Andrei Tarkovsky: la fe en el espejo.

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Ha habido pocos cineastas que me hayan influido personalmente tanto como Andrei Tarkovsky. No sólo por sus películas sino por algunas de las reflexiones contenidas en su libro Esculpir en el tiempo. Tanto es así que en una ocasión viví una experiencia esquizofrénica relacionada con una creación del cineasta ruso. Me refiero a Sacrificio (1986). 

Estaba yo viviendo una época compleja y me identifiqué tanto con el mensaje de esta enigmática obra de arte y los símbolos que encarnaban cada uno de sus personajes, que finalmente los llevé a mi propia vida. Tanto es así que llegué a pensar que hacer el amor con una mujer veinte años mayor que yo (a la que identifiqué con la bruja redentora que aparece en el film) con la que solía charlar y disfrutar de muchos momentos intensos me redimiría espiritualmente, haciéndome obtener el perdón y la salvación que necesitaba para afrontar los nuevos desafíos a los que me abocaba la vida. Y hasta tal punto lo creí que llegué a presentarme en su casa para realizar un acto amoroso con el fin de pasar a otra dimensión existencial. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, tras varias horas pensando si hacerlo hasta llegar a la conclusión de que debía actuar afirmativamente, no pude proponerle nada porque, al entrar en su hogar, la encontré rodeada de sus hijos y alguno de mis amigos. Y apenas lo más que pude pronunciar es que sí, deseaba compartir con ellos varios de los alimentos de la cena que estaba degustando en esos momentos. Algo bastante ridículo después de la monumental elaboración que había construido en mi cerebro en la que no sólo ella y yo jugábamos un papel similar a la de los personajes de Tarkovsky sino que otros amigos y personajes que me rodeaban se adaptaban perfectamente a los papeles de Otto el cartero o la familia de ese alucinado, conmovedor Alexander (con quien yo me identificaba) que prometía entregarse a sí mismo en sacrificio, quemar sus bienes, si con ello conseguía conmover la voluntad divina, evitando la destrucción del mundo debido a una inminente guerra nuclear.

Por aquella misma época, leí también diversos pasajes de Esculpir en el tiempo hasta casi gastarlos. Hay páginas de aquel libro que creo que revisé más de veinte veces en total y hasta en cuatro o cinco ocasiones en un día. Me refiero en concreto a su epílogo donde el cineasta ruso exploraba y daba una respuesta (para mí muy válida) al estado de postración espiritual del ser humano occidental. Aunque acaso las que más me conmovieron fueron aquellas en que explicaba varios apartados de su impresionante Stalker, refiriendo el origen legendario de esa magnética Zona que aparece en el film y, sobre todo, el relato de la leyenda de los monjes y el árbol estéril a la que se hacía también referencia en la escena con que se iniciaba Sacrificio.

La leyenda es sencilla y hermosa. Un monje ortodoxo, Pavme, planta un árbol estéril en una ladera. Y después le dice a su joven discípulo, Ioann Kolov, que debe regarlo diariamente hasta que vuelva a la vida. Obediente, cada mañana, al despertar, Kolov hace el esfuerzo de subir la montaña y echar agua en el árbol marchito durante tres años. Hemos de suponer que, en muchas ocasiones, le asaltaría la duda acerca del sentido de aquello que estaba haciendo, que se sentiría desanimado y falto de fuerzas y con ganas de abandonar. Pero un día luminoso, todos sus esfuerzos cobraron sentido al encontrar el árbol, contra toda lógica, lleno de retoños; con sus ramas repletas de hojas y flores.

No encuentro metáfora más bella sobre la importancia de la fe y el crecimiento espiritual que la que acabo de relatar. Tanto es así que en unos momentos en que no sabía cuál iba a ser mi destino y si podría dedicarme a viajar e investigar, la leía religiosamente, como si fuera un ritual, cada semana. Intentando comprender, interiorizar que si yo insistía en pedir una Beca para irme a América con la intención de crecer personalmente y realizar un ensayo, al final lo conseguiría. A pesar de que hasta aquel momento, las veces que lo había intentado había sido rechazado, estaba convencido de que finalmente encontraría lo que buscaba si no perdía la fe. Y habría un día que podría mirar atrás y contemplar ese árbol que ahora veía desnudo repleto de los frutos de mi trabajo. Como, en cierto modo, así ha sido.

Digo todo esto porque, en un mundo como el actual, es muy fácil perder la fe en aquello que estamos haciendo y la conciencia del sentido de la vida. De hecho, a veces incluso me planteo si merece la pena escribir en Averíadepollos cuando, en realidad, no podría dejar de hacerlo pues en este acto radica mi esencia personal. Y es bueno rememorar historias tan bellas como la anteriormente narrada para no hundirnos en el agujero negro en el cual parecen conducirnos nuestros dirigentes políticos y un sistema tan perverso como el capitalista cuyo fortalecimiento o definitiva caída -lo creamos o no- depende en gran parte de todos nosotros. También me refiero hoy a este hecho porque en breve, voy a escribir una carta a un escritor, Marc Édouard Nabe, uno de cuyos libros –L’homme qui arrêta d’écrire– deseo traducir y -dado que la editorial de la Universidad Veracruzana no tiene dinero para pagarle lo que pide-, he de reclamar a su humanidad y parapetarme otra vez en la fe para construir un texto que confío que haga efecto, hermane dos mundos y permita que esta colaboración se realice. Y he de recordarme que aunque no fuera así, no importa. Porque el verdadero mérito del monje Kolov no radica tanto en haber hecho florecer al árbol sino en haber insistido en regar sus ramas estériles en épocas de carestía y sequía, cuando nadie creía en ello y arriesgándose a ser tildado de loco y ridiculizado por sus contemporáneos.

Por otra parte, también he querido hacer referencia a ciertas experiencias personales mías para animar a quien no lo haya hecho a contemplar cualquiera de los siete magníficos films que Tarkosky nos legó. Haciéndoles comprender que si consiguen pasar el primer impacto, la dificultad que en principio supone descifrar sus símbolos, estoy convencido de que los mensajes contenidos allí pueden transformarles, cambiar sus vidas o al menos modificarlas levemente como pocas películas conseguirán hacerlo.

Ante todo, porque las obras de arte de Andrei Tarkovsky conllevan y arrastran consigo mucho más de lo que suelen llevar la mayoría de creaciones cinematográficas. Muchísimo más. Pues cada uno de los planos y secuencias de sus filmes están teñidos de un sentido y sentimiento metafísico y construidos bajo una serie de postulados éticos, casi religiosos, que hacen de la contemplación de sus trabajos una auténtica experiencia. De tal forma que rezuman vida por todos los costados, una alegría misericordiosa que termina por inundar nuestros corazones como si fueran unos salmos rociados de amor al enfrentarnos a esas verdades que nos negamos en reconocer y precisamente, al ignorarlas, terminan por hacer que nuestra vida se convierta en un sucedáneo de lo que podría ser: un reflejo de la esencia divina en el ser humano que, por otra parte, como muy otros pocos cineastas -acaso únicamente Dreyer, Bresson o Bergman- Tarkovsky consiguió retratar de manera casi milagrosa.

Tal vez porque para el artista ruso cada una de sus películas representaba un acto ético que lo vinculaba a una tradición y lo hermanaba con el resto de seres humanos del pasado, presente y futuro. Y porque para él era asimismo, sumamente importante dotar de conciencia al espectador y hacerle comprender la verdadera importancia de su vida sobre la que influía la del resto de la humanidad. En suma, porque Tarkovsky entendía que la existencia auténtica sólo puede florecer a través del amor y la responsabilidad. Razón por la que probablemente sus films habitan en el limbo repletos como se encuentran de intentos de comunicación espiritual y mensajes de fe que nadie aparentemente quiere escuchar aunque bastarían por sí mismos para terminar de una vez con esta perniciosa, impostada crisis de conciencia -con sus miles de violentas psicosis o recurrentes y desmoralizantes neurosis- que reina a sus anchas por todo Occidente.

Señalaba Andrei Tarkovsky que el ser humano que no es capaz de sacrificarse por sus semejantes o conmoverse por su dolor, se encuentra condenado. Y ahí cifraba el desarrollo y evolución moral de nuestra civilización, de cada uno de nosotros: en nuestra capacidad y voluntad de dar algo a lo demás sin pedir nada a cambio, nuestra voluntad de perder algo en beneficio de la comunidad. Y es en este sentido que se comprenderá la defensa radical que hacía de los seres humanos (aparentemente) débiles. A quienes consideraba capaces, en situaciones límite, de extraer de sí mismos una fuerza interior, una fortaleza que haría que el mundo se sostuviera en pie. Y terminó convirtiendo en héroes protagonistas de sus magníficos films cuyo único argumento era el amor.

Me parece por todo ello, que no hay mensaje mejor en tiempos como los que vivimos actualmente -en que todos nos empeñamos en insistir en que no podemos hacer nada por cambiar el sistema y nos sentimos excesivamente frágiles ante lo corrupto, fuerte y resistente que el mismo se muestra- que este último elogio de la inseguridad y fragilidad realizado por Andrei Tarkovsky para indagar y profundizar en los lugares donde radica realmente nuestra verdadera fortaleza. Pues entiendo que es escarbando en nuestra debilidad, (esa de la que tanto nos quejamos y que en el fondo es un reflejo de nuestra conciencia), como conseguiremos que el cielo baje a la tierra y la humanidad en su conjunto, aunque únicamente sea por un instante, se haga una. Florezca como las ramas marchitas del árbol que el joven monje Ioann Kolov regara durante años en que tuvo que aguantar tanto las burlas de sus semejantes como su indiferencia, desprecio y dudas sarcásticas. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

Se necesita solo un minuto para que te fijes en alguien, una hora para que te guste, un día para quererlo, pero se necesita toda la vida para que lo puedas olvidar

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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