Cenicienta

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Pienso que no me equivoco al afirmar que a la mayoría de fans de Cinderella nos cuesta hablar del grupo sin emocionarnos. Casi todos nosotros establecimos una relación sentimental con ellos a lo largo de nuestra vida que es difícil explicar a los profanos. Hasta el punto de que los considerábamos nuestros amigos, compañeros de camino, más que músicos. Los queríamos mucho más que los respetábamos y admirábamos. Algo que tal vez se encuentre relacionado con el hecho de que, además de un enorme talento, los miembros de Cinderella se entregaban en cada disco y concierto. Lo daban todo. Aunque puede que la explicación radique en que su explosiva carrera no fue frenada por sus malos resultados creativos sino debido a los problemas de garganta de Tom Keifer que en parte fueron los responsables posteriores de sus constantes vaivenes cuando la exitosa eclosión del grunge los tumbó en la lona. Un hecho muy triste. Porque puede que Still Climbing no sea un disco que deslumbre en la primera escucha. Requiere de hecho varias. Pero cuando uno se acostumbra a él, se da cuenta de que es tan bueno como los anteriores. Una deliciosa mezcla de blues sucio, glam rock, rock sureño y hard rock. Una gozada que pega directamente en el estómago y desgraciadamente pasó desapercibida debido al (merecido) éxito de Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y compañía.

Resumiendo, Cinderella desaparecieron sin haber dado un solo paso en falso. Dejando cuatro discos sumamente disfrutables. Pero no se fueron por la puerta de atrás debido a su desgana artística. Lo hicieron víctimas de la enfermedad y las circunstancias. Del infortunio. Y seguramente por ello, despiertan una especial empatía en sus seguidores. Ellos nunca fallaron. Falló la vida. El mundo. Pero sus cuatro discos siguen ahí alegrándonos la vida.

Probablemente la mayoría de personas no comprendan lo que significan (ni falta que hace) esas cuatro obras, pero los que buceamos en ellas de tanto en tanto, desde luego que sí lo sabemos. Poseen todo lo que le pedimos a un amigo, a la vida y, por supuesto, a un disco de rock: buenas canciones, singles pegadizos, enormes baladas, fidelidad, ritmos incisivos, garra, rugosas guitarras, pasión y un alto nivel compositivo.

Yo fui de los que compré Night songs a los pocos días de publicarse en España. Debería tener 13 o 14 años. Y juro que era el disco ideal para despertarse, desayunar y empezar el día con fuerza. Era un disco soñado para un adolescente. Con el paso del tiempo, yo y otros tantos jóvenes nos daríamos cuenta de que tanto la portada como el aspecto del grupo engañaban. Cinderella parecían un grupo sleazy o glammy.  Estar a mitad de camino de Ratt, Mötley Crüe y Poison. Una afirmación, en cierto sentido, verdadera.

La producción de Night songs de hecho se enfocaba en dar un toque glamouroso a cada tema. Recubría de color el sonido envolviéndolo en una frecuencia de terciopelo que lo hacía sumamente atractivo, sí, pero no permitía vislumbrar al grupo en su esencia. Cinderella parecían frívolos pero no lo eran. Eran de carne  y hueso. De verdad. Algo que pondría definitivamente de manifiesto Long cold winter. Una obra enorme y atemporal que enraizaba a la banda con sus dos influencias esenciales, el blues y el rock de los 70, y los desnudaba completamente. Les quitaba definitivamente las máscaras, mostrándolos como músicos que, sí, podían utilizar el metal o el glam como pigmentos su cocktail sonoro pero que, en esencia, eran seguidores del rock clásico. Lo que obligaba a colocar sus Lps entre los discos de Albert King y los de Aerosmith. Entre los de The Faces y los de AC/DC. Más aún teniendo en cuenta que la voz de Tom Keifer era muy parecida a la de Brian Johnson. Tanto que no me explico por qué no he podido encontrar hasta el día de hoy en youtube uno de esos alocados y divertidos mashups en que se mezclen dos canciones del grupo norteamericano y el australiano. De seguro, sería un bombazo y permitiría comprobar los parecidos entre un par de voces que parecen haber sido moldeadas a base de lingotazos de ron y whisky seco. Haber mamado de niños en un seno alcohólico.

En definitiva, Cinderella eran una banda de rock pero también eran bluesy. Eran un grupo ideal para tocar en un pequeño club ante cien espectadores pero con una energía tan grande que eran capaz de llenar cada rincón de un enorme estadio. Lo mismo hacían llorar a sus fans que los ponían a saltar. Pero siempre les daban algo más.

Cinderella revivían el rock. Escucharlos era una bocanada de aire puro. Eran marchosos pero también nostálgicos. Estoy deseando que algún ejecutivo de la HBO bucee en sus discos y elija una de sus impresionantes baladas como banda sonora de una serie o un capítulo crucial (una operación a la que se acercó Darren Aronofsky en The wrestler) porque ese día, el mundo redescubrirá a Cinderella y probablemente se darán cuenta de lo que se han perdido. Una banda especial que imprimía su toque personal a cada canción que tocaban y que nunca cesó de evolucionar como prueba su tercer disco: Heartbreak Station. Una obra mucho más cerca de The Black Crowes, Humbie Pie o Georgia Satellites que de Poison o L.A. Guns. Otro paso adelante más. Otra prueba de que la paleta sonora de Cinderella estaba llena de matices. Lo mismo parecían estar entonando una canción propia de un western, recorriendo de pasada los territorios del country o emulando algunos temas clásicos de Led Zeppelin que componían himnos cerveceros ideales para bailar borrachos o en un barco pirata. 

En suma, Cinderella eran músicos auténticos. Una cualidad sumamente reivindicable en una época tan superficial como la actual. De esos que tocan una guitarra como si estuvieran ordeñando una vaca y parecen haber nacido en una furgoneta de gira y no en una cuna. Desde luego, se notaba que disfrutaban tocando. Y por eso su leyenda no ha cesado de crecer entre sus admiradores. Todos tenemos un recuerdo muy agradable de ellos. Todos les guardamos un rincón muy especial en nuestros corazones. Probablemente porque no había nada cínico ni impostado en ellos. Tenían talento y eran divertidos. Podían ser melancólicos. Y, sobre todo, siempre cumplían lo que prometían. Ni más ni menos. Esto es; siempre nos daban las buenas dosis de rock que necesitábamos para sobrevivir. Seguir adelante. Shalam

الشخص هو نفسه الممثل ، سواء على المسرح أو في المحادثة العادية.

Una persona es lo mismo que un actor tanto en el escenario como en la conversación ordinaria

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:……mensaje a un peluquero………..
    2ºimagen:…»todavia trepando»…….el simbolo de la escalera para los indios norteamericanos significa el matrimonio……
    3ºimagen:….perfectamente caracterizados para su espectaculo……….
    4ºimagen:….seguimos en los años 90……. un horror…..supongo que la industria les pagaria suficiente y bien….
    5ºimagen:….estos tres tampoco hubieran aceptado que el swing se censurara en alemania años 30…por eso el homenaje siguiente en el PD:….https://www.youtube.com/watch?v=77CJ9aXjjL0….ray charles+ count basie= genio al cuadrado…live 1973…ray charles con 43 «tacos» en plena forma….en cuanto a la orquesta solo hay que «pegarse» con ella, una gran diversion …la redondez de las proteinas, 43 el licor de huevo…..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Ambigüedad bien estudiada y conseguida si no fuera por las sonrisas del tristemente fallecido Jeff Le Mar. 2) No sabía lo de los indios. En este caso, con lo que sabemos, debería llamarse: «la última escalera». 3) Foto pastel y glam. 4) Single extraído del mítico «Long cold winter». Nieve y verdad. Anunciando una futura película de Tarantino. 5) Típica imagen de vídeo que debido a las sonrisas explica bien por qué la banda era encantadora. Siempre buena actitud. Nunca una mala noticia hasta la desgracia. PD: Estupenda canción… muy minimalista y al mismo tiempo sensual. Con marchamo de clásico soul.

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