Los auriculares de Darth Vader

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Como he repetido varias veces, no sólo me gusta combinar sonidos sino también lecturas. Acabo de terminar de leer El odio a la música de Pascal Quignard, libro que comencé hace un mes, y he de reconocer que merece la pena y, por momentos, se me antoja fascinante. Me parece, desde luego, muy meritorio que haya tenido alguien la valentía de escribir un texto así. Una suerte de aforismos narrativos que tienen como referente el medio musical, a veces simplemente como excusa para recorrer otro camino o indagar en ciertas percepciones: roces, espasmos, mutilaciones sonoras.

El texto late imprevisiblemente. No se sabe nunca por dónde caminará. Quignard nos guía a través de varios siglos y personajes históricos, no tanto explorando la relación que cada uno de ellos tuvo con el sonido sino más bien examinando de manera libre, impresionista, cómo el ruido, la música, todo aquello que puede ser escuchado -desde el canto de los grillos o el gallo hasta el crujido de una puerta oxidada- condicionó algunos de sus comportamientos. Pero, en realidad, mi definición o análisis no es muy exacto. Posee ciertas carencias. Como no podía ser de otro modo, teniendo en cuenta el contenido del texto. Una creación que indaga en la manera en que los ascetas del desierto superponían el ritmo respiratorio al latido del corazón cuando pronunciaban el nombre secreto de Jesús; cómo la alta fidelidad de nuestros reproductores de música actuales colabora con el deseo de las sociedades occidentales de negar la muerte; la forma en que los nazis utilizaron el sonido para sus torturas; e indaga y explora a través de los más imprevisibles vericuetos, en los componentes hedonistas de lo sonoro.

Lo cierto es que el libro me ha hecho preguntarme qué es lo que pensaría Quignard de la necesidad -ya aludida- que tengo de combinar varios discos para escribir. Aunque por lo que sea, no me importa ahora recorrer tanto esta ruta como transitar otra abierta por mi particular manera de leer. Pues dos horas después de terminar su sugerente poema en prosa, he concluido otro. Me refiero a El laberinto del mal. Un tomo de la saga Star Wars escrito por James Luceno que comienza justo tras el final de La guerra de los sith.

He de reconocer que la novela es un tanto decepcionante. Sin ser yo un fanático absoluto, tengo que confesar que disfruto bastante con los films -sobre todo, los clásicos- dedicados al culto jedi. Pero el texto de Luceno no me termina de convencer. Se nota en exceso que está construido para satisfacer la curiosidad del público deseoso de saber cómo reacciona la galaxia cuando descubre que Anakin Skywalker está vivo y se encuentra a las órdenes de Palpatine o, mejor dicho, Darth Sidious. Además de para satisfacer nuestra curiosidad en relación a lo que sucede con los jedis tras el ascenso al poder de los Sith.

Los momentos de interés no son muchos. Y se reducen, bajo mi punto de vista, a los que muestran la tensión y rivalidad entre Darth Vader y El Emperador. Ni el uno ni el otro confían totalmente entre sí. Ambos tienen perspectivas diferentes sobre la forma de actuar respecto a los jedis que han sobrevivido a la purga. Todavía quedan pequeños rasgos del antiguo Anakin en el nuevo aprendiz del mal. Y ciertas dudas corroen su mente, aumentando nuestro deseo de conocer más detalles sobre esta alma torturada.

Satisface un poco nuestra curiosidad, asimismo, saber cómo es que la princesa Leia es protegida de Darth Vader y sus lacayos o seguir a Obi wan Kenobi en Tatooine, velando de lejos por la vida del niño Luke. Pero, en esencia, el libro es decepcionante. Meramente ilustrativo. Un texto tan planificado de antemano que carece de emoción. De vida. Parece la mano artificial de un robot clon. Y es que se nota en exceso que no han existido prácticamente alternancias ni ondulaciones cuando era escrito. En esencia, por tanto, es meramente informativo. Podríamos leer un pequeño resumen sobre su contenido en pocas líneas y no perderíamos demasiado. No hay experiencia ni banquete literario ni vida entre sus páginas.

Sin embargo, como lo he concluido justo tras terminar el mencionado tratado de Quignard, no he podido evitar hacerme ciertas preguntas, que tal vez expliquen mejor algunos de los lugares adonde me conduce el disfrute de varios textos a la vez. Porque en vez de lamentarme por el tiempo dedicado a una novela decepcionante, he comenzado a hacerme ciertas cuestiones de este cariz: ¿Qué es lo que escuchaba Anakin Skywalker cuando se le estaba colocando su célebre armadura o traje artificial? Seguramente, se encontraba inconsciente. Ok. Interroguémonos entonces acerca del primer sonido que percibió al comprender que siempre, hasta el fin de su vida, estaría unido a su armazón. ¿De qué forma y manera comenzó a escuchar sus propios pasos, movimientos y respiración? ¿No se sintió al oírse por primera vez hablando a través de la máscara como si fuera un “otro”? ¿Cómo se percibe la voz de Darth Vader siendo Darth Vader? ¿Puede ser interpretado en parte su gesto de ayuda a su hijo Luke antes de morir, un acto de liberación de su monstruosa voz?

Reconozco que todo este tipo de cuestiones, realizadas bajo el influjo del mencionado texto de Quignard, pueden caer muy fácilmente en lo paródico. Pero realmente disfruto haciéndolas, y su número no se agota, sino que crece constantemente. Veamos varios ejemplos: ¿Se escuchan y modulan las palabras de la misma forma en todos los planetas de la galaxia? ¿El atractivo e interés de R2-D2 no radica posiblemente en su capacidad de emitir sonidos indescifrables? ¿Cómo oyen las palabras de los seres vivos, los jedis fallecidos desde esa especie de limbo en el que se hallan? ¿Las escuchan de forma clara o al contrario, entrecortada? ¿El Consejo Jedi puede identificar a uno de lo suyos además de por su relación con la fuerza por el tono de voz?  ¿No será cierto que una voz bien modulada es una señal clara de que una persona se encuentra en contacto con la fuerza? ¿Valoraríamos igualmente esta epopeya galáctica de no ser por la música de John Williams?

En fin, podría obviamente continuar, pero no lo haré. Más bien, creo que continuaré combinando nuevos discos y textos para volver a perderme en esta orgía artística donde vivo habitualmente, en la que el goce y el disfrute nunca cesan. Algo que para mí está relacionado, en cierto modo, con la manera en que me acerco a la música, cuanto más abstracta y sensorial, mejor. Puede que porque así imagino yo el rostro divino: sensible, amable y con una boca enorme, de la que surgen melodías sin cesar siempre inéditas que hacen que el tiempo de la eternidad se me haga breve. Tanto como el que paso, combinando, mezclando sonidos. Un tiempo que no quisiera que finalizara nunca y en parte, jamás terminará. Pues como Pascal Quignard afirma: la “música viene de un mundo más antiguo que el lenguaje. Estuvimos sometidos a la audición desde el vientre de nuestras madres y no podemos manejarlo. No podemos cerrar la escucha, no podemos cerrar los oídos … es como si no tuviéramos párpados”. Shalam

 الاِنْسان عدو ما يجْهل

 Quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una explicación

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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