Delicado

2

Hace varios meses realicé un avería sobre Narciso Ibáñez Menta en el que confesaba sentirme sorprendido porque, debido a su enorme magnetismo personal y la rotundidad de su voz, pensaba que su estatura era mucho mayor de la que, en realidad, tenía. Pues bien, el caso de John Hurt es el contrario. Medía 1,75 centímetros, pero yo al menos creía que rondaba el metro sesenta. Una percepción que pienso se debe a que el actor inglés construía sus personajes con absoluta sutileza. Centrándose más en los pequeños gestos y detalles y en la forma de mirar o agarrar los objetos que en los estallidos emocionales clásicos. Además, era un experto en poner de manifiesto su fragilidad.

Hurt encarnó papeles de elegante patriarca como el llevado a cabo en Melancolía, pero si destacó fue por aquellos en los que profundizaba en las debilidades y bajezas de sus personajes. Una tarea que, muy probablemente debido a su flema inglesa, llevaba a cabo contenidamente. Ni tan siquiera cuando tenía carta libre para gritar o mostrar patetismo, Hurt desbarraba del todo. Consciente de que los excesos no aportaban demasiado a papeles ya de por sí turbios y autodestructivos, prefería apretar el freno que el acelerador. Era, obviamente, la antitesis de, por ejemplo, un Jack Nicholson.

Creo que eso es lo que destacaba de Hurt. Que, a pesar de realizar descarnadamente y sin fisuras la interpretación de personajes maltrechos y heridos, nunca caía en la caricatura. Por lo general, la evitaba y además, guardaba un fondo de reserva. Se metía en la piscina hasta al fondo pero siempre emergía antes de quedarse sin aire. Su interpretación de Calígula en Yo, Claudio es histórica. Si me ponen a diez actores en un muro y me dicen quién era el ideal para interpretar al emperador romano, nunca lo hubiera escogido. Y sin embargo, realizó un trabajo impresionante. Hurt le imprimió los matices necesarios a su personaje para transmitir patetismo y decadencia. Había que tener unos arrestos enormes para bordear la ridiculez y la extravagancia y no naufragar. Ser capaz de dotar de humanidad y sensibilidad a un monstruo y lograr casi que diera más pena que miedo consiguiendo retratar a la perfección su espíritu infantil, cruel y megalómano.

Hurt obviamente no era el típico intérprete formado en el Actor’s Studio. Amaba (o más bien respetaba) el método. Lo conocía muy bien. Pero su educación y temperamento eran británicos. Por lo que prefería sugerir que recalcar. Era muy consciente de la importancia que puede tener esconder ciertas emociones antes que mostrarlas. Pero aún así, era tan inteligente que siempre conseguía mostrar sin ambages su alma ante los espectadores. Si había un actor que se desnudara en cada película que protagonizaba era él. Yo siempre tenía la sensación que lo sabía todo sobre su persona y los papeles que interpretaba. Y, sin embargo, siempre lograba sorprenderme. Cuando él aparecía en un filme, tenía que volver a verlo en dos o tres escenas más para tomar conciencia de que se encontraba allí. Tal vez porque siempre dejaba su ego atrás. Marlon Brando quería obviamente que todos supiéramos que era Brando el que se encontraba en pantalla. Paul Newman no poseía tanto ímpetu. Pero no podía evitar llamar la atención. Dustin Hoffman, por ejemplo, tenía más de un tic recurrente. Movía los brazos compulsivamente y gesticulaba más de la cuenta para contrarrestar su escaso poderío físico. Sin embargo, Hurt siempre parecía desear pasar desapercibido. Prefería dar un paso atrás antes que un salto hacia delante. Casi se hacía de menos. Y eso provocaba paradójicamente que resaltara.

Me ha ocurrido en decenas de filmes que, en principio, no le prestaba mucha atención a su presencia y, cuando emergían los títulos de crédito, recordaba cada uno de sus gestos. Volvía a rememorarlos. No importa que la película fuera mala, él siempre estaba excelso. No ya correcto, excelso. O más bien, perfecto. Ese adjetivo tan valorado por el pueblo británico.

No me gustaría dejar de resaltar un aspecto muy relevante de Hurt: su femineidad. Indudablemente, Hurt era un señor. Un gentleman. Un respetable varón. Pero poseía una ambigüedad de fábrica que le permitía mostrar su lado femenino en los más diversos lances sin caer en el amaneramiento. De hecho, creo que utilizaba esa vertiente de su personalidad para hacer más complejos y retorcidos a sus personajes sin necesidad de tirar de tópicos. Cualquier director sabía que un gesto sordo de Hurt o su silencio y mudez eran capaces de transmitir más desasosiego que los gritos de cualquier villano con una cicatriz en el rostro. Probablemente porque era un hombre que no había permitido que nadie matara a su niño interior. Lo que le confería un aire angélico que convertía su presencia en perturbadora en cualquier lance o papel. ¿No era, por ejemplo, en gran medida, su aura más pavorosa que la del mismísimo alien que brotaba de sus entrañas en el mítico filme de Ridley Scott? Shalam

قليلون يرون ما نحن عليه ، لكن الجميع يرون ما نتظاهر به

Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos

COMPARTE.

Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….los cubiertos en el bolsillo…un padre surrealista……………sonrisa
    2ºimagen:…..un obrero en la imprenta de meret oppenhaim………(le falta que enseñe la mano dech manchada de tinta pastosa…..)
    3ºimagen:……arrea, me han cogido a mi de procreador (cabeza borradora-eraserhead)1977………….
    4ºimagen……olor a hierro, a grasa, a taller de metal, el jesucristo …..y la atmosfera de «grisalla» tecnica pictorica monocolor que produce apariencia de escultura…….duro………..

    • 1) jjja.. no me había fijado en esos cubiertos. Buenísimo. 2) Distopía subversiva. Colectivismo individual. Mundo átomo. muy bueno lo de oppenheim. 3) Mundo trans. La nueva humanidad genética. 4) John Hurt haciendo un ensayo de castign para el papel de mago Gandalf en El señor de los anillos.

Deja un comentario