Béla

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Béla Lugosi tenía aspecto de noble magiar. Hijo de un banquero aristócrata, parecía haber sido educado en un suntuoso castillo húngaro y dominar varios idiomas además de montar a caballo y jugar al ajedrez con cierta prestancia. Su rostro era afilado, elegante y severo. Y podía corresponderse perfectamente con el de una persona sometida a una rígida educación que aún así supiera disfrutar de los placeres culinarios y carnales. Su fisionomía tenía algo de perturbador e intranquilizador. No parecía un hombre del siglo XX ni desde luego contemporáneo sino un señor procedente de un pasado remoto que por casualidad hubiera aterrizado en nuestra época. Lo que, sumado a su maliciosa sonrisa, lo convirtió con el paso de los años y, a medida que las arrugas y las duras experiencias aportaban un componente decadente y señorial a su aspecto, en un icono del cine de terror. Aunque lo cierto es que su vida personal fue probablemente más aterradora que los filmes en los que participó. Al menos en su ocaso final. Cuando era ninguneado por el público y las nuevas generaciones de directores y se había convertido en un adicto al alcohol y la morfina.

Béla Lugosi parecía un buen tipo. Una persona confiable. Un hombre educado a la antigua de códigos intransferibles que no había dejado morir al niño y, a pesar de su severidad, poseía cierta inocencia imperturbable. Y es precisamente eso lo que me provoca hoy en día terror de él. Que un hombre con un componente teatral y operístico tan grande lograra en principio integrarse en la maquinaría del incipiente Hollywood moderno. Muchas de las películas en las que intervino son clásicos pero es difícil verlas sin sonreír puesto que parecen sobreactuadas o no poseen el dinamismo y los efectos a los que nos ha acostumbrado el cine actual. Sin embargo, es difícil no emocionarse al observar actuar a Béla o no percibir que había una persona totalmente entregada a su papel detrás de los misteriosos y tétrico personajes que interpretaba. Alguien que estaba por lo general muy por encima de las obras en las que participaba al que le bastaba con cerrar los ojos, dibujar una media sonrisa o pronunciar una palabra en voz alta para provocar pavor y ganarse la atención del público. Y en gran medida, compuso el Drácula perfecto para teatro y cine. Un Drácula perverso y torturado, obstinado y salvajemente misterioso, que se convirtió rápidamente en un icono y se convirtió en una celebridad gracias a la popularidad del filme de Tod Browning.

Ciertamente, Béla era un excelente actor. Su presencia llenaba la pantalla. Su porte era majestuoso. Su convicción era total. Él no interpretaba sino que se convertía en sus personajes. Era ellos. Y dejaba a su paso, rastros de acidez y respeto. Halos continuos de niebla y polvo. Aunque, como acabo de subrayar, existía por lo general una enorme distancia entre sus excelentes prestaciones como actor y las posibilidades técnicas del cine durante las primeras décadas del siglo XX como para no percibir el choque entre las pretensiones de aquellos filmes y su resultado final. De hecho, a partir de la década de los 40, apenas le ofrecieron papeles en producciones de serie B. Y su prestigio quedó en cierto sentido opacado. Devorado y perdido entre directores deslavazados en cuyas manos perdía elegancia y vistosidad hasta el punto de oscurecer el aura que poseía y comenzar a ser visto como una antigualla cómica. Un excéntrico ser encerrado en su propio mundo del que se decía que dormía en un ataúd y había noches que vagaba por las calles convencido de transformarse en murciélago de un momento a otro.

Existen aún varias novelas que escribir sobre los años turbios de la vida de Lugosi. Unos cuantos artículos explorando sus intentos por volver a rozar el estrellato o al menos protagonizar un papel importante. Varios cuentos incursionando en los misterios de aquella psique rota que, aun así, se empeñaba en continuar trabajando. Aportando su toque a personajes demenciales. Aunque sinceramente creo que cualquier narración quedaría totalmente opacada ante su mítica actuación final. Su crepuscular aparición -ya muerto- en Plan 9 from outer space alzando los brazos y envuelto en una capa en medio de un cementerio. Una intervención que, a raíz del interés desatado por los bodrios llenos de encanto de Ed Wood, lo consagró como fetiche bizarro décadas después de su muerte y en el fondo, resume perfectamente su trayectoria. Porque Béla Lugosi era precisamente eso: un espectro de otro tiempo planeando sobre la modernidad. Una antigua filmación proyectándose continuamente y sin sentido alguno en un cine escondido de barrio. Una vieja sombra reflejando sus ojos maliciosos en un decorado Technicolor. Un hombre cuya colonia olía a ungüento de bruja que parecía estar velando un funeral y haber fallecido varios años atrás, caminando en medio de un decorado juvenil lleno de adolescentes con sonrisa profident.

A Béla le tocó pagar el precio de los pioneros. Y eso ha hecho que posiblemente sea un actor más citado y reverenciado por la cultura popular que apreciado en su cualidad de intérprete. Un póster de su figura nunca está de más en las paredes de una bar. Una mención a su aureola en una canción da realce a quien la hace. Y cualquier alusión a su personalidad da prestigio. Pero es difícil encontrar personas que estén actualmente contemplando uno de los tantos clásicos en los que intervino. Pues Béla es desde hace tiempo más un icono popular que un actor. En cualquier caso, si resucitara, no cuesta imaginárselo aceptando con sobriedad la fascinación que su nombre despierta actualmente. Tomando un whisky y sonriendo como si la cosa no fuera con él, interesado más bien en conseguir nuevos papeles a la altura de su mito y prestigio que en disfrutar de los inmensos réditos económicos que su nombre pudiera aportarle. Shalam

بالمراكز الأولى في مختلف

El alma no tiene secreto que el comportamiento no revele

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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