La guerra del cerdo (1)

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Hay novelas que nos seducen por su título. Da igual de lo que hablen. Diario de la guerra del cerdo es una de ellas. Aunque a la de Bioy Casares no le hace falta un reclamo tan apabullante teniendo en cuenta que su argumento es aún más sugestivo:  un enfrentamiento a vida o muerte entre jóvenes y viejos.

Recuerdo leerla hace casi dos décadas en una o dos noches fascinado por su ritmo y las locuras que leía en ella. Al fin y al cabo, cuando un muchacho mata a un anciano está anticipando su propio asesinato futuro. Así que básicamente la novela se ocupa de nuestra total autodestrucción.

Un día, en cualquier caso, profundizaré en esta obra que con tanta visceralidad refleja esa ceremonia de entronización juvenil (unida a un desprecio por la sabiduría senil) que se ha producido en las últimas décadas y las razones por las que Bioy Casares pudo escribirla. Hoy no deseo hacerlo. Simplemente la he citado porque estoy pensando en abrir un pequeño diario sin orden ni forzosa continuidad -lo mismo escribo una o dos entradas que veinte o ninguna más que ésta- sobre mis experiencias con las mascarillas. Algo muy breve y sencillo donde poder informar con un tono aséptico y objetivo de ciertas experiencias que todos vivimos actualmente, las cuales hace poco más de un año nos hubieran parecido ciencia ficción y ahora estamos peligrosamente normalizando. Forman parte ya de nuestra vida cotidiana.

Quiero aclarar, eso sí, que no estoy ni a favor ni en contra del uso diario de las mascarillas. Un año después sigo sin saber demasiado del coronavirus. (¡Ruego que levante la mano quien tenga certezas absolutas sobre este tema!) No soy de los que está en contra de la vacuna con todo su alma pero tampoco de los que piensan que es el remedio absoluto para nuestros males. Vivo en completa perplejidad. No tengo miedo de contagiarme pero tampoco soy un suicida y continúo tomando las protecciones necesarias. Así que ruego que no se consideren las siguientes líneas como un alegato irresponsable para romper las normas sanitarias. En realidad, no pretendo con ellas nada más que dar unas cuantas pinceladas sobre esta nueva normalidad que ni rechazo ni acepto. Simplemente no la comprendo. Ya creo que nos ha acabado superando a todos. Ahí las dejo.

                                       La guerra del cerdo

1. Desde que hemos de caminar con mascarilla, prefiero no salir de casa en la medida de lo posible. Generalmente, voy a un bar situado a cien metros de donde vivo e intento no moverme. La vida ha perdido color y sabor. Incluso los días soleados son grises. Las personas parecen autómatas. Robots. Intentan no acercarse unas a otras y si lo hacen, es fácil detectar o bien el miedo o bien la ira en sus miradas.

2. Hoy, en mi habitual trayecto de mi casa al bar donde suelo tomar café, me ocurrió lo siguiente:

2a) Me crucé con una muchacha que estaba corriendo. Me dio mucho gusto ver a una persona haciendo deporte. Aunque, cuando me rebasó, comprobé que llevaba una mascarilla puesta. Me pregunté a mí mismo cómo es que podía respirar. Durante unos instantes, me imaginé cómo sería la experiencia de correr con un pedazo en la tela en la boca y me agobié intensamente. Tuve que detenerme por varios segundos. Sentí un agobio agudo y ganas de vomitar. Mientras tanto, la chica se alejaba corriendo a buen ritmo, ajena a mi estado emocional.

2b) A medio camino del bar, hay un comercio multiusos. El joven que lo maneja se encontraba en la puerta. Lo saludé, me saludó y a continuación me gritó. Me dijo que yo estaba usando una mascarilla sin homologar. Es la primera frase que me dirige en varios meses pues no he tenido necesidad, durante los últimos tiempos, de comprar ningún artículo en su tienda. Me sorprendió por cierto lo que me indicó porque, hace una temporada, leí en alguna parte que el tipo de mascarilla que yo suelo llevar (comprada en una ferretería) era muy útil para no contagiarse de coronavirus. Tal vez ya no lo sea o puede que nunca lo fuera.

2c) Disfruté de una conversación en la terraza con el dueño del bar sobre los últimos acontecimientos deportivos. Cuando fui a pagar, me acerqué a la barra. La charla seguía y, apasionado, me senté durante unos minutos en una silla. Instantes después, la mujer del dueño me pedía por favor que me alejara del mostrador porque podían multarme. No lo hizo bruscamente sino con delicada firmeza, pero su advertencia acabó de golpe con el diálogo. Dejé las monedas y me fui a casa. En el camino de regreso no vi a nadie. Shalam

الخوف يجعلك مؤمنًا

El miedo lo vuelve a uno supersticioso

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….bañera surrealista usada en la pelicula «molokai la isla maldita»-1959……
    2ºimagen:…..buen ejemplar de orejas horizontales (david lynch)………..
    3ºimagen:…inadmisible….mejor seria la escultura de esta situacion pero sin cabezas….aire = gas letal zyklon b…
    4ºimagen:…..un dato es suficiente para identificar lo retratado………….
    5ºimagen:…..un poligono que sustituye a la naturaleza……y el otro dato identifica a «cirujana de compostela»…
    PD:…..es necesario que comercialicen las mascarillas transparentes = sonrisa de la 1ºimagen…….
    https://www.youtube.com/watch?v=425GpjTSlS4………una gran vacilonada……r&tamla-1961………

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) No conocía la película Molokai. Pero sí que encaja con la tortura oriental. 2) Cabeza borradora 5. 3) Mascarilla light. Toma margarina y usa mascarilla 4) ¿Le pondrán una mascarilla a estatuas de Julio Cesar y Octavio en Roma? 5) La joven de la tuerca. PD: clásicos para vender yogurth, medias y coches

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