Aspereza

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Willem Dafoe es la imagen de la aspereza Un rostro que nos recuerda que la vida es un valle de lágrimas. Martin Scorsese lo eligió para interpretar a Cristo pero, en realidad, Defoe podría haber interpretado cualquier personaje bíblico con sobriedad. Casi sin alterarse. Porque hay algo en su mirada que transmite sabiduría y sospecha. La conciencia de que el ser humano nace del amor pero debe someterse a la ley divina. Ha de levantar su brazo contra su hijo si se lo exige Dios. Defoe es una actor ideal para encarnar personajes torturados. Le basta mirar fijamente a la pantalla durante unos segundos para causar perturbación. Hacernos interesarnos por su drama.  Saber que vamos a asistir a una tragedia.

El actor norteamericano ha interpretado recientemente a Pier Paolo Pasolini en el cine porque posee rasgos de intelectual. Es sensible y arisco. Grave y frágil. Además, no importa que agarre una metralleta, golpee a un enemigo o profiera gritos de furia, siempre parece estar reflexionando. De hecho, cuando ríe o llora lo hace como un filósofo o un profeta venido de otros tiempos. Alguien consciente de que la vida es caos y no tiene sentido alguno, pero que, aún así, sigue caminando. Porque se encuentra familiarizado con el malestar. Tanto que es capaz de convivir con la tentación de suicidio allí donde vaya. Dormirse diariamente pensando en cómo reventarse los sesos sin necesidad de dar el paso fatal.

Creo que la grandeza como actor de Defoe radica en que es capaz de encarnar a un demonio y a un santo, a un villano y a un hombre inocente, con idéntica autenticidad. Porque, ciertamente, parece una persona que ha vivido muchas vidas y le basta únicamente recordar una de ellas para encarnar perfectamente a sus personajes. De hecho, Defoe no parece esforzarse al actuar. No es uno de esos actores capaces de destruir su físico y psique para aportar ciertos matices a su interpretación. Actúa con naturalidad. Con respeto, sí, pero también con desparpajo. Dejando insinuaciones de todo tipo. Abriendo recovecos psíquicos en la pantalla que dejan claro que incluso los hombres más bondadosos tienen su espíritu lleno de llagas y heridas. Han vivido experiencias -que no importa lo leves que sean- hacen vislumbrar abismos existenciales. Aterradoras colinas. Remotas experiencias castrantes.

De vivir todavía el genio sueco, Defoe sería un actor ideal para protagonizar los films de Ingmar Bergman. Porque su rostro es como un espejo. Muestra con rotundidad los miedos y dudas que esconde el corazón pero, al mismo tiempo, parece guardar un secreto. Conocer brebajes misteriosos que podrían hacer saltar por los aires todo lo que sabemos de la humanidad. Defoe, de hecho, es alguien apocalíptico. Su mirada remite al principio y al fin de la cultura. A una revelación que podría cambiar nuestro destino. Al árbol del bien y el mal.

Willem Defoe no es un actor que se apropie de las escenas o aspire a cambiar el arte de la interpretación. No es un actor egocéntrico ni narcisista. Creo que porque se asume a sí mismo como un extraño. Un enajenado. Un exiliado que ha encontrado en el cine su tabla de salvación. Y por eso, sus actuaciones provocan extrañeza y, a la vez, poseen cierta solemnidad. Porque más que actuar, vive en la pantalla. Se busca a sí mismo en las voces de personajes que sabe que son una parte importante de su ser. De hecho, en cierto modo, ha convertido cada una de sus apariciones en sesiones de psicoanálisis públicas. Los espectadores no vemos a Defoe actuar sino analizarse. Hablar veladamente frente a la pantalla de sus traumas. Caminar tras sus sombras. Invocar sus recuerdos. Algo que, más que en un actor, lo convierte en un espíritu divino. El representante de una logia ocultista. Un mensajero venido de muy lejos que utiliza el cine como canal para transmitir violentos, cruentos y esperanzadores mensajes cifrados. Shalam 

إِنَّهُ لَيَعْلَمُ مِنْ أَيْنَ تُؤْكَلُ الْكَتِفُ

La tierra nunca devuelve sin interés la simiente que recibió

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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