Sgt Peper’s Lonely Isbert Club Lynch’s band

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No suelo escribir mis sueños en avería. Recuerdo haber transcrito uno que tuve con Jorge Herralde hace varios años. Puede que alguno más como aquellos que tuve advirtiéndome de un accidente de moto. Pero generalmente, me los guardo para mí. No creo que tengan mayor interés. Aunque esta noche he tenido dos que, debido a los personajes que aparecen en ellos, no me resisto a contar. Ahí van.

Sgt Peper’s Lonely Isbert Club Lynch’s band

El primero de ellos se encontraba protagonizado por Pepe Isbert. Supongo que su aparición se debe al texto que le dediqué ayer a El cochecito.

Realmente, el sueño no tiene mucho misterio pero sí me parece gracioso y significativo. Resulta que estábamos en los 60. Unos oníricos 60 por supuesto. Me encontraba flotando en una dimensión llena de nubes y paredes de colores en medio de la que aparecía un muñeco pop de Pepe Isbert. Me reía al verlo y a continuación me dirigía a hablar con Peter Blake y Jann Haworth; los realizadores de la famosa portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. A quienes insistía hasta casi pelearme con ellos para que colocaran a Pepe Isbert en ella entre los icónicos rostros e imágenes de Brando, Poe, Crowley, Dylan o Marilyn Monroe. Pero ninguno de los dos terminaba de ver clara mi proposición. Así que agarraba de la mano el muñeco de Isbert (ahora convertido en la persona real) y partía un tanto frustrado del estudio de aquellos artistas. Aunque pronto se me pasaba el enojo puesto que Pepe y yo comenzábamos a nadar por una especie de maravilloso océano amarillo mientras sonaba «With a little help of my friends». Ambos reíamos felices y completamente despreocupados.

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El segundo se encontraba protagonizado por David Lynch. Me encontraba con mi editor revisando minuciosamente detalles de un libro. Ambos estábamos totalmente focalizados en nuestro trabajo. No deseábamos que se nos escapara una sola falta. Queríamos no sólo entregar un texto rico argumentalmente sino magníficamente dispuesto sobre el papel. No obstante, una llamada telefónica interrumpía esta meticulosa labor. Era David Lynch quien me llamaba. Yo lo escuchaba expectante. Parecía conocerme bien. Me hablaba con absoluta naturalidad. Chapurreando de tanto en tanto palabras en español. Me comentaba detalles de Bruja y ciertos aspectos de mi personalidad que le llamaban la atención. Quería hacer una película que fuera aún más allá de Inland Empire y la tercera parte de Twin Peaks y había pensado en mí para que la protagonizara. Le decía que sí, por supuesto, que aceptaba, pero que no sabía si estaría a la altura del reto. Con absoluta tranquilidad, como si ya supiera la respuesta, Lynch me decía el día y la hora donde nos encontraríamos para hacer la primera prueba. Y antes de colgar, me aseguraba, eso sí, que debía estar preparado todo.

Tras la llamada, volvía a dialogar con mi editor y le aseguraba que no se preocupara. Que tenía tiempo para terminar mi trabajo con él. No obstante, a pesar de que sabía que nuestra labor no corría riesgo, me miraba con cierta distancia y precaución. «¿Estás seguro que serás capaz de trabajar con Lynch, Alejandro?», me preguntaba. Y yo le contestaba que sí porque para participar en una película de Lynch estaba dispuesto a engordar o adelgazar 20 kilos, correr treinta kilómetros diarios, desnudarme en barro, besar a un animal, nadar toda la noche en un océano, pasear por la calle con la máscara de un simio y cualquier cosa que se me demandara. Aun así, le decía, que desconocía si eso bastaría para trabajar con el director norteamericano. De hecho, lo único que me daba cierta tranquilidad respecto a la posibilidad de que este deseo se cumpliera -terminaba yo diciendo- era que David me había llamado por ni nombre y lo había pronunciado con un tono absolutamente familiar. Como si supiera que antes o después íbamos a hablar. Dicho esto, contemplaba en ese mismo momento, a través de la ventana, cómo la luna se desdoblaba y temblaba como si estuviera a punto de girarse y mostrar su lado oculto y ese movimiento fuera un reflejo del intenso y esquivo mundo interior de Lynch. Shalam

أفضل أن تضيء شمعة من أن تلعن الظلام

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

3 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:……spin art…..los contornos picantes……..
    2ºimagen:…..alegria-alegria………..
    3ºimagen:….dispuesto a tomar cafe y a escupirlo….(era el mejor cafe de colombia pero no el que el escupidor mafioso mamon deseaba)……la unicas reglas son una gran sensacion de luminosidad………..
    PD:…..https://www.youtube.com/watch?v=IugOfDBWcGc…..good day today…d.lynch…..verbalizar una idea (cualquier cosa puede pasar)………….sonrisa……..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Lobsang Rampa: el sexto ojo. 2) I love Benidorm. 3) Debo confesarte que no soy tu padre. Pero supongo que esta cuestión no tiene la menor importancia. PD: recuerdo el verano en que apareció este disco y en concreto este single. Escuchado en muchas ocasiones. No había prestado atención, eso sí, al vídeo. Parece una nueva versión de Cabeza Borradora.

  2. andresrosiquemoreno on

    ….miro lobsang rampa(tibet)….el tercer ojo….248pag….intentare leerlo……jajajjj………..

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