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Hace aproximadamente un mes, cientos de miles de ciudadanos contemplamos con una mezcla de espanto, morbo y asombro las imágenes de los terremotos de México D.F, Cuernavaca, Oaxaca y otras ciudades del país azteca. Leímos varias noticias, tal vez hasta viéramos algún reportaje dedicado al infausto siniestro y poco a poco, fuimos poniendo nuestro foco de atención en otros asuntos. Sin embargo, el impacto de una catástrofe suele multiplicarse y extenderse conforme transcurre el tiempo. Me atrevería decir incluso, que si bien los instantes durante los que ocurre el desastre son el epicentro del drama y suelen corresponderse con su punto más alto de tensión, la tragedia real y auténtica comienza días, semanas después. Cuando los supervivientes han comenzado a asimilar el golpe, han llevado a cabo el duelo por las víctimas y han recibido las primeras ayudas. Es habitual y norma de buena educación y salud mental lamentar las muertes producidas tras un desastre pero, en el caso de catástrofes naturales, mucho más importante es poner los medios adecuados para prevenir lo evitable. Porque cuando esas personas han fallecido poco se puede hacer por ellas más que llorarlas y despedirlas con respeto, agradecimiento y amor. Pasando a ser lo urgente y esencial por tanto, auxiliar a los que aún están vivos. Pues más allá de las espectaculares imágenes de los destrozos y las heroicas tareas de rescate, es entonces cuando realmente comienza el drama. Su primer capítulo. Y se abren lentamente, como ocurre en este caso concreto, las venas de un paisaje devastador y apocalíptico lleno de almas dañadas, traumatizadas y castigadas cuyas heridas, mucho me temo que les acompañarán durante toda su vida y en algún caso, será imposible cerrar.

Tengo una amiga, por ejemplo, cuyo hermano sufrió la caída de la mitad de su inmueble. El desastre le hizo perder un buen caudal de dinero que guardaba en efectivo en un cajón y no le permitió acceder a su hogar durante varios días. Pero lo peor es que, durante los días posteriores, debido a la zozobra y angustia que esta situación desdichada le provocaba -en esa casa tenía su ropa, obras de arte, recuerdos entrañables, etc- comenzó a llevar a cabo acciones extrañas: caminaba durante horas solo, pasaba las noches en bares observando estúpidos programas de televisión y se machacaba en el gimnasio desde la mañana hasta el anochecer. Hace varios días, mi amiga pasó varias días con él y pudo comprobar que, afortunadamente, su hermano había vuelto a recuperar sus constantes vitales habituales pero aún así, tenía secuelas psíquicas. Cada vez que escuchaba un ruido anormal -que podía proceder de la radio, el frigorífico o el motor de un coche- o sentía un movimiento extraño, perdía el control por unos instantes y la faz de su rostro cambiaba, pensando que podía deberse a un terremoto.

Otro amigo piscólogo me comenta que desde el terremoto ha multiplicado sus consultas. Las de pago y las gratuitas. Pues por solidaridad, se ha hecho cargo de varias personas que necesitaban atención urgente. Entre ellas, una señora de 80 años cuya casa fue destruida totalmente y no tenía, en principio, familiares cercanos a los que recurrir. La señora lo había perdido todo. Absolutamente todo, dado que no tenía más recursos que una pequeña pensión y ese inmueble era su única propiedad. Había estado allí viviendo varias décadas y lógicamente, gritaba y lloraba desconsolada pensando que no lo podría hacer más. Por indicaciones de mi amigo, fue internada rápidamente en un humilde sanatorio donde la tuvieron que sedar para conseguir dormirla pero durante los siguientes días, tuvo un sinfín de crisis de llanto y nerviosas que finalizaban con gritos y amenazas de suicidio.

Lo peor, en cualquier caso, no son estas dos anécdotas que ya de por sí son bastante indicativas de los miles de dramas que se están viviendo actualmente en México fuera del foco de las televisiones sino su continuación. El momento en el que a la solidaridad y a la fortaleza se le unen la estupidez, el egoísmo y la actuación muchas veces inoportuna del Estado. Esos virus habituales de la vida cotidiana que, en su momento, hicieron que una famosa cadena televisiva se inventara la historia de una niña atrapada entre los escombros de una escuela para conseguir más audiencia o el que determinados partidos políticos -necesitados de votos y un lavado de imagen- acapararan el reparto de alimentos y se jactaran de que fue gracias a su operativo que muchos supervivientes pudieron ser atendidos a tiempo.

Veamos: a pesar, por ejemplo, de que la destrucción de su condominio se produjo debido a una catástrofe natural, el gobierno ha exigido al hermano de mi amiga y a sus vecinos que aporten una cifra importante para reconstruir el edificio y muchos de ellos se niegan a pagarla. Por lo que el problema promete cronificarse o bien, resolverse de la manera más insolidaria posible. Es decir, haciéndose cargo de las obras de la comunidad y de las deudas de sus compañeros, los pocos propietarios que, hartos de vivir entre escombros, aporten las cantidades que se les solicitan. Algo, convendremos, absurdo y fatal.

Aunque el caso de la anciana ayudada por mi amigo psicólogo es aún peor. Su comportamiento se agudizó en los siguientes días pero a pesar de sus habituales crisis se pudo contener su comportamiento. Sin embargo, todo cambió cuando apareció una sobrina a la que sus enfermeros pudieron contactar tras muchos esfuerzos, ya que lo primero que hizo esta muchacha fue  sacarla de la residencia y llevarla a un pobre departamento donde ni siquiera había una ducha en condiciones. Mi amigo psicólogo no obstante, continuó ayudándola. Se ofreció incluso a pagar de su dinero varias duchas semanales en una pensión cercana aunque su dueño abusó de su posición puesto que cuando se cercioró de que estaba siendo ayudada psíquicamente por un funcionario estatal, elevó hasta cuatro veces el precio del uso de su baño. Pero más tremendo todavía fue lo que ocurrió después. Ya que, asesorada por su sobrina, la señora aseguró que iba a demandar a mi amigo psicólogo por haberse extralimitado en sus funciones y le dijo que si no deseaba que llevara a cabo su amenaza, debía ingresarle una suma de dinero en la cuenta bancaria de su familiar. En fin. Un trágico y repelente vodevil al que hay que sumar el reciente atraco llevado a cabo hace tan sólo unos días por una pequeña banda armada (un eufemismo para denominar a las ratas) contra los pacientes del sanatorio donde estuvo internada la pobre mujer, aprovechando que los guardias de seguridad se encontraban recogiendo los escombros caídos de un edificio cercano.

Citaré una última anécdota para tomar conciencia de la tragedia real. La que emerge semanas, meses después del primer epicentro. Días atrás, aparecían en televisión varios políticos satisfechos comunicando que se habían llevado toneladas de alimentos para las sufridas víctimas de los terremotos de Oaxaca. Sin dudas, una gran noticia. Pero mi amigo psicólogo me advertía de que, una vez alimentados aquellos niños, habían comenzado a surgir nuevos problemas tan agudos como el hambre. Muchos se sentían desorientados y abúlicos por no poder volver a sus hogares. A pesar de su corta edad, su memoria afectiva estaba unida a un espacio concreto y no poder acceder a él, les afectaba decisivamente en su nivel de autoestima haciéndoles caer en crisis de ansiedad e inseguridad. De hecho, a pesar de poder comer caliente durante varios días, su rictus de tristeza no desaparecía de su rostro. Había convertido a las escuelas en lugares sin risas. Un hecho que respondía a un trauma concreto: todos ellos habían perdido sus juguetes. Muñecos, coches, disfraces que formaban parte de su alma habían desparecido para siempre dejándolo más huérfanos aun si cabe. Pues al fin y al cabo, ¿qué es un niño sin juguetes y una infancia sin juego? ¿Podemos ciertamente imaginar cómo nos sentiríamos si alguno de nosotros hubiera sufrido una tragedia de esa magnitud a tan corta edad?

En fin, realmente, no se me ocurre una imagen mejor que defina el terremoto real y simbólico que se ha producido en México este último mes: un niño con las manos vacías. Mirando hacia cualquier lado. Medio desnutrido e incapacitado para jugar. Sin un balón en sus pies o un muñeco al que hablar o vestir. Triste, solitario y reconcentrado, forzado a crecer en un medio social donde la imagen del presidente Peña Nieto y cualquiera de sus secuaces no cesa de aparecer y al otro lado de la frontera, decenas de cientos de kilómetros más allá, emerge desafiante la silueta de un tal Donald Trump. Shalam

                                                    إنَّ هَذا الشِّبْلَ مِنْ ذَلِكَ الأَسَدِ

Los espíritus vulgares no tienen destino

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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