Balas y caballos

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Tengo la impresión de que avería se ha convertido en un monográfico sobre Tarantino. Y ¿qué puedo decir? Tampoco está mal que sea así. Pues, provoque amor u odio, siempre ofrece algo interesante en sus filmes. Me parece, eso sí, que en el caso de Malditos bastardos, bastante poco. Uno de los méritos de este killer radica en que es capaz de superar a sus modelos, apoyándose en ellos. Construir algo a medias del cine de autor y el popular a partir de géneros cinematográficos o bien ninguneados o bien olvidados. Sin embargo, no creo que sea eso lo que ocurra en esta ocasión. Cualquier filme de Sergio Corbucci, Robert Aldrich o Samuel Fuller es más divertido y adrenalítico que Malditos bastardos. Una película que se sostiene básicamente gracias a dos impresionantes escenas: la inicial y la del tiroteo en el bar donde nazis y aliados juegan al Quién soy. Dos cumbres del cine moderno que, obviamente, no justifican el largo metraje de una película de la que sería injusto dejar de citar el ciento y un mil veces destacado impresionante trabajo de Christoph Waltz (coronel Hans Landa). Alguien en cuyas espaldas descansa el desarrollo e interés de la obra. Guiña un ojo y todo se mueve. Habla y todos sentimos que la pantalla gira a un lado y al otro y el destino de los personajes que interroga pende de un hilo. Guarda silencio y todos los miramos ansiosos de lo que pueda decir en cualquier momento. De hecho, está tan sobrado que logra que el final del filme no parezca tan ridículo y absurdo como realmente es.

Dicho esto, su interpretación del doctor King Schultz en Django desencadenado no tiene nada que envidiar a la recién citada. Waltz se sale en ambos filmes. Asesina personas sin despeinarse, como un señor, y borda el recitado de diálogos que a muchos actores les habrían hecho parecer auténticos capullos. Waltz es la viva imagen del mal señorial. Es capaz de ser un hijo de puta sin despeinarse; de matar a personas con el temple de quien se está peinando o echando colonia y, además, tiene el control de la cámara en todo momento. A veces parece que él es el director y no Tarantino. Verdaderamente, su presencia es tan omnipresente que, en cuanto desaparece de la pantalla, Django pega un bajón del que no se recupera ni tan siquiera con la espectacular masacre final.

En cualquier caso, creo que Django es muchísimo mejor que Malditos bastardos. De hecho, mientras Waltz está en escena, es un filme casi perfecto. Tan divertido como tenso y profundo. Jamie Foxx aguanta perfectamente el tipo, Leo DiCaprio está excelso y Samuel L. Jackson, -¿qué decir de Samuel?- directamente, levita. Se encuentra en el puto cielo. Es capaz de convertir a un personaje secundario, un criado sin ninguna importancia, en el maestro de ceremonias de una obra cuya precipitada e inverosímil conclusión me parece completamente fallida. Una tanda de fuegos de artificio a mayor inri de la raza negra que, en el fondo, no sirven más que para mejorar la conciencia de blanco sureño de Tarantino; o qué se yo. Si se trataba de poner de manifiesto el horror racista, ¿no habría sido mejor que el filme terminara con Django muerto y enterrado entre escupitajos e insultos ? En fin.

No me gustaría terminar este avería sin mencionar algo evidente pero que no había sabido ver hasta ahora. En realidad, ya lo he dicho de alguna manera en párrafos anteriores. Pero me gustaría recalcarlo. Sinceramente, creo que Tarantino es uno de los mejores directores de actores que existen. Tengo la impresión de que sus últimas películas se sostienen por sus siempre chispeantes diálogos (en cualquier momento, aparece por allí una ocurrencia de esas que me deja perplejo y me hace reír a carcajadas) y por su trabajo con intérpretes que se superan a sí mismo,  brillan y alcanzan niveles que creo que apenas vislumbran en otras obras. Tarantino les extrae hasta el último jugo. Les da confianza. Los transforma en mitos. Los hace hablar y gesticular con la sabiduría y templanza de alguien que es consciente de estar dentro de un clásico y sabe que, dentro de varias décadas, miles de espectadores seguirán contemplando su interpretación.

Prácticamente, todos los actores de, por ejemplo, Los odiosos ocho, Django o Reservoir dogs se salen. La rompen. Transmiten felicidad. Por eso la mayoría repiten. Vuelven a ponerse a sus órdenes con gusto. Desconozco los problemas que tuvo Uma Thurman con él, pero lo que sí sé es que en el futuro se la recordará, sobre todo, por Pulp fiction y Kill Bill; que esos dos títulos son su mayor garantía hasta ahora de inmortalidad. Shalam

عليك أن تعلم حتى ينسى الناس أمر المعلمين إلى الأبد

Hay que educar para que la gente pueda olvidarse de los educadores para siempre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen: a) dispara a : las sombras que hay en un muro….b) dispara a: un gran cañon que tiene enfente (recuerdo a la plaza de tiananmen)……(elegir a modo de 1improvisacion al dia (homenaje a v.kandinsky)….
    2ºimagen: chillido de brian johson(homenaje a alejandro hermosilla)……jaajjjj
    3ºimagen: dos zorros tomando coñac(homenaje a las asociaciones biologicas…….comensalismo)

    • Está muy clara la primera imagen. Me gusta mucho lo de la plaza de tiananmen. Lo de Brian Johnson lo veo perfectamente y el homenaje a mi personaje me hace feliz y me hace tb reír. Lo de los dos zorros es perfecto. Casi una radiografía. Porque esos dos personajes son precisamente eso: zorros.

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