Carne virtual

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Los genios no sólo tienen la virtud de adelantarse a su tiempo. También la de plasmar en una imagen, una frase o una metáfora, toda una época o condición del ser humano. A este respecto, nada como la música pop o el cine para sintetizar estados de ánimos generacionales en unos pocos versos, un estribillo, un riff de guitarra, una imagen o una mirada Pienso ahora, por ejemplo, en lo que se refiere al cine, en David Cronenberg. Un realizador cuya obra, con el paso del tiempo, estoy comenzando a visualizar más como un ensayo realista, casi costumbrista, que como un tratado apocalíptico, futurista, mutante o post- nuclear.

En su tiempo, hace unos 15 años, Videodrome me pareció una película muy aguda, como todas las suyas, aunque también extrema, casi fantástica, y excesivamente ácida. Y sin embargo, hoy en día, la percibo como una creación cabal, lúcida y sincera que describe una realidad que, en el momento su estreno en España, 1983, pudo acaso parecer a muchos demasiado lejana pero ahora, tres décadas de salvaje neoliberalismo después, se siente extremadamente próxima, familiar. De hecho, lo que allí expone el director canadiense ha acabado alcanzándonos a todos. Nos ha rozado en mayor o menor medida debido a la importancia cada vez mayor de la televisión. O más bien, al uso manipulador y perverso de sus controladores. Su propensión a la magnificación de lo banal, dar relieve y protagonismo a lo accesorio y a incentivar los instintos más bajos y burdos del ser humano.

En este sentido, desde luego, pienso que existen pocas imágenes que definan mejor lo que ha supuesto la era de la televisión y que sinteticen con sutileza y grandiosidad a la vez, nuestra relación con ella, que aquella en la que Max Renn (James Woods), tras comenzar a descubrir los entresijos del misterioso programa llamado Videodrome, es succionado por una pantalla en la que se proyectan los sensuales labios de una joven. Quiero pensar que si algún día, nuestra sociedad llegara a su fin debido a una guerra o una catástrofe natural, a los habitantes futuros de la tierra les bastaría encontrar este fotograma para comprender muchas de las características de nuestra época de un vistazo. Ese mundo en el que muchos lloramos por no poder contemplar nuestro programa favorito y gran parte de nuestras vivencias las hemos  experimentado frente al televisor; hasta el punto de que, como reza el nombre de una de las inquietantes letanías sonoras compuestas por Howard Shore para el film, el debate existencial de nuestros días sería -parafraseando a Shakespeare- Tv or not Tv. Televisión o no televisión.

De todas maneras, si se trata de mencionar imágenes con fuerza inusitada que resuman un estado ideológico y social, en el film encontramos otra muy poderosa: aquella en la que uno de los miembros que trabajan para la organización Videodrome introduce una casette de video en el vientre abierto del protagonista que queda así a expensas de las órdenes que los responsables del programa televisivo le obliguen a cumplir. Una escena donde se refleja muy bien todo aquello a lo que apunta Cronenberg en la película -el hombre cerrado a la naturaleza y abierto a la realidad virtual-, y pienso que tal vez sirvió de inspiración a los hermanos Wachowski al filmar Matrix. Pues el frío, calculador y cruel funcionario que inyecta el virus virtual en Renn se comporta de manera parecida a la de los hombres de negro que aparecen allí. O al menos, los preludia. Ya que además, es por medio de este acto, que lo hace esclavo de la realidad televisiva de la que no podrá escapar ni aliándose con ella ni atacándola -algo que, supongo, nos sonará a todos familiar- de tal forma que el triste final del personaje será el suicidio.

Videodrome era una máquina cinematográfica perfecta y sólida, sin muchas fisuras, que describía certeramente la despiadada cultura ética que sería implantada por la globalización así como la inminente llegada de la época tecnocrática dominada por  las grandes corporaciones. Anticipando, a su vez, el mundo que vendría con Internet, en el que el director canadiense se introdujo ya totalmente con la excitante e intensa aunque un tanto irregular -la película pierde en un segundo visionado cuando conocemos ya bien las sorpresas de la trama- Existen Z. Un film en el que terminaba de desarrollar las tesis presentadas en Videodrome, ofreciendo una visión aguda, lúdica y certera sobre el sexo, la vida y las relaciones virtuales en el siglo XXI.

Uno de los aspectos que diferenciaba ambos films radicaba en que la nueva carne humana (la virtual) a la que varios de los personajes ofrecían todo tipo de loas de bienvenida en Videodrome, se encontraba ya totalmente implantada en Existen Z. Pues en Existen se anticipaba la era Internet. Pudiendo vislumbrarse cómo todos acabaríamos estando, en cierto modo, conectados a una membrana artificial, de la que dependeríamos para relacionarnos con los demás e interactuar cotidianamente con normalidad. Circunstancia que muy inteligentemente, se observa en un filme en el que los participantes del juego principal poseen unos biopuertos cercanos al ano que son penetrados por un cable. Y, asimismo, muestra con radicalidad otra de esas imágenes proféticas creadas por Cronenberg: la implantación de una especie de matriz virtual en el ombligo de la inventora del videojuego. Acto que sugería metafóricamente, cómo la  realidad virtual se iba a convertir en nuestra Gran Madre, con su correspondiente cordón umbilical (cable de conexión a Internet o señal Wifi), que nos aseguraría continuar en contacto con su “ser” allí donde fuéramos. Sin riesgo a perdernos, extraviarnos y que no supiera qué es lo que están haciendo en todo momento sus hijos (y amantes).

En fin. No hablaría yo de esto hoy, de no haberme visto reconocido en estas ideas e imágenes cuando, hace unos días, me levanté y comprobé que estaba abrazado a mi computadora portátil. Me encontraba terminando de corregir un capítulo del libro El jardinero en mi cama, me invadió el sueño y me dormí inmediatamente. He de confesar que no presté yo, en principio, mucha atención a este acto hasta ayer en que contemplé una escena de Existen Z: la famosa en que Allegra Geller (Jenifer Jason Leigh), duerme junto a su creación, la orgánica consola de juegos con forma de feto, a la que se encuentra más unida que a un hijo real, puesto que ni tan siquiera necesita romper el cordón umbilical para que ambos puedan desarrollar sus respectivas vidas. De hecho, cortar el cordón sería tabú, estaría prohibido, dado que la consola es, en realidad, un ser vivo mutado genéticamente que se fusiona y confunde con el usuario y prácticamente forma parte de él.

Se esté o no de acuerdo, pienso que bastaría esta imagen únicamente para entender la clarividente lucidez de muchas de las ideas filmadas por Cronenberg. Porque, aunque nos cueste reconocerlo, no es que la computadora sea ya, aquí y ahora, nuestra segunda carne sino que, en ocasiones, -en demasiadas- se ha convertido en la primera. Para mí, que vivo lejos de mi familia, en un país extranjero, es absolutamente esencial. Leo, escribo, me informo, hablo con mi madre y amigos a través de ella. Si quisiera incluso localizar a mi última novia, no podría hacerlo si no es por este medio. Es decir, sin casi apercibirme de ello, ha llegado un momento que necesito de lo virtual para alcanzar, disfrutar lo real, y no al revés. Razón por la que aplaudo aún más la metáfora de la red como cordón umbilical con el mundo y que, vistas así las cosas, me parezca sumamente lógico haber dormido abrazado a una computadora. Una señal a través de la que mi inconsciente se atreve a decir y mostrar aquello que no me permito confesarme a mí mismo: el cariño, amor y afecto que siento hacia un aparato cuyo quiebre o rotura me dejaría vacío y desorientado por un tiempo. Los minutos u horas que tardara en encontrar un ciber-café público, donde buscar una oración en internet con la intención de pedirle a las divinidades, una recuperación pronta de esta herida, malformación o enfermedad de mi (otro) cuerpo. Pues de no ser así, sería capaz de provocar una matanza. Dirigirme con una metralleta hacia un poblado y disparar a cada uno de sus habitantes, sin importarme su credo, gustos u opiniones sobre la vida, o si son mejores o peores personas. Ya que su existencia ha pasado a serme ajena, absolutamente indiferente, si no es vista o experimentada a través de la Red. El módem. Existen Z. Esa nueva carne que comemos y con la que comulgamos cada día, que me atrevo a sugerir es el principal sostén del sistema actual, pues si nos la quitaran o erradicasen, ahí sí que tengo claro que Occidente estallaría, y ya fuese para mejor o peor, un gran cambio se produciría. Shalam
                                                                         

  وعاد بِخُفّيْ حُنيْن 

Los accidentes en el mundo son más numerosos que las plantas de la tierra

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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