La mierda

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Algún día, supongo que echaré la vista atrás y miraré con bondad esta etapa de mi vida en Xalapa. Me encontraré en otra situación, se habrán cicatrizado unas cuantas heridas y valoraré estos años como los que me convirtieron definitivamente en el escritor que deseaba ser. Pero no es este el caso ahora mismo. Actualmente, sufro las consecuencias del maremoto neoliberal español y la corrupción y abuso de poder típicas del país mexicano -es decir estoy atrapado entre dos mundos que, debido a la ceguera omnipotente de sus dirigentes, cierran puertas, excluyen y son intolerantes- y realmente, a veces cuesta levantarse. Seguir en pie. Esta semana se ha descubierto algo que aquí, en este país americano, casi que pasa por normal: que un grupo de estudiantes que protestaba contra los abusos de un gobernador fueron quemados y enterrados vivos. Y mientras, en España, un país donde el suicidio y la cárcel son ya opciones viables y recomendables para soportar la situación económica, se continúan descubriendo más casos de corrupción, se inhabilita a un juez que deseaba ponerlas de relieve y se produce un contagio de lepra, ébola o peste -váyase a saber- en uno de esos hospitales destrozados con una mezcla de saña, inconsciencia, crueldad, frialdad, alegría e intereses económicos por la panda de psicópatas que nos gobiernan.

En fin, todo esto lógicamente sería más o menos soportable para mí si estuviera trabajando con normalidad en la Universidad Veracruzana. Pero no es así. Me encuentro viviendo en el absoluto vacío por causa de un error de la anterior administración y el egoísmo y ausencia de empatía del abogado que me defiende. Quien me aseguró una y mil veces que la demanda que, impotente, decidí poner, no llegaría jamás a los despachos de la Universidad si conseguía resolver la situación dialogando con ellos, como así estaba haciendo, cuando les llegó el requerimiento judicial y todo estalló por los aires para siempre. Lo cierto es que a pesar de la incompetencia de este abogado, yo estaba abierto al diálogo y hubiera retirado la demanda si la rectora me hubiera llamado para entablar una conversación que solicité por varios medios. Pero esto nunca sucedió. El poder es inhumano, destroza vidas e ilusiones y si alguien se atreve a clavar una aguja en sus piernas, responde con indiferencia e intolerancia. Defendiéndose y enroscándose como una alimaña o serpiente en torno a su propia mediocridad. Ofendiéndose de tener que ajustarse a ley después de haber arrojado unas cuantas bombas en el campo de batalla del enemigo. Creando, si es posible, más miedo y presión. En resumen, mostrando la inmensa montaña de mierda y mediocridad de la que surge. Pues al fin y al cabo, las personas que lo ocupan se encuentran allí debido a determinados intereses y no tanto a un brillante expediente académico que si lo poseen, no deja de ser una excusa para engañar a los mansos e inocentes. A “la opinión pública”, utilizando la terminología política.

A esto hay que unir, además, que tengo cerradas las puertas de otra gran institución cultural de la región puesto que se encuentra en manos de un gran hipócrita redomado que no ha dicho una verdad en su vida y vendería su alma al diablo para obtener aunque sea un gramo de reconocimiento para su ego dañado. Ok. Esto en cierta medida es normal porque sucede en todos los lugares. Salvo contadas excepciones, la mayoría de personas que ocupan puestos de poder, son gente sin escrúpulos. Pero se da el caso también en México de que un buen número de las personas que dirigen instituciones culturales e incluso editoriales tienen una actitud muy parecida a la de esos políticos. Es decir, si bien se presentan con una actitud dialogante ante el público, en realidad mienten tanto como los políticos. Están educados como machitos. Son egoístas, únicamente atienden su interés y no conocen la empatía. Lo que importa y vale son sus cojones y su bienestar y lo demás, no importa si no se aviene a sus intereses o deseos del momento. Y probablemente no es tanto esto una falla suya sino de la educación recibida. Ellos, al fin y al cabo, lo único que hacen es realizar una “sana” adaptación al medioambiente, como podría decir Darwin.

 Yo estoy más o menos preparado para luchar contra el poder y escribir. Pero no para combatir contra quienes deberían ser nuestros cómplices: los editores. No para dialogar con editores que tienen una actitud de rockstars y parece que piensan que los escritores dependemos de ellos y debemos ir detrás de ellos y rogarles para publicar sus libros en sus benditas editoriales. Y esto lo he experimentado ya varias veces en México como para pensar que es una paranoia mía, un mero dislate o algo circunstancial. Al contrario, es algo estructural personal y social. Una marca de comportamiento que suelen tener la mayoría de personas que tienen cierto poder probablemente por una mezcla de inconsciencia, complejo de inferioridad e impulsos egóticos desmedidos.

La semana pasada, sin ir más lejos, le regalé un ejemplar de Martillo a un editor supuestamente independiente con quien deseaba hablar sobre El jardinero y otras novelas. Me citó a una hora en punto en el hotel donde se albergaba, según me dijo, para dialogar con total tranquilidad. Y ¿qué sucedió? Que finalmente no fue. No acudió a la cita. Le llamé en dos o tres ocasiones a su teléfono pero no devolvió la llamada ni envió mensaje alguno. Bueno. Lo cierto es que me interesa publicar en esa editorial, sí, pero hay miles. No es la única. Sin dudas, aceptaría un no de la boca de este señor con deportividad y tranquilidad. Entonces, ¿Por qué se comportó así? Yo no lo presioné en exceso y acepto cualquier negativa. Pues ahí es donde vamos. Actuó de este modo porque así podía probar y mostrar su poder. Porque en ese momento, probablemente no le apetecía hablar conmigo o vaya usted a saber qué. Pero desde luego, primó por encima de todo su propia comodidad. Entendió que sus cojones eran más grandes que los míos y que yo aún no soy conocido en el mundo de la literatura y obró en consecuencia. No creo ni siquiera que aquí importase mi libro sino su ego. Como ya he dicho, su comodidad. Y ahí radica la monstruosidad del poder. Su indecencia. La desconfianza eterna que me produce. En el hecho de que, por ejemplo, a este señor le interesaba más demostrar que era en cierto modo un rey y yo dependía de él, que el propio libro, la escritura. Ni siquiera se dio la oportunidad de charlar conmigo para descubrir si estaba ante un impostor, un pesado o un verdadero escritor. Eso no importaba. Sólo el poder y los cojones y las mentiras. Las señales del macho Alfa. El sendero, en el fondo, de la brutalidad y la mediocridad pues, al fin y al cabo, ese estúpido utiliza la editorial como un empresario un equipo de fútbol: para conseguir prestigio, entrevistas que no podría obtener de otro modo. Para alzarse por encima y distinguirse de sus contemporáneos.

En fin, hace unas semanas, el escritor Marco Tulio Aguilera me comentó que ser escritor es encontrase solo frente el mundo. Pero realmente no sé si esto es ya excesivo. Porque si además, los escritores tenemos que luchar contra los editores, ¿qué nos queda? Bueno. Sí. Los libros. Continuar escribiendo pase lo que pase y el éxito y reconocimiento que tengamos hasta la muerte y más allá de la muerte. Pero, convendrán conmigo, que es triste, muy triste observar tan de cerca la mierda. Aunque no sé de qué me sorprendo. Sólo hay que mirar con cierta distancia este mundo para comprender situaciones así. ¿Qué se puede esperar de una sociedad en la que no importan los muertos y heridos sino los gastos que estos puedan generar al hospital y donde no importa el bienestar de los ciudadanos sino el de los bancos? Muy poco o prácticamente nada. Algo realmente traumático y frustrante a lo que no creo que pueda acostumbrarme jamás.

De hecho, de esta raíz infecta plagada de mierda surge Ruido. Una novela que me parece cada vez más necesaria. Sin cuya escritura no habría podido vivir ni resistir en pie los pasados meses. Y que si en parte, en principio, me pudo parecer demasiado dura, ahora no sé si hasta tal vez sea un poquillo blanda. Ok. Yo puedo razonar y mantenerme cuerdo ante todas estas circunstancias, seguir sobrio y apuntar a posibles soluciones, pero mi personaje no. Y me alegro que así sea porque, parafraseando sus palabras y actitudes, alguien -no sólo Thomas Bernhard- tiene que cortarle la yugular y escupir en el rostro de estos puercos de una puta vez. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Los ladrones tendrán tiempo para descansar; los vigilantes jamás

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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