Misericordia

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Ayer fue el primer día en que me desplacé a Cartagena después de varios meses viviendo en La Manga; un lugar donde (a excepción de agosto) soy razonablemente feliz, mi ánimo se mantiene alto y encuentro la motivación necesaria para continuar hacia delante. Siendo La Manga una localidad costera destinada al turismo, digamos por tanto que ayer tuve mi primer confrontación con el mundo real y pude comprobar por mí mismo los daños sociales provocados por el confinamiento. Y ciertamente, la experiencia no ha sido muy satisfactoria. Las calles están sucias y continúan encontrándose más vacías de lo normal. Muchos negocios de mi barrio han cerrado y está colgado el cartel de Se alquila en la puerta. Otros siguen abiertos pero se dan un plazo de unos meses para tomar una decisión. La mayoría se pueden permitir este período de reflexión porque el local era suyo. De no ser así, ya habrían tirado la toalla. Se percibe nerviosismo e inquietud en los comerciantes. Las peluquerías estaban vacías. En una cafetería cercana no había ni una mesa ocupada y la dueña mostraba signos claros de malestar al no tener clientes que atender. No paraba un momento. Entraba y salía constantemente por la puerta con la ya tradicional escafandra (la nueva peineta o mantilla) de plástico cubriendo su cabeza.

Al poco de llegar, hablé con un familiar ya mayor. Casi 90 años. Un día antes del Bombardeo de las cuatro horas, se fue junto a mi madre y abuelos a Los Dolores y se acostumbró durante la posguerra a hacer fila para conseguir alimentos. No obstante, consideraba que esta experiencia es la más dura que había experimentado. Harto de tantos días de soledad, me confesó que incluso pensó en algún momento en acabar con su vida. Supe también de otro familiar bastante equilibrado, trabajador y en absoluto conflictivo que, debido a la ansiedad sufrida, perdió la razón durante unos minutos y estrelló su coche contra un muro mientras discutía con un guardia. Mi asesor fiscal había modificado su horario laboral y tan sólo cerraba una hora para comer. Abría también antes de lo normal y se iba a descansar rozando la madrugada para poder atender a muchos de sus clientes con la premura que necesitaban. Un amigo abogado prefirió no describirme el caos que se vive actualmente en los juzgados para no angustiarme más. En fin, una atmósfera que me hizo rememorar (con sus lógicas diferencias) la Misericordia de Galdós. De alguna forma, me transportó al 98 porque la sensación que tengo es de que la España eterna sigue en pie pero ha recibido un fuerte sopapo que huele a trauma duradero. No sé si a hundimiento pero sí a fracaso. A debacle y sinsentido. Los rostros y las conversaciones que tuve ayer no engañan. El próximo invierno no se presenta en absoluto halagüeño. Más teniendo en cuenta que el pueblo no posee representación alguna (no hay diputados de distrito por ejemplo y la separación de poderes es una quimera) dentro de la actual partidocracia. Garantía de que no tiene voz con la que oponerse a los buitres que ya comienzan a avizorarse por los aires. Shalam

أبدا من أجل حب السلام والهدوء هل تتنصل من تجربتك الخاصة أو قناعاتك

Nunca por amor a la paz y a la tranquilidad repudies tu propia experiencia o tus convicciones

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. Alejandro, ojala todo sea un sueño, el mundo que se vislumbra (si se lee entre líneas) sea un sueño, lo guay siga dominando el mundo, ¡perdón! quería decir siga adormeciendo el mundo.
    Gracias por trasmitirnos tu experiencia.

    • Bueno. Vamos a ver lo que ocurre. Creo que en breve el panorama no es nada agradable pero tal vez sí lo sea en un futuro. Ahora no. Gracias a ti por comentar.

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