principio de la vida. Y por eso, debido a su tremenda fuerza, la mayoría de escritores se sienten superados por su magnetismo y tienden a despedirse de ellas en sus libros con escuetas frases o palabras. Hay quienes les dedican odas mientras viven pero una vez muertas, el dolor es tan agudo y profundo, tan inexplicable y universal, que entiendo que la mejor opción sea el silencio. Ya que además es muy fácil idealizar y caer en el sentimentalismo. Agrandar los temas menores, borrar las culpas y olvidar los grandes errores.

Hoy recuerdo dos textos mágicos en los que la presencia de la madre posee una enorme importancia: El extranjero de Albert Camus y El libro de mi madre de Albert Cohen. En el primero prácticamente no se habla de ella. Pero sabemos del intenso drama del personaje y su desasimiento vital debido a la frialdad y austeridad con la que Mersault se despide de ella. Y el segundo es parecido a un broche dorado. Un pequeño y sencillo recuento de recuerdos que calan hondo porque el escritor suizo extrae jugo de anécdotas aparentemente superfluas, transformando su texto en una oración. Un réquiem honesto y sincero que esconde una profunda reflexión sobre el amor incondicional. Si no me equivoco, debí haberlo leído con 25 o 26 años y casi llorar con aquel pasaje en el que el escritor suizo se retrasa en acudir a una cita con su progenitora debido a motivos egoístas. Tal vez tomar un café con alguna chica o amigo. Tal vez asistir a un espectáculo. Y horas después, cuando despreocupadamente camina por la ciudad, la contempla de pie justo en el lugar fijado para el encuentro, ansiosa y esperanzada -a pesar de la larga espera- de volver a abrazar la mano de su hijo. Un gesto al que Cohen no le dio su debida importancia en su momento pero años después recordaría una y otra vez, como testimonio de ese amor inexplicable. Divino.

En realidad, una madre nunca nos abandona. Las madres o destrozan a sus hijos, tal y como muestran algunos de los más escabrosos cuentos infantiles y ciertas tragedias griegas, o los acompañan hasta el final. No hay términos medios. Pero en cualquier caso, incluso ingieréndonos o descuartizándonos -como es el caso del aborto- siempre les pertenecemos. En cierto modo, todos somos de nuestras madres y todos somos nuestra madre. Tanto es así que hay quienes piensan que no importan los dramas que hayamos vivido o las guerras que hayamos enfrentado que no comprenderemos lo que significa que el mundo se rompa y quiebre en cientos de pedazos hasta que nuestra progenitora no se muera. Pues su fallecimiento supone la ruptura del sostén de la existencia. Del tejado y el suelo del hogar. La casa de la infancia. Los primeros recuerdos. El guardián de la memoria. Y es preludio a las guerras caníbales (y egoístas) entre hermanos que su sola presencia paralizaba y evitaba al imponer la ley del amor y la fraternidad por encima de la del interés. Al transformar la ley de la naturaleza en mandamiento sagrado.

Llegados a un límite, los acontecimientos se precipitan. Y cada abrazo y beso a una madre tiene cierto olor a urgencia. Puede ser el último. Pues cada día se acerca el ocaso. El fin. El momento de la revelación. Por lo que estoy escribiendo un pequeño diario que me ayude a sobrellevar el trauma cuando se produzca. Lo empecé de esta manera: “Mi madre va a morir. Es mi madre la que va a morir. Quien va a morir. Algo que me resulta tan increíble que de tanto en tanto, suelo contemplar álbumes de fotos antiguas. En la mayoría de ellos aparece sonriendo. Existe cierta despreocupación en sus gestos. Más alegría que bondad. Más inconsciencia que sabiduría. Parece feliz. En las más antiguas, se encuentra rodeada de sus padres y hermanos. Más tarde, aparece junto a sus amigas. Y luego junto  su marido, su hija y finalmente, yo. Se diría que el tiempo transcurre con levedad en la mayoría de estas instantáneas. Que no existe y es una mera ilusión. Pero sí que lo hace. Basta mirar estas fotografías y luego a mi madre en la vida real para saberlo. Para preguntar en voz alta: “¿es esto el paso del tiempo? ¿es esto el paso del tiempo?” Y contestar afirmativamente, sin ningún atisbo de duda, que no sólo existe sino que es nuestro amo y señor.” Shalam 

لِكُلِّ أُنَاسٍ فِي جُمَيْلِهِمْ خَبَرٌ

Más contagioso que el bostezo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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