Bone tomahawk

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Existen dos películas recientes que, a mi entender, explican tanto el pasado como el presente de EUA perfectamente. Dos western atípicos: The hateful eight, de Quentin Tarantino y Bone Tomahawk, la ópera prima de S. Craig Zahler.

El primero lo hace aludiendo a la rivalidad existente entre los emigrantes que llegaron a un nuevo Edén con la ilusión de enriquecerse. Pensando que podrían forjar una comunidad en la que podrían gozar de abundancia plena con el menor esfuerzo y, en muchos casos, se encontraron con que la mano amiga que ayudaba a construir la ciudad era también el mayor obstáculo para el acaparamiento y disfrute pleno de los nuevos bienes. Un hecho en el que acaso puedan encontrarse el germen de la sempiterna desconfianza norteamericana -la libertad para portar armas- como de ese progresivo disgregamiento de miles de individuos de su comunidad deseosos de hacer fortuna fuera de la ley en el que Tarantino se inspiraba para crear su bomba cinematográfica.

Y el segundo, no obstante, no se centra tanto en el comportamiento interno de la sociedad anglosajona como en su actitud con el “otro”. De hecho, en gran medida, describe metafóricamente su trato áspero con culturas diferentes o que pudieran suponer una mínima amenaza dentro o fuera de sus fronteras. Siendo, por tanto, un fresco que permite comprender perfectamente ese extremismo imperialista que más que civilizar tiene en el fondo un afán por exterminar al diferente. Esa obsesiva bulimia por encontrar enemigos donde no los hay y observar con recelo y sospecha a quienes no compartan sus códigos genéticos comerciales y económicos.

No sé si me expliqué bien. Para mí -vuelvo a repetir- Bone Tomahawk es un análisis práctico del racismo norteamericano. Una ejemplificación grandiosa de su origen. Ante todo, porque entiendo que la tribu de aborígenes que amenaza el poblado yanqui es irreal y que es ahí precisamente donde radica una de las grandes genialidades del filme: en la no-existencia de esa especie de zombies indígenas y caníbales de una ferocidad que recuerda a la de jaguares rabiosos heridos cuya presencia aturde, fascina, repele, y conduce la película a un clímax de tensión bestial.

En realidad, quiero pensar que probablemente quienes hayan asesinado a sangre fría a un dócil negro y raptado a dos ejemplares blancos de gran valía para el poblado, seguramente fueran un puñado de indígenas amenazados por la presencia blanca en territorios controlados por ellos desde tiempos ancestrales. Pero que la genialidad de Craig Zahler radica en intercambiar a ese grupo de “buenos salvajes” -más cercanos a ciertas etnias que aparecen en los western clásicos- por el grupo de asesinos y criaturas sin nombre que, finalmente contemplamos en su fascinante película. Monstruos cuya fantasmagoría y crueldad despiadadas provocan que cada una de sus muertes sean un alivio para el espectador. De hecho, su comportamiento destructivo invita al odio y casi que también a apoyar cualquier medida posterior que Norteamérica pudiera tomar para salvaguardar su territorio o invadir otro. Algo a lo que ayuda decisivamente la “espectralidad” de estos indígenas parecidos más bien a vampiros o zombies. Calificativos que acaso reflejen con exactitud qué son los árabes, mexicanos o indígenas asiáticos (o más bien, los extranjeros no occidentales en su conjunto) para el inconsciente colectivo de una nación necesitada de justificarse moralmente de algún modo -no importa que sea a base de constantes mentiras- para sostener su liderazgo sobre ese mundo civilizado que héroes del cariz de los retratados en la película pretenden cuidar. Mantener en paz.

Una paz que, en cierto modo, esta delicia que mezcla el cine de Carpenter y el de John Ford con leves toques tarantinescos, nos anuncia que no será posible. Algo lógico porque, al fin y al cabo, el rodaje de un western es el preludio por lo general de una época de sangre, muertes y pillaje.

El western clásico, por ejemplo, colonizó la psique global a medida que EUA instauraba dictaduras e invadía países (veladamente o no), intentando convertir el mundo en una frontera afín a sus intereses. Fue retirándose del primer plano cinematográfico conforme Norteamérica perdía independencia y poder en manos de la clase empresarial global y los intereses sionistas. Y se encuentra en su fase crepuscular desde hace dos o tres décadas -el fracaso comercial de La puerta del cielo y el éxito de Sin perdón– en medio de un inmenso epílogo (el del dominio de EUA del mundo) que no termina de llegar pero existe la conciencia de que se encuentra cada vez más próximo. Aunque, eso sí, tal y como westerns del cariz de Bone Tomahawk advierten, en el caso de que ese momento llegue, la nación norteamericana no se retirará del trono por las buenas. Antes o después, intentará sacudir el tablero geopolítico debido a su supuesta superioridad moral. La conciencia de que el mundo es mucho más libre y seguro gracias a ellos. Una autoficción que se ha creído (o querido creer) -al igual la de los inmundos y, en mi opinión, imaginarios indígenas que aparecen en el filme de Zahler- porque favorece sus intereses. La economía de un país empeñado en ejecutar globalmente a cuantos más zombies y vampiros sea posible aunque su ejército se encuentra, a su vez, formado casi exclusivamente por zombies y vampiros. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Hay quienes acarrean leña para apagar un incendio.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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