Liberarte

0

Lo diré de una vez, estoy destrozado. Con un nudo en la garganta. O bueno, sin exagerar, estoy triste. Con cierta nostalgia y pesadumbre. Sí. Como un torero al otro lado del telón de acero, un cantor de barrio sin guitarra que rasgar o un suicida que no encontrara una cuerda con la que ahorcarse porque la pasada semana me comunicaron que cerraba el que es para mí, uno de los más grandes símbolos culturales de la ciudad de Buenos Aires: Liberarte.

Sí. Lo sé. No se cayó el obelisco ni decidieron tirar al suelo la Bombonera o el Monumental y -que se sepa- la Casa Rosada continúa en pie. Pero para mí, esta noticia tiene mucha más importancia. Porque sin Liberarte, ese centro artístico donde decenas de lobos aullaban en libertad sobre cine, fútbol y literatura, ni la calle Corrientes ni Buenos Aires serán nunca más lo mismo. Al menos para mí. Por ello apenas he podido formular palabra en los últimos días a este respecto y siento como si algo en mi corazón se hubiera perdido y quebrado para siempre. Como si hubiera envejecido de golpe dos décadas. Y estuviera hoy mucho más cerca de enfrentar a la dama de la guadaña y rendirle cuentas de una vez. ¿Por qué? Es difícil explicar a alguien que no tuvo el gusto de tomar mate allí con Felipe, Ricardo y Cachi, el ambiente que se respiraba en aquel videoclub a cualquier hora. Liberarte -su nombre lo indica- era un centro libertario cuyas paredes se encontraban repletas de libros clásicos, discos de tango y Charly García, películas de arte y ensayo y afiches de los más variados equipos del fútbol local. Un espacio donde prácticamente todo estaba permitido y se escuchaba hablar de Theo Angelopoulos o Abbas Kierostami, un cuento de Jorge Luis Borges, una representación teatral de una obra de Gustavo Puig, o la enésima vuelta al ruedo de Sandro con la misma soltura y fluidez que en los mercados se intercambia la fruta por dinero o con la que los medios de información manipulan cualquier noticia. Casi con idéntica destreza con la que Diego Maradona jugaba con una naranja entre sus pies sin permitir que se cayera al suelo en los entreactos de sus partidos en Nápoles.

El primer mes que pasé en el gran Buenos Aires durante el octubre del año 2002 fue espectacular. Vi marcar un gol a Carlitos Tevez nada más pisar la Bombonera, acaricié con mis manos un bastón en el que solía apoyarse Jorge Luis Borges cotidianamente, leí a Roberto Arlt entre arrabales, cerca de los descampados de la Costanera, contemplé frente a frente lienzos de Antonio Berni y Xul Solar, caminé por hipódromos con la mirada perdida, asistí a espectáculos de tango que me retrotraían a principios de siglo y me devolvían imágenes de aquellos barcos de los que bajaron tantos emigrantes italianos, españoles soñando con una nueva tierra prometida, y me di un festín de libro y películas inencontrables -hablamos de un tiempo en que internet todavía no estaba tan desarrollado como ahora- entre miradas de reojo a mujeres de una impresionante belleza que parecían tener poderes especiales en su mente y hablar cotidianamente como lo hacen los poetas y las sirenas. Una delicia, sí.

Pero recuerdo que hubo una frontera límite. Un domingo a la tarde estaba saboreando  unas facturas con leche en una cafetería situada en Pueyrredón y Viamonte cuando sentí que caía sobre mis hombros el peso de esa gigantesca ciudad. Me sentí, sí, solo. Incapacitado de compartir mi experiencia con alguien. Puesto que aunque había conocido muchachos encantadores que danzaban por las calles, volaban y se volvían transparentes cuando se los interrogaba sobre sus vidas, todavía no había dialogado frontalmente con ninguna persona acerca de mis proyectos, sentimientos e inquietudes en la Sodoma americana. A los pocos minutos, comencé a caminar y fue así, aullando entrecortadamente y sintiéndome un extraño entre aquellas capas de cemento donde tantas aventuras (y alguna desventura) me restaban por vivir, que llegué a un local situado en la calle Corrientes enfrente del Centro Cultural San Martín: Liberarte. Creo que Felipe estaba en esos momentos festejando un gol de Independiente, Julio se lamentaba por ello y Cachi los contemplaba divertido mientras tomaba un sorbo de la bombilla de mate; y que sonaba de fondo la voz de Cesária Évora y un mar de humo se diluía entre carátulas de películas de Pier Paolo Pasolini o Roberto Rossellini. ¿Fue así, ocurrió verdaderamente como lo estoy contando? Tal vez sí o tal vez no. Pero debió de suceder de una manera parecida. No sé si le pregunté por alguna película de Alejandro Jodorowsky a Felipe o lo hice sobre sobre otra de Eric Rohmer, si llegué a decirle que estaba en aquella ciudad con el objeto de documentarme para la realización de un ensayo sobre la obra de Ernesto Sábato o si me quedé mirándolo como un lobo que reconoce otro lobo y ha encontrado su guarida. Lo que sí recuerdo es que, sin darme cuenta, a los pocos minutos estaba hablando en confianza y con total desparpajo con aquel muchacho que tanto se parecía a Jean Pierre Leaud y que desde entonces, supe que había una cueva, un oscuro paraje donde siempre tendría las puertas abiertas, una vela encendida y alguien esperándome.

El resto forma parte de la historia. Porque desde aquella tarde en que entablé conversación con Felipe, Buenos aires dejó de ser una ciudad ajena por la que me encontraba fascinado para convertirse también en mi ciudad. Una urbe en la que vivían seres que me importaban, no me eran ajenos y entretejían su vida con la mía como si estuviéramos forjando una tela de araña sin preocuparnos por cuál era la finalidad de aquella trama. ¿Qué más puedo añadir? Allí me sentí comprendido. Me sentí dichoso. Dialogué con seres de todos los pelajes y calañas y siempre me sentí respetado, a gusto, entre animales de mi misma especie. Alquilé películas gloriosas, aprendí a cebar mate, a sortear como un centrocampista habilidoso las trampas del lenguaje porteño, a ser feliz como sólo un lugar donde la gente es auténtica y de verdad puede serlo. ¡Dios! ¡Qué recuerdos! ¿Será cierto que nunca más voy a tomar mate allí con uno de aquellos anfitriones de la contracultura y el relajo? ¿Cómo no voy a tener una lágrima en mis ojos? ¿Será entonces cierto que en esta vida únicamente estamos de pasaje y que lo mejor es no atarse ni aferrarse a nada ni a nadie? ¡Diosssssssss! ¿Por qué todo lo que tiene que ver con Argentina, sus mujeres, sus equipos de fútbol, sus músicos, sus cineastas, actores, prostitutas, amigos, videoclubs, cantantes, no sé, incluso sus calles podridas de escoria por lo general siempre consiguen ponerme nostálgico, conectarme con mi lado oscuro?

Fue allí, en Liberarte donde junto a Richie monté un videoclip con el que abriría la presentación de mi tesis con banda sonora de Charly García: “Los dinosaurios”. Lo hice para mostrar al jurado que debía juzgarme, que allí, en aquel país del sur, todo podía desaparecer en cualquier momento. Desde las personas hasta la tierra la comida o los dólares y los pesos y los sueños de grandeza. Y a fe que como lo acabo de experimentar, es verdad. Porque si Liberarte ha desaparecido, ¿qué puede quedar allí, en el país de Julio Cortázar y Enrique Santos Discépolo y Roberto Marechal y Héctor Murena en pie?

Hace una semana, volví a ver el enorme film con el que Sergio Leone se despediría para siempre del cine, Erase una vez América, y no puedo evitar hoy identificarme con el personaje que interpreta con calma y contención, casi con sobriedad, Robert De Niro. Sí. Me imagino como él, volviendo veinte años después a esa ciudad, recorriendo los barrios donde amé, lloré, peleé y me formé y hasta crecí un poco y no puedo evitar entristecerme al comprender que tal vez sólo encontraría fantasmas, departamentos vacíos, solitarios en donde algún borracho entonaría un viejo tango. O peor aún, podría darme de bruces con una pizzería o un restaurante o una tienda de moda en lo que fue una grandiosa reserva cultural (y también política) para esa ciudad: Liberarte.

Si. Sé que la energía se transforma. Que todo fin implica un nuevo comienzo. Que no hay que mirar atrás excesivamente. Pero hoy no tengo más remedio que hacerlo puesto que la próxima vez que camine por la calle Corrientes no podré refugiarme en Liberarte. ¿Alguien se puede extrañar que Gustavo Cerati también eligiera irse al otro barrio la pasada semana? No creo que sea en absoluto casual. Las noticias tristes nunca llegan solas. Lo suelen hacer en compañía. Y es lógico que dos grandes símbolos de esta ciudad decidieran partir en las mismas fechas. Pocos meses después de la dolorosa derrota de la selección nacional argentina ante Alemania en la final de un Mundial aburrido y oneroso. Tanto o más que lo fue el de 1978. Aquel circo que organizó Videla.

En fin. Ok. Sí. Tampoco es para tanto. Probablemente lamento mucho el fin del videoclub porque en el fondo, su marcha me muestra con radical claridad que estoy envejeciendo e irremediablemente partiré. Pero, más allá de estas consideraciones, es innegable que somos muchos los que vamos a añorar Liberarte. Los que somos conscientes que con su cierre, se nos va un trozo de vida y parte de nuestro corazón que siempre recordaremos. Por lo que hoy sólo se me ocurre decir aquello de “Hasta siempre Liberarte y todos aquellos hermosos momentos que viví contigo. Te llevamos en el alma y el corazón. ¡Cuánto te vamos a extrañar! Por supuesto que en el cielo y en el infierno y allí donde vayamos te pensamos alentar”. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

 La mitad de la alegría reside en hablar de ella

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo