Corazón salvaje

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Corazón salvaje es un disparate. Una cazadora de piel de serpiente. Autodestrucción nihilista pura y dura. “Love me tender”  interpretada a mil por hora por Niche Inch Nails. Un cuento de hadas excesivo y abigarrado que, junto a Dune, es probablemente el peor filme de David Lynch. Porque este homenaje a la era rock que huele a sexo por todos los costados carece de la sutileza de Terciopelo azul o Mulholland Drive. Aunque en realidad, es tan demencial, histérico y excesivo que posee varios logros importantes como haber abierto las puertas al oscuro limbo de Carretera perdida. Hay momentos de hecho en los que Corazón salvaje está a punto de convertirse en ese filme o bien salirse de foco, girar hacia el futuro y transformarse en la tercera parte de Twin Peaks. Y por eso me parece también una obra sumamente apreciable y rescatable. Una notable caricatura grotesca. No tanto por lo que ofrece sino porque la nocturna libertad y la locura con las que está filmada, le permitieron a Lynch abrir un boquete en la cuarta pared. Empezar a penetrar en la quinta dimensión y crear lienzos visuales mucho más logrados y perturbadores sin necesidad de efectismos y cambios de ritmo frenéticos. Sin tener por qué subir el volumen al máximo de los altavoces del coche, pisar el acelerador a toda pastilla o hacer que sus personajes gritaran sin freno y descanso para transmitir violencia, demencia y perdición como en este caso ocurre.

Probablemente lo que lastra el desarrollo de Carretera perdida sea el hecho de que, al igual que Dune, se trata de una adaptación de un libro cuando en realidad, al genio no le sienta en absoluto bien que lo aten. Lynch ha funcionado mucho mejor con guiones originales o colaboraciones. Dejándose ir. Pues al fin y al cabo, es un pez rojo nadando en un estanque dorado. Una cabra que ruge en medio de los negros mares. Y se nota que, por más que aporta insistentemente su toque en cada escena hasta el punto de que parece por momentos que algunos fotogramas van a arder y el rollo del filme se va a quebrar, no terminó de sentirse cómodo en Corazón salvaje. Aún no había aprendido a bucear del todo en el otro lado del espejo y no llegó hasta donde pudo haberlo hecho de no haber tenido la sombra de la novela de Gifford planeando sobre sus hombros. De hecho, estoy seguro que, de haber podido experimentar totalmente con los personajes, probablemente los hubiera hecho desaparecer sin compasión alguna en medio de negras autopistas a ritmo de rock ‘n’ roll. Hubiera convertido Corazón salvaje en un negro y onírico aquelarre a mayor honra de la música del diablo. Shalam

القدر هو كل ما يحد من قوتنا

El destino es todo aquello que limita nuestro poder

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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