Mi muerte

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Como la mayoría de personas que conozco, he estado en varias ocasiones a punto de morir y es por ello que, de una u otra manera, creo en Dios o al menos en la predestinación. Venimos a cumplir una misión y mientras no la completamos; mientras no es seguro que hemos logrado finalizarla o por el contrario, hemos tirado la toalla y nos hemos alejado totalmente del plan original, no nos vamos de aquí. No pasamos a otra dimensión.

La primera ocasión fue la más leve de todas, pero dejó una fuerte huella. Tuvo una gran importancia. A mis 18 años, soñaba con comprarme una chopper. Una motocicleta con la que emular el estilo de vida rockero y viajar libremente rumbo a conciertos por toda España contemplando el paisaje con la calma y majestuosidad de las águilas y el aplomo con el que lo hacían los rocosos protagonistas de Easy Rider. Una gozada juvenil que prometía convertir monótonas tardes en épicas odiseas de carretera.

El mayor problema radicaba en que yo no era un buen conductor. Apenas poseía experiencia. No sé si era exactamente torpe pero mis prestaciones eran mínimas. Aunque, debido a mi entusiasmo, tras cinco intentos, superé las pruebas, obtuve el carnet y, poco tiempo después, compré el mítico vehículo: una Yamaha Special 250 cc.

 

Debo reconocer, eso sí, que cuando la saqué del concesionario y escuché el motor, lo hice con miedo porque, durante aquel año, había tenido un trío de sueños que no auguraban nada bueno. En uno de ellos, caía por un barranco montañoso mientras la conducía. En otro, me estrellaba contra una pared. Y pocos días antes de adquirirla, tuve otro en el que saltaba por los aires. Lamentablemente, no escuché las señales. Era muy joven y mi deseo de recorrer nuevos territorios era mayor que mi prevención. Durante mi primer viaje, camino a Granada, ya tuve mi primer aviso. Resbalé en una curva, me rasgué la piel de un pie y tuve que visitar un ambulatorio para ser auxiliado. No obstante, yo era demasiado osado y continué conduciendo a marchas forzadas hasta que una mañana, mientras intentaba adelantar a un camión, el viento alzó mi casco (que no se encontraba bien abrochado) de la barbilla hacia los ojos, perdí completamente la visión y la orientación y caí sobre un terreno de gravilla al margen de la carretera. Minutos más tarde, con la rodilla abierta, lágrimas en los ojos y aullando como un lobo herido, estaba goteando sangre en el automóvil de un desconocido que, a toda velocidad, me condujo a un hospital donde, tras realizarme un injerto y suturar mis heridas, (afortunadamente, no me fracturé ningún hueso) estuve recuperándome durante dos semanas.

Dos días después del accidente tocaban ni más ni menos que los Guns N’ Roses de la era Illusions en Madrid. Algo que en aquella época era casi como encontrarse con el Papa para un creyente. Yo tenía entrada pero lógicamente no pude asistir. Me encontraba por ello doblemente triste y confundido. Viéndome tan abatido, mi madre decidió comprarme unos cuantos libros con la intención de hacerme atravesar el tiempo de hospitalización de la mejor de las maneras. Me trajo de una librería un catálogo de la editorial Anagrama y elegí -dejándome guiar por la portada y el resumen- tres novelas cuyos autores desconocía, pero que me marcarían para siempre –Los subterráneos, de Jack Kerouac; La conjura de los necios de John Kennedy Toole; y Wilt de Thom Sharpe- a las que se uniría una semana después, La hoguera de las vanidades. El libro de Tom Wolfe.

¿Qué puedo decir? Realmente, disfruté tanto aquellas lecturas en las que, dadas las circunstancias, me pude concentrar sin distracciones, y me vi obligado a realizar tantos esfuerzos para recuperarme, que tuve desde entonces muy claro a lo que deseaba dedicarme el resto de mi vida: a la literatura. Así que, finalmente, aquel accidente fue probablemente un acontecimiento afortunado, un aviso divino porque, como aquellas pesadillas reflejaban, la vida salvaje y nómada de los moteros y los rockeros no era desde luego para mí. De hecho, si puso algo de manifiesto con absoluta claridad no es más que la verdadera ruta que debía comenzar a recorrer y los paisajes que tenía que visitar se encontraban entre las páginas de los libros. Lejos en la medida de lo posible de los arcenes de las carreteras y los camerinos llenos de drogas de los rockstars a quienes, desde entonces, seguiría con admiración a distancia. Soñando, eso sí, poder narrar sus hazañas o hablar de sus discos con la destreza épica con la que lo hiciera Homero de los héroes griegos. Shalam

عندما يكون شخص ما غير قادر على الضحك على نفسه ، فقد حان الوقت للضحك عليه

Cuando alguien no es capaz de reírse de sí mismo, ha llegado el momento que se rían de él

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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