Maleficio

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Avería no nació como un blog de actualidad. La mayoría de textos que escribo aquí, los redacto pensando que ya estoy muerto. Son agradecimientos a los artistas que me hicieron feliz. Avería no se encuentra escrito por una persona viva sino por alguien que vivió. Muchos de los párrafos se encuentran dirigidos a personas que aún no han nacido. Son cartas enviadas al futuro. Ruegos porque no se pierda la memoria de tantos discos y filmes inmortales y alguien sienta lo mismo que experimenté yo al contemplar La ley de la calle, El séptimo sello, El planeta de los simios o los lienzos de Edward Munch y Egon Schiele. Avería, sí, es un cajón de sastre. Lo mismo se habla de un disco de Accept que de una escena de una novela de Valle Inclán o de una sinfonía de Schumann. Todo depende de mi estado de ánimo. El blog no tiene muchas reglas. Un día me siento con ganas de hablar de mis paseos por la playa y otro de algún jugador de fútbol. Y todo está bien.

Hace varios días redacté un pequeño texto sobre el coronavirus que dejo a continuación: http://www.averiadepollos.com/filosofia/virus/ Realmente, no tengo mucho más que aportar al tema. Viví en México la alarma de la gripe A y mi novia me advirtió desde principios de febrero que venían graves problemas para el mundo con el tema del dichoso microbio. Recuerdo haberle comentado que si se me ocurría decir algo sobre este tema en redes sociales o a mis colegas españoles, se reirían de mí y me tacharía de loco -algo a lo que ya estoy acostumbrado- y decidimos por tanto, no hablar del asunto. Pero desde luego que me protegí. Compré mascarillas, gel, ciertas reservas de comida y unos cuantos fármacos y me preparé para diversos escenarios. Motivo por el que me encuentro en la mejor disposición para seguir con este blog. Por más que no quisiera convertirlo en un monográfico sobre el coronavirus. Parece claro que, durante las próximas semanas, no se hablará de otro tema en España y medio mundo y no quiero yo añadir mucho más bullicio sobre este tema. Quien desee opiniones sesudas, ingeniosas citas o información diaria sobre la pandemia no las encontrará aquí. Al contrario, en avería seguiré homenajeando a esos artistas que me han hecho sentir que merecía la pena vivir. Que no debía sucidarme. Supongo que será difícil no hacer referencia en ciertos días a los inverosímiles acontecimientos que nos aguardan, pero en la medida de lo posible no serán los protagonistas -salvo excepciones- del blog.

Creo obviamente que España debía haber cerrado fronteras o haber advertido del peligro real al que nos podíamos ver abocados unas cuantas semanas antes. Así que, o bien el gobierno actual es inepto o simplemente, participa con mayor o menor disimulo de este experimento de control orwelliano. Algo que, a estas alturas, me da absolutamente igual pues ni creo en la gente ni en los políticos. De hecho, no quiero continuar por ahí. Si tengo que decir algo, lo expresaré con claridad en caso de que merezca la pena. Si no, guardaré silencio y seguiré homenajeando a todos esos artistas que han engrandecido mi vida.

Tengo muy claro que viene de camino una crisis económica que probablemente deje más muertos y dolor que el coronavirus. Que los próximos años van a ser muy duros, pero también que sin el arte directamente serían insufribles y no digamos ya sin los mensajes de Cristo, Buda y otros adláteres espirituales. Y por eso, seguiré al pie del cañón ocurra lo que ocurra. Simplemente, me gustaría subrayar, eso sí, que finalmente, los filósofos y novelistas distópicos tenían razón. Baudrillard, J.G. Ballard y múltiples escritores de ciencia ficción hoy se encuentran de más rabiosa actualidad que nunca. Demostrando que el arte siempre se anticipa a la realidad y casi que la condiciona y que, a estas alturas, para lo único que servimos los ciudadanos es para cumplir órdenes. Ser funcionarios del terror y el egoísmo. Shalam

جثة لا تؤذي

Un cuerpo muerto no venga injurias

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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