Ser

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He pensado muchas veces en suicidarme pero siempre he encontrado algún motivo por el que no hacerlo. Cuando era más joven, para evitar la tentación, me imaginaba que cumplía algunos de mis sueños. Por ejemplo, viajar a Brasil, conocer América, amar a mujeres colombianas, bañarme en los mares de Venezuela, navegar por el Amazonas, entonar una canción de Rafael en un bar mexicano, o alentar como una bestia a Boca Juniors en la Bombonera. Con el tiempo, conseguí algunos de estos propósitos e incluso los sobrepasé, pero de tanto en tanto, obsesivamente, regresaba la idea. Cuando eso ocurría, pensaba en una mujer que me miraba con mucho amor y me abrazaba. Y me bastaba esa imagen para olvidarme de las pastillas, del final fortuito y concentrarme en aquello que estaba haciendo.

En cierto sentido, llevo pensando en el suicidio toda mi vida pues mi padre murió así. Arrojándose desde un balcón al vacío. No es algo sorprendente para mí, por tanto, sino bastante habitual aunque hace años que apenas lo hago. Sin embargo, no he podido evitar sentirme extraño hoy mientras comía, preguntándome si mi vida tenía algún sentido y si no sería mejor acabar de una vez y ya y punto, pues no encontraba en ese momento muchos alicientes y estímulos para continuar. Pero quiero aclarar que lo que me ha sorprendido no ha sido tanto esta idea recurrente y obsesiva sino aquello en lo que he pensado para evitarla y regresar a mi casa y continuar trabajando. Porque esta vez, como en otros tiempos, no aparecían mujeres bellas y comprensivas que me amaban hasta la muerte, islas, océanos o paisajes de fábula sino libros. Sí. Lo confieso. Cuando pensaba razones para vivir actualmente, únicamente me venían a la mente títulos de libros por leer.  Novelas como La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, La cerca de Jean Rolin, Gótico carpintero de William Gaddis, La soledad del lector de David Markson o Teoría de las catástrofes de Tyrno Maldonado. Y cuando vislumbraba estos textos, también lo hacía en la necesidad que tenía de comunicarle al mundo cuánto deseaba leerlos. Lo importante que era para mí hacerlo. Pues de no ser así, moriría. Que es lo que sentí a los 15 años cuando, durante una semana, leí completo Crimen y castigo. Sabiendo que en esa novela estaba todo mi destino. Y no era importante, por tanto, ir a examinarme de física y química ni el suspenso que este acto acarrearía.

En fin. Esta es la primera entrada de un blog o de un diario (público) o un ensayo. No puedo afirmarlo con claridad. Lo que sí sé, empero (¡menuda palabrita!), es que quiero empezarlo porque siento que si no pudiera hablar de estos libros en público, mi vida perdería mucho de su sentido. Siento que o comienzo este nuevo proyecto o me muero. Porque ya no me basta con todos los libros que ya escribí que esperan el momento adecuado para ser publicados o con aquellos en los que pacientemente trabajo ahora y corrijo. Tampoco me bastan los artículos de revistas o las entradas de facebook. Necesito otro espacio y ámbito para vivir y respirar, como siempre, a través de la escritura. Razón por la que inauguro con esta entrada el blog Avería de pollos cuyo título no tiene más importancia. Fue lo primero que surgió. Y me gustó porque me recuerda a una canción de Javier Corcobado o alguna secuencia de los filmes de Werner Herzog. 

Aunque ahora que lo pienso, puede que la idea del título no sea del todo casual. Vivo actualmente en Xalapa (México) y en el jardín de la casa familiar que alquilo hay varios gallos y pollos que habitualmente me acompañan cuando bajo a la cocina comunitaria y comienzo a escribir. De vez en cuando, acceden a mi escritorio por la puerta y picotean en la computadora. He llegado a pensar qué ocurriría si uno de ellos muriera en caso de que algún cable estallara. Pero como esto es poco probable, me conformo con imaginarlo asustado al sentir la fricción eléctrica. Y corriendo a continuación hacia su casa de madera, buscando protección. Sintiéndose herido, perdido, al comprobar que ya no se encuentra en pie porque yo la he destrozado a zapatazos anteriormente para que experimente, sepa qué es lo que sucede cuando uno está desnudo, hambriento y sin hogar. Que es como me siento yo cuando no tengo un libro disponible o no puedo hablar de ellos con alguien. Aunque sea un lector (imaginario) que me ayude a dejar de pensar en suicidarme y encontrar  razones por las que vivir que no se encuentren sólo en los libros. Shalam

إِذَا كُنْتَ فِي قَوْمٍ فَاحْلُبْ فِي إِنَائِهِمْ

             El desgraciado se ahorca con todas las cuerdas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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