Un Stalker siempre pierde su religión. Incluso entre extratarrestres.

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Durante los últimos años, he sentido mucha inquietud cada vez que escuchaba la hermosa “Losing my religion” de R.E.M. No sabría fijar exactamente cuándo fue que relacioné su melodía con ciertos cambios inevitables en mi vida que, más allá de mi voluntad, se acabarían produciendo y conduciéndome por caminos inciertos. Lejos, muy lejos de mis planes, objetivos o deseos; o acaso muy cerca de ellos pero siempre a través de lugares incómodos que, en principio, no estaba dispuesto a transitar.

Creo que todo empezó a raíz de un desencuentro con una muchacha que estaba convencido de que esa noche besaría. Sonó la canción en un bar y algo sucedió allí que mi estado de ánimo cambió y todos mis planes se fueron por la borda. Y siempre que he escuchado su cadencia desde entonces, algo ha ocurrido que no ha funcionado como yo quería. Podía ser un viaje, un deseo o un trabajo. No importa. Si sonaban los primeros acordes de esta serenata folkie, sabía que no saldría como deseaba. Y que tendría que aceptarlo. Y crecer. Cambiar mi punto de vista sobre la naturaleza de las cosas y la vida y avanzar hacia lugares insospechados a los que no pensaba dirigirme. Por lo que, aunque “losing my religion” deba traducirse como “perder la paciencia” o “desquiciándome”, yo he preferido siempre con mucho la traducción literal, “perdiendo mi religión”. Pues a esto es a lo que me he acostumbrado durante los últimos años: a cambiar constantemente mis creencias sobre el mundo y las personas. A no tener una religión concreta. Un ídolo o una relación duradera que no fuera consciente de que pudiera acabarse en cualquier momento. Algo que ha hecho que viva las etapas al máximo, intente explotar al extremo las experiencias y enseñanzas que me puedan ofrecer pero tampoco sufra en exceso si determinados hombres o mujeres desaparecen de mi vida o al descubrir sus facetas oscuras o debilidades. Porque, al fin y al cabo, como sugiere la canción de R.E.M. en un final que me hace rememorar ciertas enseñanzas de las filosofías orientales además de la célebre obra de Calderón de Barca, todo es o pudo ser un sueño. En primer lugar, la vida, que como reza el segundo verso del inmortal tema, “es más grande” que cualquiera de nosotros. Y nos obliga a caminar entre sus surcos en tinieblas. Intentando reconocer nuestro ser íntimo y verdadero. Razón que explica el por qué desafiar nuestros límites, cambiar de opinión, fracasar, caernos, sufrir por amor; en definitiva, “perder nuestra religión” puede ser algo muy positivo. Una oportunidad, una promesa de ponernos en contacto con nuestra intimidad trascendente aunque nuestro yo presente lo vea como una merma de sus capacidades, una herida o fisura que agranda su vacío. Tal y como refleja esa tristeza que tantas veces ha  estremecido mi alma  al escuchar el tema en un lugar público sabiendo -sin poder expresárselo a nadie pues no sé si me habrían comprendido- que nada ya saldría como lo tenía pensado. Y tendría que seguir vagando hasta encontrar una puerta que atravesar que no era la que yo pensaba hasta entonces. Sin tener certeza alguna de que  existiera ese acceso. Únicamente con un arma: la fe. Lo que me recuerda a la filosofía contenida en las películas de Tarkovksy. A quien supongo que no por casualidad, se hacía referencia  en el enigmático vídeo que Tarsem Singh grabó para “Losing my religion”. Donde descubrí hace pocas semanas -a pesar de haberlo contemplado en muchas ocasiones- que se homenajeaba y sutilmente se intentaba conducir hacia otros párametros la mítica escena con la que el director ruso finalizaba Stalker.

Stalker se encontraba basada en la famosa novela  de los hermanos Strugatsky, Picnic extratarrestre, cuyo punto de partida me parece fascinante, impresionante. ¡Dios! Cientos de escritores matarían por tener aunque fuera únicamente por un instante, una tesis inicial  tan prodigiosa. ¿Cuál? Unos extratarrestres se han posado en varias partes de la tierra durante un breve tiempo y a continuación han partido. Estos lugares -protegidos por el ejército- se encuentran ahora repletos de objetos raros, con propiedades prodigiosas y un magnetismo especial que sorprende a los más avezados científicos incapaces de comprender su funcionamiento.

En un pasaje del relato, se nos ofrece un resumen o un ejemplo muy válido para que comprendamos esta situación:  “Imagine un bosque, una pradera. Un coche sale de la ruta y se de él baja un grupo de gente joven, con botellas, cestos de comida, radios a transistores y máquinas fotográficas. Encienden fuego, arman carpas, ponen música. Por la mañana se marchan. Los animales, los pájaros y los insectos que los han estado observando horrorizados durante la larga noche vuelven a salir de sus escondrijos. ¿Y con qué se encuentran? Nafta y aceite derramados en el pasto. Válvulas y filtros usados, estropajos, bombitas quemadas y alguna llave inglesa que alguien olvidó. Manchas de aceite en el estanque. Y también, por supuesto, las basuras de costumbre: corazones de manzana, envolturas de caramelos, restos chamuscados de la hoguera, latas, botellas, un pañuelo, una navaja, periódicos destrozados, monedas, flores marchitas recogidas en otra pradera”. Esto, en resumen, es lo que de, alguna forma, se encuentran los seres humanos en los lugares donde se posaron los extraterrestes. Y sólo unos pocos hombres fuera de la ley, los merodeadores o buscadores, los “stalkers” se atreven a introducirse allí con grupos interesados en conocer los misterios de esos lugares o hacerse con determinados objetos que luego venderán en el mercado negro.

Realmente, el punto de partida de la obra que se focalizará en la localidad de Harmont (Canadá) es impresionante. El protagonista de la misma, el merodeador Redrick Schuhart, un sujeto áspero, enigmático y lo suficientemente interesante como para atraer nuestra atención. Y muchas de las consecuencias de esta merienda de las que se nos habla (en las ciudades donde se instalaron algunas personas que estuvieron en las zonas suceden imprevistamente determinados accidentes, catástrofes naturales jamás registrados allí antes) así como de los objetos encontrados en la zona, (los vacíos llenos, la Bola Dorada, las lámparas de la muerte), son realmente deslumbrantes; dignos por sí mismos de protagonizar novelas enteras. Contribuyendo a crear un ambiente entre mágico y decadente que da fuerza a un texto lleno de posibilidades y sugerencias que si he de ser sincero, me parece que los hermanos Strugatsky no consiguieron terminar de desarrollar del todo y hubiera deseado que exprimieran con más longitud y amplitud pues en verdad se podría haber realizado toda una saga de la dimensión del Señor de los anillos o Juego de tronos con este punto de partida. ¿Quién sabe, de hecho, si en un futuro no muy lejano, alguien se atreverá a realizar una serie televisiva centrada en ella?. Ya existe, sin ir más lejos, un videojuego que, inspirándose morbosamente en el accidente nuclear de Chernobyl, desarrolla muchas de las propuestas contenidas en Picnic extratarrestre que se adaptan perfectamente al espíritu decadente de nuestra apocalíptica era. Absorbida por todo tipo de elementos zombis; desde el dinero bancario hasta ciertos productos alimenticios o la estética dark con las que las sociedades occidentales canalizan e introducen los impulsos nocivos de ese Nuevo Orden Mundial que tantos continuarán ignorando hasta que, en unos años más o menos, se pregunten cómo estaban tan ciegos para no ver lo que está realmente ocurriendo a su alrededor. Para lo cual, únicamente es necesario salir de nuestra zona de confort. Arriesgarnos a perder nuestra religión. Que es lo que hasta que no se llegue a pasar hambre, muchos no se atreverán a hacer. Y es en definitiva, uno de los temas del film de Tarkovsky. Una película que marca un hito en el cine por ser capaz de realizar las más fascinantes y penetrantes reflexiones filosóficas sobre el destino del ser humano y nuestro mundo en medio de un alucinado rincón del planeta donde todo es posible y la tierra se nos revela como un centro mágico y neurálgico repleto de energías desconocidas. En este caso, no por la visita pasajera de unos extratarrestres sino por la caída de un meteorito.

Desde luego, como comprendiera Andrei Tarkovsky, la idea de la que se ocupaba Picnic extratarrestre daba para mucho. De la cuarta parte de la obra de los hermanos Stragutsky y de un recomendable guión (modificado en gran parte) que realizaron exclusivamente para él, extrajo los fundamentos de una obra que, sin dejar de lado el fondo de ciencia-ficción,como todas las suyas, busca un encuentro con lo desconocido y la esencia divina, el amor universal, entre parajes desoladores, recónditos e inescrutables repletos de arcanos secretos. Una obra que, a mi entender, es una metáfora de la necesidad que tenemos de expandir nuestros límites para alcanzar la verdad. Pues sólo allí, en lo verdadero y auténtico, encontraremos y aparecerá el amor. Que es lo que, al fin y al cabo, sostiene al mundo. Y no -por mucho que se crea lo contrario- los discursos retóricos de tantos intelectuales encadenados al pensamiento lógico que se convierte en símil del técnico y científico cuando no es capaz de concitar amor. Convertirse en fuente sagrada que cambia la humanidad. Conceptos que reflejaba Tarkovsky en la escena final de Stalker (previamente aludida) a la  que homenajearían R.E.M. en su vídeo. Donde llegábamos a vivenciar, a sentir -sin necesidad de razonamiento lógico alguno-  que en la relación de una madre con su hijo, en el alumbramiento de esa vida nueva, en la inocente mirada de un niño se encuentra un milagro incomparable que se sobrepone o al menos posee igual o más fuerza a cualquiera de los que ocurren en la Zona y, desde luego, prevalece frente a las palabras del escritor y el científico que acompañan al Stalker en busca de la Habitación donde se cumplen los deseos (Lámpara Dorada en la novela de los Stragutsky).

Tarkovsky supo, en cualquier caso, ir más allá de la novela de los Strugatsky. Profundizar y ahondar más. Dotando de un carácter místico e introvertido, con ciertos rasgos de santón, al stalker Redrick Schuhart y consiguiendo extraer poesía a borbotones además de magia a este intenso recorrido por la Zona cuya alma casi sentimos y percibimos similar a la de un ser vivo. De hecho, ella sabe quién merece cruzarla, acceder a algunos de sus secretos o no. Lo que permite que al filmarla, a través de una visión externa, podamos contemplar el interior de un paisaje, un lugar y unos personajes  Que es algo que le interesaba mucho al cineasta ruso. La toma de conciencia de que nuestra vida, aquello que nos sucede, lo externo es en gran parte producto de nuestro interior. No tanto como individuos (que también) sino como humanidad. Puesto que teniendo en cuenta que es imposible que vivamos aislados, nuestro devenir es tanto responsabilidad nuestra como de las personas a las que estamos ligados o con las que apenas tenemos contacto. Confirmación de la importancia de nuestros actos; de tener un comportamiento ético o atrevernos a superar nuestros límites. Ya que al hacerlo, estaremos ayudando a todos quienes rodean a crecer que es, en el fondo, entremezclarse con el misterio y el amor; convertirnos en destino. Dejar de ser arquero y devenir flecha.

En este sentido, que el objetivo último de la travesía sea llegar a la la Habitación de los deseos me parece fabuloso. Una maravillosa alegoría. Pues lo importante aquí es que quien pasa a través de ella, no tiene porqué cumplir el deseo que ha manifestado o pedido en voz alta. La Zona escucha. Es un organismo muy atento. Posee una esencia inmutable, aun moldeable, casi divina que entiende y sabe qué es lo que necesitan nuestros corazones o lo que realmente deseamos. Un muchacho puede entrar allí pidiendo volver con su antigua novia y al regresar a su hogar, encontrarse con decenas de mujeres esperándolo. Una  muchacha tal vez solicite tener un reconocimiento profesional y días después, sus rasgos faciales cambien y se haya convertido en una mujer muy bella y deseada. Y como se nos indica en algún momento, puede que un hombre acuda a este lugar suplicando la sanación de un familiar enfermo y que días después, el ser desvalido muera dejándole una considerable herencia. Revelaciones todas ellas del poder de la Zona que si bien, en principio, deberían provocar una gran expectación e interés por el desarrollo de la acción dado que no sabemos qué sucederá con los deseos que soliciten el científico y el escritor que acompañan al stalker, finalmente no es así. Porque, en el fondo, lo decisivo es la transformación que sufren en el transcurso de este fascinante viaje al “corazón de las tinieblas” del ser humano. Como también a su luz. Pues la búsqueda es propósito de encuentro. Sentido del caminar. Como toda esta película que sin mencionarlo directamente refleja la podredumbre moral a la que nos ha conducido el capitalismo -el sistema que promete que todos nuestros deseos se cumplirán- y dónde se encuentra la esencia de nuestra vida: en nuestros corazones. Más allá del comercio, la violencia o la guerra. En la conciencia que lucha por estar en paz. O la mente que se rinde ante los dictados del amor. Que sabe ser compasiva, paciente y resistir, guiarse por dictados éticos, a pesar de que todo esté en contra para llevarlos a cabo.

Tarkovsky parece sugerirnos que no hay amor sin conciencia y es difícil agrandar esta última sin sufrimiento. Algo que no tiene que ver en absoluto con el masoquimo sino con la capacidad de empatizar con nuestros semejantes. De sentirnos como seres humanos en comunión con el resto. Algo muy sabio y que augura que las teorías new age como antes las hippies están condenadas a fracasar. Ya que necesariamente el cambio de conciencia que requiere el mundo, llegará cuando experimentemos en lo más hondo tanto nuestro dolor como el de los demás y el del mundo; cuando nuestras lágrimas sean divinas y comprendamos el sacrificio personal que cada uno de nosotros debemos hacer -y todavía queremos rehuir- para responsabilizarnos de nuestra vida y el planeta. Algo que, desde luego, tanto el capital como los mass-media o esas legiones de psiquiatras que aturden y drogan a la sociedad con todo tipo de pastillas, necesitan que persista.

En fin. Debería terminar por hoy. Pero no lo voy a hacer porque acabo de darme cuenta escribiendo este texto que para mí, “Losing my religion” ha representado algo parecido a la Habitación de los deseos. Cada vez que pedía o quería algo que no fuera extremadamente necesario para mi crecimiento personal o el de mi alma y probablemente estuviera relacionado con mi ego o apenas fuera un capricho; como cuando me obcecaba apegándome a alguien (aunque fuera únicamente una idea) o pensando que tal argumento era irrefutable o yo tenía la razón absoluta sobre un tema, sonaba esta canción. Recordándome que el camino del ser humano y el mío en concreto, era interno y desde luego, que lo que me haría conseguir la paz y encontrar el amor, no estaba en aquello externo que buscaba ni podría llegar a él manteniendo mi actitud.

Hoy he pensado por ejemplo, qué es lo que sucedería si entrara en la Habitación de los deseos. Probablemente pediría conseguir ser, antes o después, un escritor reconocido. Creo que es el deseo latente que tengo a flor de piel desde siempre y, sobre todo, hace unos meses. Pero entiendo que esto es accesorio. Probablemente aparezca en mi destino. Y considero que es bueno trabajar y trabajar hasta lograrlo para saborearlo como es debido y poder observar la existencia y describirla desde las más amplias perspectivas. Algo que no es posible teniendo una vida plana, o consiguiendo el éxito inmediatamente. Por lo que estoy convencido de que, de tener valor para introducirme en la Habitación, volvería a escuchar a Michael Stipe recitar los primeros versos de ese poema eterno que es “Losing my religion” y que al regresar a mi casa, este deseo no me habría sido concedido. Continuaría en espera de la dictaminación final de la editorial Sexto Piso sobre mi libro La risa oscura, escribiendo regularmente en averíadepollos y terminando de corregir El jardinero. Sin embargo, algo habría cambiado. Habría signos de vida en mi casa. El humo de un cigarrillo. Un olor diferente. Una tos. Una rebeca en un sillón. Y entonces lo vería… sí, atravesando la frontera que separa a los vivos y los muertos, observaría a mi padre caminando hasta fundirse en un abrazo eterno conmigo; semejante -ya que estamos con Tarkovsky- sí, al que se produce al final de Solaris pero, al mismo tiempo, único, como sólo él -desde que se suicidó- y yo, sabemos que necesitaríamos y podríamos darnos. Directo al corazón. Al igual que ese Libro del padre (o Libro de la conciencia) que confío un día terminar que, en el fondo, es la razón por la que supongo que la vida me pone en situaciones que continúan haciéndome perder mi religión. Porque entiendo que si logro escribirlo, todos, absolutamente todos mis deseos se cumplirán. Pero los de verdad. Los auténticos. Los que merecen la pena. Aquellos que me harán crecer a mí (y al resto de mis semejantes) como pienso ahora que acaso únicamente podría hacerlo ese abrazo (imaginario) con mi padre que un día, gracias al poder sanador y milagroso del arte, será real. Para siempre y jamás. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Eres un monstruo si piensas que siempre llevas razón

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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