Iglesias

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Existen múltiples detalles, hechos y circunstancias que ponen de manifiesto que vivimos en un mundo cada vez más distópico. Algunos los tenemos tan interiorizados que nos pasan inadvertidos. Hace varios días acudí a un iglesia. Deseaba hablar con un sacerdote y no encontré ninguno. Tampoco hallé un horario o un folleto con información para localizar a alguno. Unos minutos después, estaba en mi bar de confianza (situado a menos de veinte metros del centro religioso) tomando café. Le pregunté a la propietaria si sabía si algún hermano estaba atendiendo pero no me supo responder. Segundos más tarde, se volvió a mirarme asombrada y me preguntó si es que yo deseaba hablar con algún clérigo. Para no llevar la conversación mucho más allá, le dije que era mi tía la que estaba interesada en esa información y allí acabó todo. Luego, en mi hogar, no pude evitar preguntarme qué hubiera ocurrido si le hubiera dicho la verdad. ¿Por qué no se la dije si mi acto era completamente inofensivo y no perjudicaba a nadie? ¿Por qué si alguien esnifa cocaína, bebe buenas dosis de alcohol o fuma marihuana prácticamente nadie le interroga sobre la motivación de sus actos y existe un silencio respetuoso hacia su comportamiento que, en muchos casos, es jaleado por su grupo de amigos y tratado como si fuera una hazaña juvenil como también lo son la infidelidad, la traición y el materialismo? ¿Por qué si alguien nos pregunta si tomamos alguna droga le respondemos que sí descaradamente y con orgullo y nos avergonzamos simplemente de dar a entender que, de tanto en tanto, acudimos a una iglesia a orar e intentar encontrar esa calma total y absoluta -divina- de la que esta agonizante sociedad del bienestar se encuentra completamente ajena? Shalam

يقرأ القراء المتحمسون دائمًا نفس الكتب

Los lectores apasionados releen siempre los mismos libros

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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